martes, 5 de julio de 2016

El triunfo de las convicciones



Luego de lo que fue otra noche llena de gloria para Chile y llena de frustraciones y fantasmas para la Argentina, pocos se detuvieron a analizar las razones por las que la selección dirigida por Juan Antonio Pizzi se consagró campeona de la Copa América Centenario 2016 disputada en tierras norteamericanas. No se realizó el análisis pertinente por una lógica razón: Lionel Messi se robó todos los focos ya que, luego de un partido que lo encontró en gran forma pero - como en todos estos años desde su debut en la mayor- sin nada de ayuda por parte de sus compañeros, en un momento de tristeza absoluta anunció que está pensando en dejar de jugar para la Argentina debido a que "cuatro finales perdidas son demasiado".

Lo que vaya o no a hacer el mejor jugador del mundo - en contienda hace tiempo por ser el mejor de la historia- respecto a su futuro en la Selección Argentina es un problema que lo compete a él más allá de las exagerados y ya molestos, bordeando la obsesión y la búsqueda de atención mediática, pedidos de que siga vistiendo la celeste y blanca. De lo que prometimos siempre hablar en este espacio fue de fútbol, de las razones por las cuales un equipo es mejor o peor que otro, porque en ello suelen encontrarse los argumentos para justificar las victorias, empates y derrotas que nos regala el fútbol.




Chile saltó al campo de juego con el mismo esquema que viene utilizando desde la llegada de Juan Antonio Pizzi. El 4-3-3 elegido por el ex entrenador de San Lorenzo, Rosario Central y el Valencia prescinde del enganche (Matías Fernández o Jorge Valdivia) que utilizaba Jorge Sampaoli en su clásico 3-4-1-2 o 4-3-1-2 según mandase la ocasión. Podemos decir que se parece bastante en lo estratégico a lo que planteaba Bielsa en su momento - la base de todo lo que hemos visto de La Roja en estos años- y también al famoso 3-5-2 que usaba el mismo Sampaoli cuando su escuadra disputaba partidos mano a mano - un ejemplo son los choques ante España y Holanda en Brasil 2014- contra grandes potencias como Alemania, Holanda, Inglaterra, Brasil y demás equipos de gran poderío que sufrieron mucho este módulo ofensivo y cerrado al mismo tiempo. 

Los once elegidos por Pizzi para la final fueron los mismos que iniciaron la remontada de su ciclo luego de un comienzo titubeante en las Eliminatorias y en la misma Copa América luego de  una dura caída ante la Argentina y una victoria polémica ante Bolivia en el minuto final: Claudio Bravo; Mauricio Isla, Gary Medel, Gonzalo Jara, Jean Beausejour; Arturo Vidal, Marcelo Diaz, Charles Aranguiz; José Pedro Fuenzalida (Edson Puch), Eduardo Vargas (Nicolás Castillo) y Alexis Sanchez (Francisco Silva).

Entre paréntesis se encuentran los tres sustitutos que ingresaron en el transcurso del partido, Puch sobre el minuto 80 y Silva y Castillo ya en el tiempo suplementario. Las intenciones del equipo eran las habituales desde la llegada del argentino al banquillo: 

1) Presión bien alta con las duplas Alexis-Vargas y Vidal-Aranguiz.

2) Control del círculo central con Díaz-Medel-Jara bien adelantados para impedir la circulación de balón en el rival.

3) Salida limpia con Díaz armando el triángulo junto a los dos centrales y los dos interiores mostrándose siempre como receptores, sin regalar ni una sola vez el esférico mediante un pelotazo frontal o un centro sin sentido ni destino.

4) Avanzar con una sucesión de toques en corto y en velocidad, buscando triangular siempre, hasta tres cuartos de campo para explotar las bandas con los tándems Sánchez-Beausejour e Isla-Fuenzalida (que también retrocederían para cubrir por completo las posibles subidas de los laterales y extremos argentinos).

5) Doble lateral por la derecha al estilo Unai Emery en el Sevilla, sabiendo que así gana profundidad y contención al mismo tiempo por las características de sus jugadores.

6) Postura ofensiva constante, verticalidad pura sin pausas de la mano de transiciones muy veloces al ataque partiendo siempre desde el centro del campo, lugar a donde llega tocando con mucha paciencia.

7) Libertad para que Eduardo Vargas y Alexis Sánchez se muevan por todo el frente de ataque, buscando desequilibrar con su potencia y velocidad y además con sus rotaciones posicionales constantes.

8) Aplicación absoluta por parte de todo el equipo para atacar y defender en bloque. Ninguno se mantiene estático sino que todos van hacia la pelota y buscan recuperarla con velocidad para salir de contragolpe. Superioridad de 4 a 1 como mínimo en cada situación de marcaje individual.




Durante la primera media hora del partido, de estas máximas Chile apenas si pudo aplicar la salida al ras del piso, una que no abandonó ni aún cuando era menester lanzar un pelotazo debido al buen trabajo de presión de los volantes y delanteros argentinos. El cuadro de Martino estuvo muy cerca de convertir a los pocos segundos de iniciado el encuentro con un robo y posterior disparo de Ever Banega que se marchó rozando el parante derecho del arco defendido por Claudio Bravo. El dominio de la albiceleste fue notable en esos minutos, con Mascherano como el abanderado de la presión continua en el círculo central y un trabajo colectivo idéntico al realizado contra los Estados Unidos en la semifinal: apenas se perdía un balón, cuatro o cinco jugadores buscaban recuperarlo al instante y descargar con el receptor - Banega, Messi o Higuaín- más cercano para comenzar un nuevo ataque.

Marcelo Díaz, ese tiempista que libera de la marca a Vidal, que sabe como controlar cualquier cosa que pase por el mediocampo, estaba totalmente desbordado. Amonestado en su primera infracción, quedó condicionado y Lionel Messi con mucha inteligencia - aprovechando al desastroso árbitro Heber López, del cual no hablaremos pues todo está dicho- forzó su expulsión antes de llegar a la primera media hora de juego. Con la evidencia en la mano, se esperaba que la Argentina abriese el marcador con facilidad ante el desorden y confusión de un Chile que solo lograba cortar el juego con eficacia a puro juego brusco.

Higuaín, de muy buen primer tramo del encuentro, había aprovechado una falla grosera de Gary Medel - algo que no suele suceder dos veces en un partido-, robándole el balón al central cerca del área para quedar mano a mano contra Bravo. El portero lo esperó con inteligencia, lo hizo pensar dos segundos más de lo necesario y el delantero del Napoli eligió tal vez la peor de las decisiones (ayudado por el portero que se lanzó hacia la izquierda sin dudarlo), picando el balón para que ingrese por el segundo palo y fracasando en la concreción de su objetivo tal cual en la final del pasado mundial ante Alemania. Luego de esa jugada fallida, el goleador histórico de la Serie A se apagó para nunca más regresar al partido, algo que también le sucedió a todos los jugadores argentinos salvo a Messi y a Mascherano.




Y desde la expulsión de Marcelo Díaz es desde el lugar en el que inicia la ponderación del trabajo realizado por Pizzi en esta final. Sabiendo que no había iniciado con el pie derecho y que se encontraba en inferioridad numérica ante un rival superior en todas las líneas, decidió hacer lo correcto: en lugar de apostar a lo que le pudiesen dar sus muy buenas individualidades, se jugó todas las fichas a conformar un bloque sólido para poder ejecutar de manera positiva su estilo de juego.

Arturo Vidal se corrió a la posición de mediocentro, Medel ganó metros para actuar como segundo volante de contención, Charles Aranguiz abandonó las pretensiones ofensivas y se convirtió en perro de presa de todo argentino que circulase por el mediocampo, Fuenzalida se retrasó para cubrir la banda y el dueto Alexis-Vargas quedó suelto en tres cuartos de campo para lastimar tras ganar la segunda pelota.

Esto viene de la mano de un dato importante: Chile desde la llegada de Marcelo Bielsa en adelante es un equipo con mayúsculas. Y uno verdaderamente bueno, que además de desarrollar con el ex entrenador de la Argentina, el Athletic Club y el Marsella y sus sucesores Claudio Borghi y Jorge Sampaoli y ahora Juan Antonio Pizzi un estilo de juego que rinde culto al balón y al juego de espectáculo y ofensivo, también es una máquina de competir sin importar en que condiciones se encuentre. Hay que recordar el grupo en el que le tocó estar en la pasada Copa Mundial (España, Holanda y Australia) y compararlo, por ejemplo, con la broma de mal gusto que le tocó a la Argentina (Irán, Nigeria y Bosnia). El famoso cántico que le quita relevancia a la cancha y al rival y que pone en el centro al equipo, pues rinde igual en todos lados, aplica a la perfección en este seleccionado hace ya ocho años. 

Porque guste o no, la realidad marca que Chile es un equipo y que la Argentina hace más de una década que es un conjunto de individualidades ¿Hubieron puntos altos en estos años plagados de decepciones? Claro que sí, nadie lo niega, podemos hablar de la primera etapa de Alfio Basile tras su paso exitoso por Boca Juniors y del tramo final de las Eliminatorias y del Mundial bajo la tutela de Sabella, pero lo cierto es que la Argentina hace mucho tiempo que no tiene la más remota idea de que es a lo que juega. Todo al diez, todo al mejor del mundo para que nos solucione el problema y de paso rezamos también para que los dos o tres jugadores de "elite" (los que se cuentan con los dedos, más allá de que pensemos que son todos superestrellas, que la Argentina es la envidia de todo el mundo) que están en la cancha se encuentren derechos y lo acompañen hasta la línea de llegada. 




Desde el momento en el que se quedó con diez hombres y su entrenador realizó los - ya mencionados- ajustes tácticos necesarios, Chile comenzó a parecerse a ese equipo prolijo, convencido y arrollador que se había visto en los tres partidos anteriores. A la Argentina, por el contrario, la consumieron los nervios y esa combinación entre presión y relajación que genera el hecho de tener la absoluta responsabilidad por contar con un hombre demás en el campo de juego. A pesar de estar en inferioridad numérica, los chilenos nunca lanzaron un pelotazo al vacío ni se amedrentaron a pesar del contínuo trabajo de presión alta que comenzaba con Mascherano en el círculo central y finalizaba con los tres delanteros buscando incomodar su salida.

Arturo Vidal y Charles Aranguiz se convirtieron en la imagen del despliegue y la distribución y anularon por completo al mediocampo argentino, además de ayudar a los dos delanteros en la zona de creación. El caso del volante interior del Bayern Munich es especial, porque luego de una temporada brillante - en la que demostró que en su puesto no hay otro como él-, también probó ser uno de los jugadores más inteligentes: tardó muy poco en hacer ingresar a Mascherano en el ida y vuelta para lograr que lo amonesten y con una impecable caída - ayudada por una entrada irresponsable, con los dos pies hacia adelante y toda la potencia en un momento delicado- logró que el desastroso Heber Lopes le mostrase la tarjeta roja a Marcos Rojo y dejase el partido emparejado en lo numérico.

Lo que hizo el entrenador de la Selección Argentina también ayudó a que Chile pudiese revertir el dominio que tenía su rival y convertirlo en oro puro. Martino ante la expulsión de un lateral izquierdo (a diferencia de Díaz, que es el eje central de la idea futbolística chilena), descuidó ese carril mandando a Ramiro Funes Mori a cubrirlo y retrasó a Javier Mascherano para que cumpla la función de segundo central en su lugar. Todos sabemos que el jugador del Barcelona se desempeña hace varias temporadas en esa posición, pero en ese momento exacto era el abanderado de la presión alta de la Argentina, una que desapareció con el retroceso del volante. Biglia, que no podía correr desde el minuto uno, quedó en soledad para ser salida en el círculo central y decimos esto porque Banega, quien lo acompañó en esa tarea, apenas si podía moverse un poco más debido a una fuerte contractura que arrastraba desde la noche anterior al partido.

Esto permitió que el circuito de juego de Chile volviese a aceitarse y a funcionar a pleno, lastimando el vigente campeón de América por el sector izquierdo con Beausejour y Alexis Sánchez y por la derecha con un incisivo y muy seguro Mauricio Isla. Messi e Higuaín quedaron completamente aislados y cubiertos de jugadores chilenos que los superaban en seis o siete hombres cada vez que tomaban el balón, en un trabajo de marca en lo táctico perfecto y en lo demás realmente emocionante y admirable. Mientras el cuadro de Martino, debido a las decisiones erróneas de este, daba pasos atrás y se refugiaba con la esperanza de encontrar la salvación en una corrida mágica de Messi, los chilenos no dejaron de crecer en confianza, físico y juego. Ni el tardío ingreso de Kranevitter en lugar de un inmóvil Ángel Di María (otro que estaba lesionado y que jamás debió haber ingresado al campo de juego, pues nunca corrió por miedo a recaer cuando lo mejor que hace es justamente jugar con el espacio vacío) pudo solucionar el problema de la posesión, una que pasó a ser mayoritariamente de La Roja. Banega jugó un poco más suelto y trató de ayudar a Messi e Higuaín pero el dominio del rival en lo físico era tal que su incidencia fue nula.

La segunda mitad fue sin dudas entretenida, con más ida y vuelta de lo esperado, con espacios para ambos lados que fueron mucho mejor aprovechados por Chile ¿Cuales son las razones para afirmar esto? El simple hecho de que sus dos laterales ingresaron mediante jugadas armadas con prolijidad, y sin saltear ningún sector del campo de juego, un sinfín de veces con el balón dominado al área y lograsen lanzar peligrosos centros atrás que no terminaron en gol por la pericia de un Otamendi notable - que se erigió como una muralla imposible de escalar, afirmándose como un indispensable en el equipo-, el que sus dos interiores hayan dominado todo el césped de la mitad de cancha en adelante - ayudados por el desconcertante retroceso de Mascherano a la defensa-, el que Alexis y Vargas hayan logrado abrir todos los espacios necesarios en los metros finales, son la prueba suficiente de que un circuito de juego funcionó, de que una idea se vio plasmada en el césped (no solo en la sala de prensa) y de que tácticamente la victoria le correspondió a Juan Antonio Pizzi.




La renuncia de Gerardo Martino se consumó hace pocas horas y, más allá de que adujo que los problemas en la Asociación del Fútbol Argentino y la negativa de los grandes clubes de Europa a ceder a varios jugadores clave para los Juegos Olímpicos que comienzan en un mes en Río de Janeiro, lo cierto es que las dos finales perdidas al hilo no han ayudado demasiado a su continuidad al frente del Seleccionado Argentino. 

El miedo a perder en los dos choques decisivos ante Chile generó un retroceso importante en cuanto a la idea de juego, a los conceptos que se habían asentado en ambos torneos hasta el momento de jugar las finales. Claro que la culpa no es enteramente del entrenador, que los jugadores pusieron también lo suyo, pero también es igual de cierto que en esta final hubieron dos errores que marcaron a fuego al Tata: el colocar en el campo de juego a Di María, Biglia y Banega cuando estaban lesionados y apenas si podían moverse y el no realizar ni a tiempo ni de manera correcta las variantes tácticas y físicas después de la expulsión de Marcos Rojo.

Algo similar sucedió en aquel choque en el Estadio Nacional, pero no tuvo tanto que ver con las variantes ni con el equipo que plantó en el campo de juego sino más bien en haberse colocado sin necesidad alguna en una posición de inferioridad total. Durante los 240 minutos que disputaron en este año y medio Chile y Argentina, el cuadro trasandino solo se sintió incómodo y al borde del abismo durante 25' y se le puede sumar ese minuto fatal en el que Lavezzi habilitó mal a Higuaín y el Pipita por estar lejos de la pelota no pudo definir bien bajo el arco cuando el partido se terminaba en Santiago.

Por un lado, el triunfo de unas convicciones que se vienen sosteniendo en lo teórico y en lo práctico desde 2008 y que han llevado a Chile a ser una de las mejores cinco selecciones del mundo. Por el otro, la derrota de un equipo que de la mano de Gerardo Martino jamás logró asentar ni en el campo de juego ni fuera de este el plan de juego que traía el entrenador bajo el brazo. Nadie duda de la honestidad ni de la capacidad del Tata, pero lo cierto es que en sus últimas dos aventuras muy poco ha sido lo que le salió según lo planificado de antemano. La improvisación y la contradicción fueron los sellos más palpables de sus pasos por el Barcelona y la Argentina. Uno puede dar uno o dos pasos hacia atrás, pero el traicionarse nunca debería estar dentro de las posibles opciones.
































domingo, 26 de junio de 2016

Chocar, admitir, corregir y ¿Triunfar?



Luego de tropezar con sus propias limitaciones y un muy buen rival como el Chile de Jorge Sampaoli en la final de la Copa América disputada en el país trasandino el año pasado, y de protagonizar un comienzo de las Eliminatorias hacia el Mundial de Rusia 2018 más bien complicado - con humillante derrota ante Ecuador en el Monumental como punto de partida-, la Argentina dirigida por Gerardo Martino ha logrado enderezar el rumbo por sobre todo en lo referido a los resultados

¿Por qué remarcar la cuestión de los números por encima de, por ejemplo, el estilo de juego y su posterior ejecución? Porque el ex entrenador de Olimpia, Newell's Old Boys, la selección de Paraguay y el FC Barcelona eligió dejar de lado sus principales lineamientos - que lo acompañaron durante toda su carrera- para privilegiar, dentro de cierta lógica, el resultado inmediato. Las urgencias y las presiones tuvieron mucho que ver y una deslucida pero rocosa victoria por la mínima ante Colombia en Barranquilla, reeditando aquel 3-2 que relanzó la "Era Sabella", fue el paso necesario para escalar posiciones en la tabla y quedar en puestos de clasificación directa al máximo torneo a nivel global.

Si Martino llegó a la Selección Argentina pregonando la posesión mayoritaria, la presión alta constante, el juego posicional al estilo Johan Cryuff/Pep Guardiola, el uso de las bandas como herramienta y no como fin, la prohibición de los pelotazos frontales sin destino, el juego en corto y al ras del piso con el portero como un jugador de campo más y demás elementos del repertorio ya conocido por quienes seguimos su trayectoria en estos años, lo cierto es que muy pocas veces su equipo pudo poner en práctica algo siquiera cercano a ello. Algunos dirán que no hay tanto tiempo para trabajar, que es difícil con tantos jugadores de renombre y demás argumentos que se vienen escuchando en loop hace ya demasiado tiempo por nuestros pagos. Pero lo cierto es que en la pasada Copa América disputada en Chile hubieron dos encuentros - contra rivales muy diferentes- que mostraron la idea de Martino en su punto máximo de cocción. Dio la casualidad que se trató de los choques de Cuartos de Final y Semifinales, pasos previos a un duelo decisivo contra en anfitrión del cual ya hablaremos un poco más adelante.




Regresando a dichos partidos contra Colombia y Paraguay, hay que resaltar lo bien que jugó la Selección Argentina en ambos. Los resultados fueron positivos pero los caminos opuestos, pues en el caso del equipo de José Néstor Pekerman se debió llegar hasta los penales a pesar de haber dominado de una manera abrumadora y de haber desperdiciado más de diez ocasiones netas de gol. David Ospina atajó absolutamente todo excepto un penalti y los jugadores del cuadro argentino pudieron desatar la locura en la clásica carrera desde el mediocampo hasta el área. Mientras que el duelo ante un Paraguay dirigido en ese entonces por Ramón Díaz se resolvió con una notable facilidad y eficacia, finalizando el marcador en un contundente 6-1 en favor de los argentinos.

Para el primero de estos dos encuentros, Gerardo Martino utilizó el siguiente once: Romero; Zabaleta, Garay, Otamendi, Rojo; Biglia, Mascherano, Pastore; Messi, Agüero y Di María. Un 4-3-3 en los papeles pero que al iniciar el encuentro se convertía siempre en un híbrido entre un 4-2-1-3, con Pastore como enlace clásico y el doble pivote compuesto por Biglia y Mascherano, y un 4-2-3-1 con Messi y Di María comenzando unos metros más atrás y dejando a Sergio Agüero como una referencia más marcada dentro del área. 

Lo que se vio en el partido fue a un equipo decidido y paciente, que combinó el juego de posesión y posiciones móviles con la velocidad de sus tres delanteros para avasallar a una Colombia que no hizo más que trabar el partido en el centro del campo y encomendarse a las manos de su sensacional portero. El recordado ingreso de Cardona en lugar de Teófilo Gutierrez a los pocos minutos de iniciado el encuentro fue la clara evidencia de la superioridad táctica y futbolística de los dirigidos por Gerardo Martino a los que solamente les faltó el gol. 

Javier Pastore y luego Ever Banega demostraron las razones por las que son los mejores socios para Lionel Messi (Fernando Gago en plenitud es el otro, pues son un cuarteto que habla el mismo idioma con la pelota en los pies) y los elogios llegaron más allá de que se tuvo que esperar al intercambio de penales para definir el pase a las Semifinales. Luego de una primera fase más bien lastimosa en el juego (con el primer tiempo ante Paraguay como única perla) y con una espeluznante carencia de goles, los engranajes parecían estar de una vez por todas cada uno en su lugar y aceitados a la perfección. Un festival de toque, presión, rotaciones posicionales y voracidad ofensiva había disminuido a Colombia a un rival de segunda o tercera categoría y dejaba a la Argentina lista para dar el zarpazo ante los paraguayos.




Si la falta de eficacia era lo que más se le criticaba a la Argentina hasta la semifinal que la enfrentó contra Paraguay, esa deuda quedó saldada a pura potencia y velocidad. Poco importó que el cuadro guaraní llegase de eliminar a Brasil en un extraño partido de Cuartos de Final, pues antes de la primera media hora, Marcos Rojo y Javier Pastore habían adelantado al cuadro argentino que luego - tras un innecesario susto en los pies de Lucas Barrios para colocar el 1-2 parcial- con un doblete de Ángel Di María y dos goles a cargo de Gonzalo Higuaín y Sergio Agüero redondearía un 6-1 que lo depositó por segundo torneo consecutivo en el partido decisivo.

La formación que saltó al campo de juego esa noche fue la misma que en el choque previo y demostró que lo exhibido ante Colombia no había sido una casualidad. El 4-3-3 funcionó a pleno en sus dos desdoblamientos, tanto con Pastore como volante por derecha como con el creativo del PSG como enlace. Lo mismo aplica para la función de Messi, que alternó entre la banda derecha - como juega en el Barcelona desde la salida de Pep Guardiola- y una posición mucho más centralizada para crear juego junto a Pastore. Di María fue una flecha implacable e indetectable, imposible de detener, mientras que Agüero jugó un gran partido dentro y fuera del área para someter de manera incesante a un rival que parecía complicado pero que se vio completamente superado en todas las áreas del juego.




Para hablar de aquella final, de la segunda frustración en fila para una gran generación de futbolistas argentinos, hay que entender el contexto. Con Chile completamente revolucionado y enfervorizado gracias a un equipo que había cumplido con creces todas las expectativas generadas, la Argentina tenía el deber de plantar su bandera en un choque de estilos que tenían tantos puntos en común - posesión, armado paciente del juego, uso de los laterales como volantes, juego al ras del piso, la presencia del enlace, el ataque con más de 6 jugadores, etc.- como varias divergencias, entendiéndose estas como detalles (Chile más vertical, más directo, por ejemplo) que convertían a los dos equipos en algo que, en terminología de James Bond, podía ser batido pero no revuelto en un mismo vaso.

Sorpresivamente, la Argentina eligió un enfoque más bien conservador para salir a jugar este partido. Plantando un 4-2-3-1 bien marcado, nunca buscó hacerse dueño de la pelota, adoptando una postura que hubiese sido más normal ver en Chile que en el cuadro de Gerardo Martino. Los pupilos de Jorge Sampaoli, tal cual en cada partido del torneo, respetaron el estilo que les había hecho ganarse el respeto del mundo y presionaron de manera incesante a su rival en el centro del campo. Esto provocó que los volantes argentinos perdiesen la referencia y que no lograsen capturar la segunda pelota, ya que en cada cruce se encontraron en una inferioridad numérica escandalosa.

En lo referido a las ocasiones netas de gol, ambos lados tuvieron sus oportunidades apenas iniciado el partido. La Argentina con un disparo de Di María que se marchó apenas desviado y una gran jugada de Messi que Agüero nunca llegó a rematar, mientras que Chile hizo lo propio con un gran centro de Isla que fue rechazado a tiempo por Otamendi y una gran jugada individual de Alexis Sánchez que Aranguiz en lugar de aprovechar terminó desperdiciando con un innecesario pase cuando se encontraba en posición de remate.

Con Pastore muy bien - y mucho más que Messi, por ejemplo- marcado, el cuadro argentino comenzó a verse en apuros a la hora de generar juego. Una volea de Vidal estremeció al banco nacional pero Romero mostró sus credenciales con una buena tapada para sostener el cero en su valla. La réplica llegó de inmediato con un Messi infernal que envió un centro notable al primer palo para que Agüero convirtiese el primer gol de la tarde, pero Bravo desde una distancia imposible le ahogó el grito al delantero del Manchester City.

La salida de Di María por lesión complicó los planes, pero Ezequiel Lavezzi demostró la razón por la cual se encuentra en cada convocatoria sin importar su actualidad a nivel de clubes. Con un perfil un poco más defensivo que el del hoy extremo del Paris Saint Germain, el Pocho se las ingenió para complicar al local en una gran combinación con Pastore que terminó en manos de un muy atento Bravo. Los de Sampaoli cerraron la primera parte con un claro dominio, forzando a la Argentina a jugar al contragolpe con Messi y Lavezzi, y con una oportunidad clara en los pies de Alexis Sánchez que fue controlada por Romero con dificultad.

El segundo tiempo encontró a la Argentina confundida y solo obteniendo aire en los momentos de descanso chileno. Vidal creció y logró romper a la defensa argentina a pura velocidad y talento, asociándose con un incansable Alexis Sánchez para sostener un ritmo digno de once jugadores con más de un par de pulmones. Los ingresos de Higuaín y Banega por Agüero y Pastore no ayudaron a cambiar el panorama general, teniendo el local en las botas de Sánchez una vez más el triunfo, pero la pelota se marchó apenas desviada rozando el parante derecho tras una excelente volea del delantero del Arsenal.

Tras una jugada dudosa en la que pareció que un jugador de Chile le cometía penal a Marcos Rojo en un lanzamiento de esquina, llegó la oportunidad del final. Y fue para la Argentina: Messi rompió líneas a pura velocidad, solo como él sabe hacerlo, abrió a la perfección para Lavezzi, este decidió cruzar la pelota en lugar de rematar a portería y por el otro lado Gonzalo Higuaín llegó apenas tarde para empujar el - MAL y a las apuradas- pase, quedando el balón en el lado externo de la red ante la mirada de todo un estadio completamente paralizado.

El primer tiempo adicional mostró a la Argentina con mayor posesión pero sin capacidad de lastimar al equipo de Sampaoli, que tuvo una gran oportunidad sobre el cierre con el ingreso de Sánchez en soledad por el centro del área. Zabaleta logró bloquear el envío a tiempo y los de Martino vivieron para jugar quince minutos más con chances de ganar el encuentro. Los 15' restantes no mostraron nada positivo, con los dos equipos agotados y apostando al error del contrario, algo que no sucedió.

Los penales comenzaron con dos remates impecables de Matías Fernández y Lionel Messi. Vidal cumplió con su labor con algunas dudas y luego Higuaín envió el esférico a la estratósfera con un pésimo remate. Aranguiz pateó a la perfección su penal y Banega le regaló el disparo a Claudio Bravo con un intento demasiado previsible. Alexis Sánchez fusiló a Romero en el cuarto disparo para Chile y decretó el 4-1 final que puso por segunda vez en menos de un año de rodillas a la Argentina en una gran final.




El presente encuentra a la Argentina en un lugar mucho más diferente y bastante más honesto que en aquella turbulenta noche chilena. Tras caer con Ecuador en el Monumental por 0-2 en una lastimosa performance e igualar 0-0 en Asunción con la débil Paraguay en una peor presentación, la recuperación comenzó con un buen primer tiempo ante Brasil jugando como local, en un partido que terminaría en un decepcionante empate en un gol. La ya mencionada victoria rocosa y eficiente ante una disminuida Colombia en Barranquilla y el 2-1 ante Chile (con el regreso de Lionel Messi tras una lesión) en el Estadio Nacional, en un partido donde no se jugó mejor que los campeones de América pero en el que se pudieron exorcizar algunos demonios, lograron rescatar al navío de un hundimiento que estaba a punto de consumarse.

El 2-0 ante Bolivia, el peor equipo del continente - y tal vez de los peores del mundo-, lejos del Monumental, fue el último partido por Eliminatorias que disputó la Argentina antes de comenzar su preparación de cara a la Copa América Centenario. Mucho cambió desde esa calurosa tarde en Barranquilla, siendo lo más relevante el viraje práctico - no discursivo, algo extraño pues las palabras deben acompañar a las acciones siempre- que dio el entrenador con respecto a los inicios de su ciclo como seleccionador del cuadro nacional.

La idea de juego ya explicada en los primeros párrafos mutó en un híbrido extraño pero eficaz: el equipo se para siempre con un 4-2-3-1, buscando no dejar solo a Mascherano - o a quien sea el mediocentro- a la hora de la recuperación y el retroceso, colocando a un volante creativo a su lado. Messi juega en una posición mucho más centralizada y Di María (con Lavezzi y Lamela como variantes) y Nicolás Gaitán (con Augusto Fernández como recambio) juegan como exteriores un poco más retrasados, dejando lugar para un solo delantero punta dentro del equipo, lugar que hoy se ha ganado nuevamente Gonzalo Higuaín.

El uso de los laterales, que son Marcos Rojo y Gabriel Mercado hace ya varios partidos, se ha convertido en una de sus armas principales. La elaboración de juego y las posesiones largas aparecen a cuentagotas y se encuentran en un punto alto, aunque no por ello son usadas en cada momento del partido. La actitud de esperar con las líneas juntas en el centro del campo y de jugar al espacio vacío con la velocidad - lógica pura- de sus delanteros es lo que predomina, siendo los choques de esta Copa América Centenario contra Chile y Venezuela un claro ejemplo de esta nueva/vieja tendencia en el cuadro argentino.

Claro que esto ha traído problemas, ya que tanto el equipo de Juan Antonio Pizzi como el de Dudamel supieron complicar mucho a una defensa que sigue sin hacer pie cuando debe reorganizarse en velocidad. Los principales errores provienen de los intentos obstinados por salir jugando al ras del piso en las situaciones más insólitas, siendo la ocasión de Alexis Sánchez que salvó Romero en el primer partido del torneo una pieza de evidencia muy concreta.

Aún así, y sin hacer hincapié en que la mayoría de sus rivales no estuvieron ni estarán a la altura individual, histórica y colectiva suya, lo cierto es que la Argentina llega a su segunda final consecutiva contra Chile luego de haber realizado su mejor actuación en lo que va del torneo. Ante los Estados Unidos de Jürgen Klinsmann se vio a un equipo compacto a la hora de marcar, cuyos tres volantes centrales mantuvieron posición y presión contínua en el círculo central. El enlace desapareció formalmente, quedando la función creativa en Messi y Banega, que brillaron tanto en conjunto como por separado, con unos Lavezzi e Higuaín afilados y muy atentos para mantener el peligro latente durante todo el partido.

El 4-3-3 pudo ser ejecutado a la perfección por primera vez desde que llegó Martino y no se debió a la posesión del balón sino a esa máxima que entrenadores como Rinus Michels, Johan Cryuff y Pep Guardiola erigieron como columna vertebral de sus equipos: cada vez que se pierde la pelota, todos deben correr a recuperarla de inmediato para volver a lanzar un nuevo ataque. Si el interesante cuadro norteamericano no pudo llevar adelante su plan, se debió al excelente trabajo argentino en todas las zonas del campo de juego, a que por una vez fue un equipo insoportable para su contrincante con y sin la pelota.

Tal vez eso sea lo que le faltó a la Selección Argentina en la final del año pasado ante Chile para llevarse el trofeo, pero es imposible saberlo al día de hoy. En pocas horas, ambas selecciones - con prácticamente las mismas caras pero con muchos retoques tácticos y futbolísticos- se verán las caras de nuevo para definir al campeón de esta edición aniversario - por ende no válida, ergo Chile defenderá su título en el 2019 y jugará la Copa Confederaciones en el 2017- de la Copa América. Será un duelo muy interesante en el que el éxito no está asegurado de entrada para ninguno de los dos lados, pero donde una vez más la Argentina llega como favorita cuasi absoluta a pesar de que La Roja viene de hilvanar tres convincentes y sensacionales victorias ante Panamá, México - el gran cuco del torneo, el "Tricelona" según muchos que hablan antes de tiempo- y una peligrosa y talentosa Colombia.




Para finalizar, no hay que dejar afuera de la ecuación a un Lionel Messi que tal cual en Brasil 2014 y en Chile 2015 se encuentra en estado de gracia tanto físico como futbolístico y con muchas ganas de alzar su primer (y merecido) trofeo con la camiseta celeste y blanca. Su participación en el torneo, al que llegó con un golpe en la espalda, fue de menor a mayor en cuanto a minutos pero siempre rindió más que a pleno, demostrando por qué es el mejor jugador del mundo hace ya varios años y dejando todas sus credenciales para ser más que uno de los grandes de la historia.

Contra Chile no tuvo minutos pero miró desde afuera con mucha satisfacción una buena victoria por 2-1. Ante Panamá le alcanzó media hora - en realidad 18 minutos- para romper un partido aburrido y con destino de 1-0 de la mano de un Hat-Trick fenomenal y una asistencia mágica para redondear un 5-0 que ilusionó a todos. Bolivia fue apenas un trámite y Lio ingresó otros 30 minutos para afianzar el físico, recibiendo una gran cantidad de golpes que no le borraron la sonrisa a pesar de no haber podido convertir un gol.

Los Cuartos de Final enfrentaron a la Argentina con Venezuela y allí Messi salió como titular, brillando a su manera: sin involucrarse en todas las jugadas, pero siempre deambulando en tres cuartos de campo tal como lo hacía en el Barcelona de Guardiola, a la espera de esa jugada para quebrar todos los parámetros. Una asistencia impresionante para Higuaín ayudó a calmar los nervios del inicio y una sutil definición por debajo de las piernas del arquero le permitió alcanzar los 53 goles de Batistuta con la casaca nacional. Se puso el overol cuando las papas quemaron y luego se sumó a la fiesta que terminaría con un 4-1 en favor de la Argentina, ya lejos de las tapadas milagrosas de Romero y de los palos que evitaron los goles de Rondón.

Y ante los Estados Unidos, Messi no hizo más que seguir jugando a un nivel espeluznante. Un golazo de tiro libre, de esos que nos regala seguido a cada fin de semana y que solo Diego Maradona podía lanzar, pintó una sonrisa en todos los argentinos que amamos al fútbol. Antes había dado otro pase mágico para que Lavezzi abriese el marcador y en la cuarta anotación le entregó a Higuaín el doblete luego de una jugada con su sello por la izquierda.




Con las cartas echadas sobre la mesa, no resta más que esperar a la llegada del encuentro. Allí se verá si los cambios introducidos por Gerardo Martino y los mismos jugadores son fructíferos y si pueden darle un título a la Argentina. Uno que es esquivo desde aquella lejana Copa América 1993 disputada en Ecuador, trofeo que inició una mala racha de 23 años que se espera pueda ser hecha trizas en la cálida noche de Nueva Jersey.





*Rodrigo López Vázquez (@RodrigoLVazquez)

















martes, 10 de mayo de 2016

In Pep We Trust



Luego de la ajustada e inmerecida eliminación de su Bayern Munich ante el Atlético de Madrid en las semifinales de la UEFA Champions League, los críticos de siempre - esos que viven escondidos bajo las piedras esperando la derrota para escupir su veneno- decidieron salir a la luz y comenzar el habitual intento de demolición del ex entrenador del FC Barcelona. Todos ellos, que pregonan la filosofía de "ganar como sea" y que consideran que lo que plantea Josep Guardiola es incorrecto al cien por cien, suelen olvidar todo lo que este entrenador - el mejor de las últimas dos décadas junto a Johan Cryuff- ha ganado en apenas ocho años detrás de la línea de cal. Por ello, siempre es bueno dar un repaso a lo que han sido sus dos revoluciones, los frutos que estas entregaron y una mirada hacia su futuro en la Barclays Premier League como entrenador del Manchester City.

miércoles, 4 de mayo de 2016

Choque de Clanes



Y un día iba a suceder: la segunda semifinal de la Champions League 2015/16 enfrentó al Bayern Munich de Pep Guardiola con el Atlético de Madrid de Diego Pablo Simeone. Un doble duelo de estilos contrapuestos, con poco en común, pero liderados por dos entrenadores notables, que a puro trabajo y capacidad de convencimiento han logrado ser los mejores en lo suyo. Dejando de lado las preferencias personales, era imposible no estar magnetizado por estos dos encuentros que se disputaron en unos Vicente Calderón y Allianz Arena repletos. En el marcador global, resultado fue favorable al cuadro local, pero lo cierto es que fue el gol de visitante el que llevó al Atlético de Madrid a su segunda final en tres temporadas. Dos partidos sensacionales, llenos de emoción y de angustia, una victoria por lado pero con un solo ganador.

miércoles, 23 de marzo de 2016

Pellegrini, Caballero y la palabra



Creo que son pocas personas las que pueden dudar de la idoneidad y jerarquía del chileno Manuel Pellegrini como entrenador. Su carrera es exitosa como pocas, no solo en lo referido a los títulos sino también en lo enfocado en el estilo de juego y el desarrollo de jóvenes promesas en cada uno de los clubes en los que trabajó. Su importante palmares como director técnico, Pellegrini habla por sí solo: 1 Copa de Chile (Universidad Católica), 1 Serie A de Ecuador (LDU), 2 torneos clausura en Argentina (River Plate y San Lorenzo de Almagro) y con el Manchester City ha ganado 2 copas de la liga y una Premier League en el plano nacional y 1 Copa Interamericana (Universidad Católica), 1 Copa Mercosur (San Lorenzo de Almagro) y 1 Copa Intertoto de la UEFA (Villarreal CF). Pero hay algo que está por encima del bronce y que es mucho más relevante a la hora de comprender la importancia que tiene Pellegrini dentro del fútbol.

martes, 22 de diciembre de 2015

Barcelona 3 - River Plate 0: Una paliza sin atenuantes; La manita del mejor equipo del mundo



Luego de una sufrida e injusta victoria frente al Sanfrecce Hiroshima - que terminó tercero en el Mundial de Clubes, tras vencer al Guangzhou Evergrande- River llegaba al partido con el que soñaba desde el momento en el que obtuvo la Copa Libertadores. Seis meses habían pasado, un periplo sin dudas lleno de ansiedad y emoción, pero también donde se vio el deterioro final de un equipo que de a poco se fue desarmando y que, en base a rendimientos que bajaron y otros que nunca pudieron arrancar, terminó por perder lo poco que le quedaba de su identidad futbolística. A saber: la capacidad de atacar y defender en bloque, su vocación ofensiva y el trabajo de presión alta constante para llegar al arco rival en pocos pases. Tres cuestiones esenciales para entender al ciclo de Marcelo Gallardo desde aquella Semifinal contra Boca Juniors por la Copa Sudamericana 2014 llegando al día de hoy. Muy inteligente, el entrenador de River sabía que este partido ante el Barcelona significaba el final de un ciclo. Con las salidas de Carlos Sánchez y Matías Kranevitter - y varios referentes más con ofertas- se terminaba un tramo muy exitoso en la historia del club, que dejaba sin dudas el terreno bien arado para poder iniciar con la refundación que - de la mano de los que se quedan y con los refuerzos que lleguen- logre mantener al equipo en un umbral de competitividad muy alto.

Con el constante repiqueteo de todos los periodistas que creen saber algo de fútbol (la famosa final de Estudiantes en 2011, la peor de las analogías posibles), pero bien gracias, River llegaba a esta Final con el equipo y el esquema muy en claro tras el fallido encuentro previo. Gallardo decidió volver al 4-4-2 con el que logró corregir el rumbo tras el primer bajón en el juego de su ciclo para terminar ganando la Sudamericana y la Libertadores con una versión más pragmática y luchadora. La apuesta era por la solidez en el mediocampo, presionando a los tres volantes del Barcelona y con los delanteros siempre apretando sobre la salida por abajo de los Culés. El once inicial fue el siguiente: Marcelo Barovero; Gabriel Mercado, Jonatan Maidana, Eder Álvarez Balanta, Leonel Vangioni; Carlos Sánchez, Matías Kranevitter, Leonardo Ponzio, Tabaré Viudez; Rodrigo Mora y Lucas Alario. Lo dicho, con Viudez - de buen ingreso ante el Sanfrecce- y Sánchez bien abiertos, Mercado y Vangioni como apoyos en ataque pero más contenidos para evitar filtraciones por los costados, los centrales cerca de Kranevitter, Ponzio un poco más suelto siempre encima de Iniesta y la dupla Mora-Alario arriba, con el uruguayo teniendo que regresar siempre para armar el 4-5-1 en cada retroceso.

Enfrente estaba el todopoderoso - y más terrenal, aunque usted no lo crea- Barcelona de Luis Enrique que tras haberle ganado a cuarto de máquina al Guangzhou Evergrande por 3-0 (triplete de Luis Suárez) sin la presencia ni de Neymar ni de Messi, esperaba ya con las otras dos patas de la famosa MSN recuperadas y listas para conseguir el quinto título de este ciclo (Liga BBVA, Copa del Rey, Champions League y Supercopa de Europa). Uno que comenzó con problemas entre Messi y Lucho, con muchas dudas en lo táctico - recordar los 20 equipos diferentes en 20 jornadas- y con un estilo que no lograba asentarse en un plantel siempre complicado y muy cerrado sobre sí mismo. Pero el ex jugador del Barcelona y el Real Madrid logró encontrarle la vuelta a lo táctico, dejar su ego de lado - Messi hizo lo propio- y luego del recordado desastre en Anoeta (0-1 con la Real Sociedad) donde hasta se habló de la partida de Lio del club, se terminó con un triplete histórico y arrollador. Para lograrlo, el entrenador logró combinar la línea histórica de La Masia con el mejor y más preciso fútbol de contragolpe, algo a lo que fue llevado por las características de sus volantes y delanteros que son ideales para este tipo de juego. Siempre a la ofensiva, pero no por ello sin cautela, el gran problema de este Barcelona era una defensa donde Piqué y Mascherano hacían lo que podían y sufrían horrores sobre todo cuando el mediocampo no lograba jugar bien ni contener al rival, pero hace varios meses que hasta ese problema no parece tan grave y está al borde de ser solucionado de forma definitiva. Claro que, todo esto, ante rivales que a pesar de lo dispareja que es la Liga BBVA, son mucho mejores en lo que refiere a lo futbolístico y lo organizativo que cualquier club de Sudamérica. Lo económico es relevante, pero no es ninguna excusa válida: sabemos que el Barcelona es una multinacional más que millonaria como el Real Madrid, el Bayern Munich, la Juventus y demás gigantes de la historia del fútbol. Pero la diferencia está en la idea de juego y en la calidad del trabajo para desarrollarla, algo de lo que estamos a años luz de distancia lamentablemente. Tomemos como ejemplo al Athletic de Bilbao, que vapuleó a este Barcelona en la Supercopa de España y que posee uno de los mejores planteles del mundo hace ya varios años. Sin nombres rutilantes en lo comercial, siempre armando planteles dentro del País Vasco, con una cantera notable, con una línea de juego centrada en el orgullo por la camiseta, el buen trato del balón y el arco de enfrente como único horizonte. Cuando uno analiza este caso particular, hay varios lugares comunes que de inmediato quedan descartados pues la realidad es mucho más fuerte que cualquier devaneo teórico.




No hubieron sorpresas a la hora de conocer el once inicial del Barcelona: Claudio Bravo; Dani Alves, Gerard Piqué, Javier Mascherano, Jordi Alba; Iván Rakitic, Sergio Busquets, Andrés Iniesta; Lionel Messi, Luis Suárez y Neymar. Prácticamente el mismo equipo con el que habían ganado todo entre la pasada temporada y lo que va de la presente, con la idea de siempre, la cual ya hemos debatido y descripto aquí muchas veces. Lucho sabía que River iba a jugar siempre en bloque, tratando de pegar sus dos líneas de cuarto y presionando bien alto tal como lo hiciese el Deportivo La Coruña en su más reciente partido de liga.

El partido comenzó con River presionando bien alto, con algo de cautela y sin pasar al ataque cada vez que podía tomar contacto con la pelota. El Barcelona ni se inmutó y se mantuvo fiel a su libreto: salida prolija por abajo, elaboración progresiva hasta el mediocampo y búsqueda de los delanteros con pases filtrados en largo a espaldas de los centrales. Ponzio por el momento no salía a marcar, oficiando él de mediocentro para no quedar a contrapierna en cada avance del rival. La marca no era personal en ninguna zona del campo de juego, pero el ex Zaragoza buscaba quedarse cerca de Iniesta, Kranevitter de Busquets y Viudez y Sánchez de los laterales para prevenir sus subidas.

La primera conexión en tres cuartos fue entre Messi y Dani Alves, pero el pase al medio del brasileño no fue nada bueno y terminó despejado por Maidana. La idea de Gallardo era salir en largo, pero Mascherano y Piqué no mostraban ninguna grieta a la hora de rechazar los pelotazos que caían en su zona. Kranevitter estaba activo y preciso como pocas veces en este semestre, siempre tratando de armar juego en el círculo central y abriendo bien la cancha con las corridas de Viudez y Sánchez que por ahora eran el factor desequilibrante de un River aplicado en lo táctico. 

En tan solo 6', River había hecho un enorme desgaste frente al nulo que realizaba el Barcelona, que se limitaba a mover la pelota con tranquilidad y a recibir muchas patadas de un mediocampo que estaba siendo superado con muy poco. Las dos líneas de cuatro del Millonario estaban bien juntas y por el momento no exhibían ninguna grieta para que los lanzadores, Rakitic e Iniesta, lograsen colocar el balón en zona de golpeo para los tres delanteros. La MSN se movía sin parar, con Messi y Neymar intercambiando puntas y Suárez haciéndole la vida imposible a Maidana y a Balanta que no lograban seguirle el paso cada vez que arrancaba. 

Una gran jugada de Suárez por la banda terminó en un centro atrás que, luego de varios intentos de rechazo, fue rematado por Iniesta pero demasiado mordido por lo que le dio tiempo a la defensa para poder bloquearlo. De a poco, el Barcelona encontraba espacios y se soltaba, con los laterales jugando como exteriores y los tres interiores bien cerrados en el mediocampo para crear juego. Pasando los 10', Suárez le bajó una pelota perfecta a Messi y su bombazo a quemarropa fue tapado por un defensa milagrosamente. El rebote quedó en los pies de Iniesta, que con una genialidad entre los dos centrales, dejó solo al astro argentino ante Barovero y el portero con una buena tapada yendo hacia la derecha evitó que el misil que salió del botín de Messi se convirtiese en el primer gol de la noche japonesa. 

Iban tan solo 12' de juego y el Barcelona dominaba el encuentro sin pasar por ningún sobresalto, plantado en tres cuartos de campo ante un River que ya dejaba espacios y no presionaba con tanta fiereza en el mediocampo. En las pocas que lograba superar la línea de volantes del rival, los jugadores de River - sobre todo Sánchez- mostraban muchas imprecisiones por lo que se hacía imposible pensar en un gol o una jugada de peligro. Mientras tanto, Messi jugó un gran balón a espaldas de los centrales para Suárez y Barovero anticipó muy bien con los pies. 

Los de Luis Enrique eran paciencia pura, jugando siempre por abajo, haciendo fácil lo difícil, pues jugar contra un equipo que solo piensa en bloquear la cancha y no perder antes que todo lo demás  no es nada simple. Gallardo veía como su equipo estaba cada vez más acorralado, pero parecía conforme con el hecho de no haber recibido un gol en contra aún. La esperanza residía en el Viudez o Sánchez pudiesen salir en velocidad con espacios vacíos en algún contragolpe, tratando de sacar ventaja de que el Barcelona por su propuesta ofensiva siempre juega adelantado.




Los catalanes metían pierna fuerte cuando había que hacerlo, en el tramo más luchado en el mediocampo del partido, derribando ese mito de que en Europa no se marca fuerte ni hay golpes. Lo que hay es mayor precisión general para quitar el balón y árbitros bastante menos permisivos que lo que acostumbramos en América del Sur. Si River pensó que podía pasar por encima al Barcelona pegando patadas al por mayor, los Culés se encargaron de dejarle en claro que eso no iba a suceder llegando Rakitic y Jordi Alba a pegar sin tapujos.

El duelo entre Balanta y Suárez era parejo visto desde lejos, pero el colombiano nunca podía anticipar al uruguayo. A veces el delantero se quedaba sin apoyos, por lo que debía aguantar más tiempo la pelota y la jugada se terminaba diluyendo con el retroceso de todos los jugadores de River, Alario incluido. En una buena jugada, Rakitic abrió perfecto para Neymar con toda la defensa rival a contrapierna, el brasileño ganó muy bien en el uno a uno contra Mercado y tocó corto con Messi dentro del área. El diez se la devolvió de primera pero su socio no pudo llegar a rematar de cara al arco, todavía un poco atado debido a su reciente lesión en el aductor.

Con todos sus jugadores de campo plantados dos pasos delante del área, River seguía haciéndole las cosas difíciles al Barcelona en lo que refería a la circulación y la dinámica en tres cuartos. Nada demasiado sofisticado, algo lógico pues cuando un equipo se amontona cerca de su arco pasan varios minutos hasta el que rival logra o no encontrar la llave para abrir el cerrojo. El Barcelona dominaba el partido más allá de esto, jugando con mucha intensidad y siendo el dueño de todos los sectores de la cancha.

Las bandas comenzaron a ser terreno franco para los laterales y delanteros debido a que su contrincante estaba tratando de encontrar algo de aire y piernas ya cerca de la primera media hora de partido. La defensa de los blaugranas no tuvo problemas en seguir repeliendo cada aproximación de los de Gallardo, anticipando a los dos delanteros que a cada minuto estaban más aislados del resto de sus compañeros. Neymar recibió de Iniesta por el costado, cambió de frente al vacío y Dani Alves remató cruzado de volea con sobrepique a las manos de Barovero.

En una de las situaciones más razonables de River, Mora logró superar a su marcador y desperdició una jugada que pedía un envío al área con un disparo flojo que Bravo detuvo sin moverse siquiera. Viudez era lo único rescatable de River en fase ofensiva, moviéndose por todo el frente de ataque, abriendo con criterio la pelota - más que nada con Sánchez- y tratando de sorprender apareciendo en algunas jugadas por la nave central de la cancha. De pronto, los de Gallardo se encontraron con otra situación clara de gol: Alario ganó en el vértice del área una pelota dividida y sin pensarlo dos veces trató de colocar la pelota cerca del palo derecho, aunque sin generarle complicaciones a un atento Bravo.

Los argentinos pegaban sin parar en el círculo central para cortar el juego, señal de que estaban completamente agotados cuando corrían 32' en el reloj. Messi estuvo cerca de abrir el marcador con un muy buen tiro libre que picó dentro del área chica y logró confundir a Barovero, que pudo mandarla al tiro de esquina con mucha suerte. Y a los 35', el Barcelona derribó el muro a puro fútbol: Neymar jugó bien abierto con Dani Alves, el brasileño centró al punto penal, Suárez bajó la pelota con mucha facilidad y Messi hizo el resto. Control magistral en un solo movimiento - lo del brazo fue natural, no la quiso acomodar-, superó a Maidana como si fuese un cono de entrenamiento y definió de cachetada ante la salida desesperada de Barovero que nada podía hacer. Era el 1-0, resultado muy merecido pues el único que estaba jugando era el campeón de la Champions League, infinitamente superior a un River que más allá de la presión alta de los primeros 10' no había propuesto nada más ante el toque, la intensidad y voracidad de la escuadra de Luis Enrique. 

De inmediato, Rakitic habilitó con un pase entrelíneas a Suárez, que llegó hasta el fondo y lanzó un centro atrás salvado por Barovero con los pies. El Millonario ya estaba desarmado y completamente agotado, dejando una multitud de espacios, unos que se abrieron gracias al excelente trabajo del Barcelona y a la enorme diferencia tanto en nombres como en idea de juego y ejecución de esta. La última jugada de la primera parte la tuvo Luis Suárez una vez más, pero tras una gran pelota en cortada de Messi, definió muy mal ante la salida de un ya vencido Barovero y privó al Barcelona de una ventaja que tenía que ser mucho más grande hacía largo rato.




Para los segundos 45', Gallardo decidió cambiarle la cara a un equipo que solamente había atinado a aguantar el resultado y no había parado de sufrir en un primer tiempo que no fue tan parejo - ni mucho menos- como todos los jugadores y periodistas argentinos declararon una vez finalizado el partido. Se había visto a un River sin identidad futbolística con un libreto que apenas si pudo sostener, pues sus intérpretes salvo Balanta, Barovero y Viudez - aprobados y solo eso- no habían estado a la altura de lo que este partido requería. Salieron del campo de juego Ponzio (amonestado luego de cuatro infracciones al límite, como siempre llegando tarde a todas las jugadas) y Mora, de intrascendente partido (clave en todo este ciclo, fallando en el momento donde más se lo necesitaba) e ingresaron Lucho González y Gonzalo Martínez. El objetivo era ganar creatividad en el mediocampo con el ex Porto y Marsella y darle a Viudez un acompañante para explotar en los metros finales tanto por el centro como por las bandas con el ex enlace de Huracán. 

Lamentablemente para el entrenador de River, su plan duró menos de cinco minutos. Si bien aprovechó la frescura de los recién ingresados para presionar alto otra vez y acercarse a los dominios de Bravo, ninguno de los envíos al área fue preciso ni peligroso para Piqué y Mascherano. Todo se fue normalizando de a poco y a los 48', Sánchez no pudo ante Busquets luego de haber recuperado la pelota, Iniesta jugó de primera para Suárez en largo y el killer del área definió por debajo de las piernas de Barovero tras haber superado a Balanta en la puerta del área. Era el 2-0 que llegaba con un verdadero golazo, uno que mostraba la cara contragolpeadora de un Barcelona impecable. 




Los de Luis Enrique siguieron tocando de lado a lado ante un River muy desconcertado, desorganizado y ahora completamente abierto que hacía lo que podía. Messi jugó para Neymar en vertical, este se la devolvió hacia atrás y el argentino disparó flojo a las manos de Barovero cuando la jugada pedía pase para Suárez que esperaba solo en el punto penal. Con pasillos abiertos por todos lados, el Barcelona se divertía merced de la velocidad de la MSN y de los pases magistrales de sus ahora tres lanzadores, con la mesa servida para convertir el tercer gol.

Rakitic abrió con Neymar, el brasileño jugó rápido al medio con Messi y este eludió a la carrera a dos defensores para terminar definiendo con Barovero muy encima. La pelota rozó en el portero y solo por eso Maidana logró recomponerse y despejar sobre la línea bien lejos. Gallardo agotó variantes con la entrada de Driussi en lugar de Viudez para buscar mayor peso en el área, pero el desarrollo del partido no varió con la inclusión de un segundo delantero. La paliza de los Culés se estaba concretando, con la defensa de River saliendo muy tarde y de a uno, no en bloque como en los primeros minutos del partido. Neymar protagonizó la gran jugada del partido, con un lujo tras otro desde el mediocampo para dejar atrás a medio equipo rival y justo antes de definir dentro del área fue cruzado de manera sensacional por Balanta. 

Rakitic en la primera mitad había sido el primero en ponerse el overol y ahora tenía el saco bien ajustado, sirviendo como salida a su equipo y muy activo en zona de golpeo para buscar espacios para rematar o jugar a espaldas de los centrales. Messi y Neymar armaron una gran pared y la definición de Lio se fue apenas ancha, salvándose nuevamente River en una ráfaga tremenda del Barcelona apenas 5' después de haber convertido el segundo gol. 

Neymar habilitó muy bien a Suárez que encaró a Barovero pero no pudo con la inteligente cobertura de Trapito que pudo alejarlo del arco y bloquear su disparo rasante. El enlace de Brasil tomó la pelota cerca del área en la jugada posterior y su disparo salió apenas por arriba del travesaño ya llegando a los 57' de juego. Luis Enrique decidió sacar del campo de juego a Rakitic debido a que estaba amonestado y el choque estaba muy picado en el mediocampo, con los volantes de River pegando otra vez y buscando hacer reaccionar a los rivales para que el árbitro saque alguna tarjeta roja. En su lugar ingresó Sergi Roberto, una garantía a la hora de mantener la posesión y también muy flexible para cumplir un rol preponderante en ataque y en defensa. 




Cuando el reloj marcaba 68', la goleada se consumó: Alba ganó a pura velocidad por la banda, tocó con Suárez, que envió un buen centro para Neymar, despejado con el último esfuerzo por Vangioni. En la continuidad del juego, Messi tomó la pelota cerca de la medialuna, juntó marcas, puso el freno y limpió para Neymar hacia su izquierda. Este centró al espacio vacío a espaldas de Balanta y Suárez picó, ganó arriba en soledad y colocó el balón a contrapierna de Barovero con un cabezazo tan sutil como imposible de atajar. La locura se desató en el banquillo del campeón de España, que así le ponían el broche a otra gran Final. El 3-0 era más que ilustrativo de lo que había sido el trámite para un Barcelona que ni en los momentos donde los espacios no aparecían se llegó a traicionar siquiera un poco. Metió y ganó la pelea en el mediocampo en los minutos iniciales y de allí en adelante administró la pelota con mucha calidad, rotó posiciones a todo momento, se adentró entero en campo rival y no paró de atacar hasta conseguir una diferencia más que abismal que, de haber estado más precisos los tres delanteros, podría haber sido muchísimo mayor.

Los jugadores de River, vencidos en el espíritu desde el segundo gol y liquidados en lo futbolístico desde el vamos, no presionaban más en el mediocampo por lo que el rival tocaba con mucha tranquilidad esperando la ceremonia de premiación. En una de las pocas jugadas que pudo construir, Kranevitter abrió con Vangioni, este siguió con Martínez por la banda y el centro del enganche fue enviado al tiro de esquina por un muy seguro Piqué casi bajo el arco. Alario, en medio de la lluvia de pelotazos y centros al área sin destino, quedó cerca de marcar pero Bravo pudo con su muy buen cabezazo y mandó la pelota por encima del larguero.

Lucho veía como sus dirigidos no paraban de atacar y para los diez minutos finales sacó a Mascherano y puso en su lugar a Vermaelen. A los 83', Alario volvió a imponerse en el área pero su cabezazo tras un tiro de esquina se fue demasiado ancho sin preocupar a Bravo. Un minuto después, el Pity Martínez ensayó la mejor jugada de River en todo el partido: desde el vértice derecho, recortó hacia el medio y con un tremendo latigazo cruzado forzó a Bravo a una estirada inhumana para rozar la pelota y que esta termine impactando en el palo antes de salir por la línea de fondo. 

Messi volvió a dejar solo a Neymar a poco del final, pero Maidana se la llegó a pellizcar con lo justo y evitó la cuarta conquista de la noche. Mathieu entró por Neymar, de gran segundo tiempo luego de un primero donde estuvo pensando más en su lesión que en jugar, algo lógico cuando un profesional se recupera en un plazo demasiado corto. Martínez, el más revoltoso de River junto a Viudez, intentó con otro disparo - ahora a colocar- pero Bravo solo tuvo que poner las manos para atrapar un balón que le llegó manso. El chileno volvió a ser requerido en un centro picante del mismo Martínez tras un desborde a pura habilidad que fue interceptado con mucho aplomo por el portero. 




Llegó el pitazo final, con las dos caras del fútbol: la alegría del Barcelona por su quinto título de esta temporada y la tristeza de River por no haber cumplido con su sueño, con ese que lo desveló por más de seis meses y que se resumió en una lección de fútbol. Sin dudas que los de Gallardo lucharon por un buen rato con valentía, pero eso no es jugar de igual a igual sino aguantar, salir a no perder por sobre todas las cosas. Se puede criticar a Marcelo Gallardo por haberle tratado de dar algo más de posesión y velocidad a su equipo con los cambios antes de que inicie la segunda mitad, pero al menos intentó salir a atacar para encontrar un empate que nunca estuvo a tiro. River sostuvo el cero por más de media hora con las manos de Barovero, la mala puntería provisoria de los tres fenómenos que tiene arriba el Barcelona y diez hombres apostados un par de pasos delante de su arco. No hay nada demasiado elogiable ni rescatable en esa actitud y las excusas que ponía el comentarista - eso de que lo que le sucedió a River le pasa al 95% de los equipos que enfrentan a los Culés- suenan demasiado baratas y gastadas. El Millonario nunca debió haber llegado a la Final, pues fue superado por el Sanfrecce Hiroshima en las Semifinales, tal cual lo fue por casi todos los equipos - salvo Crucero del Norte y Nueva Chicago, siendo muy generosos- desde que ganó la Copa Libertadores. Los grises que se vieron durante todo este año, pero que fueron maquillados hasta el corte por la Copa América con actitud y la famosa suerte del campeón, se convirtieron en negros absolutos en el Mundial de Clubes. El Barcelona jugó un gran partido, se apegó a su noble idea futbolística y, hasta regulando durante varios tramos, aplastó a River sin ningún tipo de atenuante. 

Lo dijo el mismo Gallardo: este ciclo se terminó. Fue un año y medio lleno de alegrías, donde la cantidad de títulos obtenidos no fue de la mano de una evolución en lo táctico y la ejecución de la idea sino más bien todo lo contrario. A medida que pasaban las semanas, el equipo jugaba peor y se llenaba de dudas, pero la excusa de tener la cabeza en Japón y las copas amortiguaron todo tipo de crítica externa demasiado incisiva. El plantel ha quedado completamente desarmado - piensen que ya era corto de por sí- y se necesitan varios refuerzos y una renovación total en lo referido al esquema de juego y a la base sobre la cual trabajar cada partido. Sin dudas que este River no va a dejar de atacar y de intentar jugar por abajo, dos premisas clave para Gallardo, pero lo que se verá de aquí en adelante va a ser diferente a las varias caras exhibidas durante esta "primera fase". Esperemos que lo que se encuentre en el horizonte sea más bien parecido a aquel fantástico y emocionante inicio de ciclo, cuando River jugaba realmente bien al fútbol, porque si no va a ser casi imposible repetir lo hecho hasta aquí. 

Párrafo aparte para el imbécil que escupió a Messi en el aeropuerto y para todos los hinchas de River que lo silbaron a él y a un ídolo del club como Mascherano, increpándolos porque simplemente hicieron su trabajo como dos profesionales. Salud al Barcelona, que tras varios meses de irregularidad ha logrado encontrarse  - con otro estilo al de los Dream Team de Cryuff y Pep Guardiola, pero sin perder la esencia de La Masia- nuevamente con el muy buen juego (arrollador y vistoso) y que completa de la mejor forma posible la manita en un 2015 que ha sido inolvidable para ellos. Todos los demás, hasta nuevo aviso, por el momento siguen mirando desde abajo al nuevo Campeón del Mundo.  

 





miércoles, 16 de diciembre de 2015

River Plate 1-Sanfrecce Hiroshima 0: Hora de reinventarse; Un triunfo sin luz



Luego de tanta espera, de tanta ansiedad y emoción acumuladas, River Plate llegó al día del debut en el Mundial de Clubes 2015. Con más de tres semanas sin competencia oficial y habiendo estado entrenando con solo este torneo en la cabeza tras un semestre malo en lo futbolístico y regular en los resultados - lo salvó a medias el alcanzar a los tropezones la Semifinal de la Copa Sudamericana ganándole con muchafortuna a rivales en exceso inferiores-, era de esperar que su performance ante el Sanfrecce Hiroshima fuese como mínimo interesante. Más considerando que en los últimos 14 días el equipo japonés (que ganó 3 de los 4 títulos en juego en su liga) disputó la delirante cantidad de cinco partidos. Dos de ellos fueron entre finales de la semana pasada y comienzos de esta, pues a diferencia de River, Barcelona y el América de México (CONCACAF entra directo en Cuartos) tuvo que jugar la primera ronda y los Cuartos de Final para ganarse su merecido lugar en la Semifinal. En los papeles, el equipo de Marcelo Gallardo tenía todo para llevarse el partido sin demasiados sobresaltos, pero bajando a la realidad las cosas eran muy diferentes: con la incertidumbre de saber si los jugadores iban a poder levantar su magro rendimiento individual y colectivo de estos recientes seis meses, la cautela era lo que reinaba en el cuerpo técnico millonario. El sólido, sacrificado y prolijo rendimiento del Sanfrecce en sus dos encuentros había dejado a Gallardo seguro de que no iba a ser un rival en absoluto fácil Y vaya que no lo fue, al punto de haber merecido llevarse el partido y la clasificación a lo que habría sido una histórica Final y un batacazo de esos que no se olvidan jamás. 


Primero repasemos las formaciones de los dos equipos. Marcelo Gallardo decidió poner en cancha un 4-3-1-2 con algunos retoques: Marcelo Barovero; Gabriel Mercado, Jonatan Maidana, Eder Álvarez Balanta, Leonel Vangioni; Carlos Sánchez, Matías Kranevitter, Leonardo Ponzio; Leonardo Pisculichi; Lucas Alario y Rodrigo Mora. La idea del entrenador era que los dos laterales jugasen como volantes, sobre todo Vangioni que tenía también la responsabilidad de ser la cobertura de Ponzio a su costado. En cada ataque, el ex Newell's tenía que trepar por la banda para ponerse a la par del volante central y configurar un 3-4-3 bien ofensivo como suele hacer, por ejemplo, el Paris Saint Germain con las trepadas constantes de Aurier por su sector en fase ofensiva. Ponzio y Kranevitter formarían un doble cinco en el que el ya jugador del Atlético de Madrid tendría el rol de mediocentro clásico para liberar al ex Zaragoza de una función en la que ya no puede cumplir y que presione dos pasos más adelante para evitar la salida en velocidad del rival. Pisculichi era el regreso estelar luego de un semestre para el olvido donde jugó poco y nada, pero en el que sobre el final recuperó algo del nivel que mostró en 2014. Clave para la pelota parada, algo importante pues Gallardo tenía en mente sin duda alguna un partido cerrado. Arriba, Mora como mediapunta más suelto por el frente de ataque y Alario dentro del área como referencia única de un River que estaba listo para un compromiso en el que tenía mucho por perder y poco por ganar. Por la diferencia en lo jerárquico e individual, tenía que ganar este partido, tal cual está obligado mañana el Barcelona frente al Guangzhou Evergrande de China.

Enfrente estaba el eficaz e interesante Sanfrecce Hisroshima, dirigido por Hajime Moriyasu que con su estilo desprejuiciado y ofensivo viene sorprendiendo a más de uno en estas semanas. Su esquema para este choque contra River fue un 3-5-2 bastante flexible y por sobre todo ordenado: Hayashi Takuto; Sho Sasaki, Kazuhiko Chiba, Tsukasa Shiotani; Yoshifumi Kashiwa, Toshihiro Aoyama, Yusuke Chajima, Kazuyuki Morisaki, Shimizu; Minagawa y Douglas. Moriyasu pretendía que su equipo mantuviese la calma en los primeros minutos, donde se suponía que River saldría a tratar de llevárselo por delante. La defensa de cinco jugadores, con dos centrales, un líbero y dos laterales/volantes bien dúctiles para recorrer las bandas. Un medicampo compuesto por un mediocentro todo terreno - Chajima- y dos volantes de contención con capacidad de llegar al área rival - Aoyama y Morisaki-. Una delantera con un punta - Minagawa- y Douglas que podía hacer las veces de volante sin problemas. A la hora de atacar, el Sanfrecce buscaría presionar sobre el trío de volantes de River y salir en velocidad por los costados con mucha presencia en las bandas. Para defenderse, el esquema debía mutar en un 5-4-1 bien sólido e inamovible con Douglas jugando como exterior unos pasos más atrás.



River comenzó el partido ahogando al Sanfrecce, con una muy buena presión alta durante los primeros 5' de juego. Vangioni velozmente se colocó como exterior cerca de Ponzio y así el volante central quedó liberado de la función de cubrir y recorrer la banda. Pisculichi se movió como enganche sin acercarse mucho a al círculo central pero tratando de ser siempre opción de pase en tres cuartos de cancha. Los de Gallardo movieron con paciencia una pelota - que era toda suya- frente a un contrincante que esperó con mucha paciencia y bien plantado en el centro del campo. Las imprecisiones en zona de golpeo eran las de siempre, pero por el momento la iniciativa era suya y con eso le alcanzaba para marcar diferencias en el desarrollo del encuentro.

Los centrales del Sanfrecce tenían controlados a Alario y a Mora, que no lograron entrar en juego. El líbero siempre salía a anticipar al de los dos que trataba de pivotear fuera del área, simplificando la tarea de sus compañeros de zaga que con mayor número acorralaban al otro delantero. Una mala salida del portero Takuto derivó en Sánchez que buscó explosión dentro del área pero fue cortado con mucha sobriedad por un Chajima que demostraba que además de ser vital en fase ofensiva también podía ponerse el traje de bombero sin sonrojarse. Todos los relevos corrían por su cuenta, siendo algo así como la balanza del tri-campeón japonés.

La primera de cierto riesgo la tuvo el local, con una pelota larga de Shiotani para Douglas que Barovero anticipó con mucha velocidad fuera del área. Ante el mano a mano constante al que se sometían los centrales y la lentitud en el regreso, el portero de River tenía que estar muy atento a estos envíos para despejar como último hombre. De a poco las falencias de River empezaron a hacerse notorias: sin sociedades en el mediocampo ni en las bandas, sin ningún pase entrelíneas que lograse desequilibrar a un rival que no tenía más que esperar muy tranquilo con 8 jugadores en el mediocampo para luego aprovechar la velocidad de Douglas y Minagawa.

El Sanfrecce, además de no pasar sobresaltos, también salía con mucha prolijidad y orden. La presión alta de los de Gallardo impedía que hubiese una transición veloz al ataque desde el fondo, pero las intenciones de este equipo eran tan claras como nobles. Vangioni intentó desnivelar con un remate incómodo y flojo de media distancia que fue a manos del arquero, síntoma de que la cosa por abajo no estaba funcionando para nada bien. Ponzio fue el segundo que buscó el gol por esta vía, pero Takuto contuvo en dos tiempos su disparo que llevó potencia y control pero fue demasiado centrado.

Alario, en la mejor de River hasta ese momento, pudo desmarcarse y llegar hasta el fondo. Su centro atrás en corto para Mora era muy bueno, pero un defensor llegó a rechazarla antes de que el uruguayo pudiese empujar al gol. El local, tras varios minutos de solamente aguante, respondió: un balón largo para Minagawa se convirtió en una situación de riesgo luego de que Balanta dudase demasiado tras el pique, pero el central colombiano demostró que a pesar del pésimo nivel que arrastra hace varios meses, tiene mucha calidad. Con un corte oportuno en velocidad, pudo salvar a su equipo de una jugada peligrosa.

El 3-4-1-2 de River era claro en ataque. En el aspecto defensivo, la cosa era complicada y bastante desorganizada, algo que el Sanfrecce aprovechaba con la más vieja de las armas: la presión sobre la segunda pelota y el lanzamiento en profundidad a espaldas de los centrales. Kranevitter sobre el minuto 25' se sumó a la lista de los que dispararon de media distancia sin dirección alguna más que una bandeja del estadio en la lejanía. Segundos después, Balanta volvió a tener un error básico en un despeje tras un pase filtrado, Minagawa esta vez le ganó sin problemas y Barovero se jugó algo más que la ropa para evitar lo que hubiese sido el primer gol con una gran tapada a puro reflejo.

De inmediato, River se terminó de convertir en una máquina de atacar sin orden ni inteligencia, chocando por todos lados y sin nada de precisión siquiera en los desbordes de Mercado, Sánchez y Vangioni. Las infracciones cerca del área propia comenzaron a aumentar, otra señal de que la el partido no estaba saliendo de la manera imaginada. Aoyama cortó cerca de los dominios de Barovero, abrió para Douglas que recorrió dejando atrás a un Balanta desconcertado y lanzó un gran centro para Minagawa que el delantero no pudo conectar frente al arco vacío por cuestión de centímetros.



El Sanfrecce ya era superior al campeón de la Copa Libertadores, con una estrategia equilibrada que solo necesitaba un gol para ser perfecta: le dejó toda la iniciativa al rival, pero apuntó a recuperar con mucha velocidad y mayor volumen en el mediocampo para luego jugarle mano a mano a los centrales con sus jugadores más veloces. Y mientras tanto, la posesión se fue equilibrando al punto de quedar en porcentajes muy similares. La pesadilla estuvo a punto de consumarse cuando Minagawa jugó por la derecha profundo con Yashima y el volante enganchó y sacó un tremendo remate a colocar que Barovero con un manotazo espectacular mandó al tiro de esquina.

Gallardo tenía una mueca amarga en la cara, viendo como su equipo no tenía cambio de ritmo en el centro del campo y sufría mucho atrás debido al desastre que era la defensa. Había demasiados huecos y los de Moriyasu los estaban aprovechando al máximo. Todas las situaciones netas de gol habían sido del Sanfrecce, que se disponía a dar otro batacazo y a seguir escribiendo historia a pura intensidad y sacrificio.

El millonario movía la pelota de lado a lado, pero no lograba triangular ni llenar las bandas. Menos acercarse con la pelota parada, que en los pies de Pisculichi no había sido lo que el entrenador esperaba. En realidad, el rendimiento del enlace no había estado en absoluto ni cercano a lo que había mostrado en las prácticas para convencer al Muñeco de romper el 4-4-2 que tenía en su cabeza al llegar a Japón. En 37', el partido estaba muy parejo, con el local buscando el mano a mano constantemente y con River muy frustrado y sin entender muy bien que era lo que estaba sucediendo.

Los pelotazos que partieron desde los centrales no llegaron tampoco a buen puerto, con Mora y Alario demasiado aislados y sin poder inquietar siquiera a la rocosa defensa japonesa. Un gran pase en cortada de Aoyama para Minagawa volvió a detener los corazones de todos los hinchas y jugadores de River, pero Barovero respondió con una fenomenal estirada a mano cambiada al bombazo de media vuelta que el delantero sacó desde la medialuna del área.

El Sanfrecce merecía con mucha claridad al menos un gol ante un rival que estaba mostrando exactamente lo mismo que en todo este pasado semestre: poco y nada. Todo lo que hacía River era demasiado apurado y con todos los sectores del campo inconexos entre sí. El local cambió un poco el dibujo inicial y en vez de atacar con un 3-5-2 pasó a hacerlo con un 4-4-2 para cubrir más espacios en caso de que los tomasen de contragolpe mal parados. Las transiciones eran óptimas y no había nada que hiciese pensar que el tinte del partido podía cambiar en los minutos finales de la primera mitad.

La única buena jugada de River fue una triangulación en velocidad, sin los traslados largos y previsibles de siempre, que culminó con un centro de Mercado llegando hasta el fondo y un cabezazo de Sánchez en fuera de juego que el portero tapó muy bien yendo abajo. La acción quedó invalidada, pero River avisaba que no estaba muerto y que iba a luchar para conseguir el objetivo que había venido a buscar. Ponzio estuvo a punto de cometerle penal a Douglas en la última de los primeros 45' tras varios rebotes dentro del área, luego de que por enésima vez los volantes ofensivos y delanteros recibiesen con total libertad cerca de portería. Barovero y la liga que todavía se mantiene - aunque en menor cantidad que a inicios de la Era Gallardo- se constituyeron como las razones por las que River no se fue con uno o dos goles en contra al entretiempo.




Sorpresivamente, Gallardo decidió mantener a su once inicial para la segunda mitad. Todo comenzó igual que antes, como un deja vu: los de la banda salieron a presionar alto, con el balón en los pies, pero todavía sin la precisión necesaria como para crear peligro. Hasta que Mercado volvió a desbordar tras un mal despeje de la defensa, lanzó un centro que nadie pudo empujar y el rebote le quedó a Mora que bajo el arco le entró pésimo a la pelota y la mandó a las nubes.

Mercado era sin dudas lo mejor de un River gris, y el equipo se dio cuenta de esto. Se empezaron a ver muchas más trepadas del lateral y las líneas del Sanfrecce empezaron a mostrar ciertas grietas aunque no significaron mucho en ese tramo del encuentro. Yashima volvió a llevar peligro al arco de Barovero con un pique largo y un centro atrás que Balanta cortó muy bien para evitar un disparo de Douglas en posición de gol.

Los de Nuñez avanzaban ya con bastante más decisión, pero la línea de fondo del Sanfrecce resistía impoluta tras ese lejano primer susto de la mano de Mora. Douglas le ganó a Maidana por la derecha, nadie retrocedió para cubrirlo y su centro terminó siendo malo para tranquilidad de todos en el banco millonario. El que no se quedó para nada conforme fue Barovero, cuyos insultos se escucharon aún por encima del ruido que generaba la numerosa hinchada del equipo argentino en el estadio.

Los nervios crecían ante la imposibilidad de abrir el marcador y Gallardo empezó a mover el banco: Lucho González ingresó por un inerte Ponzio para tener más la pelota y al mismo tiempo cubrir mayor cantidad de terreno. La idea también era que se juntase con Pisculichi para generar juego y levantar la mala imagen del enganche. Mora encontró con el primer pase filtrado de la noche para los suyos a Sánchez dentro del área pero su ensayo se fue muy por encima del travesaño.

Moriyasu respondió a la variante de su colega con la entrada de Mikic en lugar de Kashiwa. Una variante de corte ofensiva, en busca de mayor consistencia en ataque y un poco de aire en el mediocampo de la mano de este volante mixto croata de gran talento. Moarisaki quedó en las puertas de la gloria, pero su anticipo en el primer palo tras un tiro libre se fue cerca del larguero y Barovero respiró aliviado una vez más en una noche muy activa para él.

Viudez tomó el lugar de Pisculichi, una variante más que cantada debido al flojo partido de la otrora figura de este equipo. Con el uruguayo, el entrenador sabía que podía ganar cambio de ritmo y quiebre de líneas en tres cuartos, quedando el equipo parado con un 4-4-2 bien clarito con Sánchez y Viudez bien abiertos para romper por los costados. Pero salvo la vocación ofensiva de siempre y algo más de presencia e ímpetu, esta segunda mitad no había sido buena para un River que a pesar de tener un 19% más de posesión no la había podido hacer valer salvo en algún que otro acercamiento.



Mercado volvió a ser el factor de desequilibrio en River, pero su buen centro para Lucho fue anticipado sin problemas por el portero japonés que hacía largo rato no tocaba la pelota. Asano tomó el puesto de Minagawa para iniciar el embate final y sellar un partido histórico, pero la suerte le volvió a hacer un guiño a un River que en los peores momentos parece tener más de siete vidas: en medio de un vendaval de centros a la olla, un tiro libre muy bien lanzado por Viudez desde el mediocampo terminó en una mala salida del arquero - un horror inconmensurable, regalo de la providencia- y un cabeazazo de Alario bajo el arco para poner un 1-0 excesivamente injusto.

Lo mal que había jugado River no quedaba borrado por la victoria parcial, pero sin dudas que fue un desahogo para un equipo y cuerpo técnico en exceso angustiados que nunca disfrutaron del partido más allá de lo que declararon en la semana ante los medios al respecto. Las atajadas sensacionales de Barovero cobraron una dimensión que terminó de confirmarlo como la figura del encuentro junto a Chajima, que minutos después del gol le dejó su lugar a Sato. El histórico delantero del Sanfrecce entró para que su equipo terminase de romper el cerrojo, quemando naves y dejando muchos espacios que lo expusieron a una derrota más abultada.

Viudez disparó en un tiro libre desde el vértice del área, pero el arquero despejó el peligro con los puños. En la jugada posterior, Lucho y Mercado hicieron una muy buena pared, el lateral llegó a la línea de fondo, tocó atrás con Mora´- del muy floja y decepcionante tarea- y el uruguayo con una definición entre mordida y sobradora vio como un rival lograba sacar el balón mucho antes de que pudiese entrar al arco. Gallardo agotó variantes para cuidar a un acalambrado Mercado, poniendo a Mayada en su lugar de cara a los eternos minutos de cierre.

River se cerró muy bien sobre el final, con Vangioni y Mayada replegados, armando casi una línea de cinco cautelosa. El Sanfrecce perdió velocidad y ganó en previsibilidad debido a la carencia de espacios y apenas si llegó con un tiro de media distancia que Barovero embolsó sin complicaciones. De las cuestiones positivas de las segunda parte, se puede decir que River logró controlar mejor las subidas de los laterales y volantes por las bandas y que eso le quitó algo de sorpresa a un Sanfrecce Hiroshima que sintió el lógico desgaste y se fue quedando sin nafta más allá. Claro que esto no le quitó mérito a lo realizado, habiéndole plantado cara y dominando a un rival superior en los papeles y en los nombres propios. Tuvo el cabezazo del final Aoyama, pero no logró darle el efecto deseado a la pelota que no pudo ir por encima de Barovero, perdiéndose muy cerca del palo.




River Plate cumplió con su deber, pero no estuvo a la altura de las circunstancias. Sin mostrar nada de juego ni rebeldía, se encontró con una victoria casi por casualidad y recién logró parecerse a un equipo cuando el Sanfrecce se lanzó desesperado a buscar el empate y dejó de pensar en la parte de la contención. Es decir, pudo mostrar algunas ráfagas en los cinco minutos finales hasta que el árbitro, de gran tarea, le puso final al suplicio. El festejo fue medido y se saludó primero a los rivales que más allá de haber caído se ganaron el respeto de todo el mundo del fútbol. Sin la mochila encima, River espera al ganador del choque entre el Barcelona-Guangzhou Evergrande que se jugará en unas horas por la otra Semifinal. Más allá de que todo partido es difícil e incierto, se avizora una Final entre el campeón de la Libertadores y el de la Champions League. Lo que queda como certeza, tal vez la única, es que si River vuelve a repetir una actuación de este calibre tendrá muchas dificultades para no ser apaleado por un Barcelona que no será el de Pep Guardiola pero que con apenas un poco de espacio es capaz de construir goleadas inmensas de la mano de Messi, Suárez y Neymar. Pero de ese partido, si es que llega a vencer el equipo Culé, hablaremos en la próxima entrada. Por lo pronto, River Plate esquivó la bala y este domingo a la madrugada cerrará un ciclo dentro de la Era Gallardo. Con varios que se irán - Sánchez y Kranevitter-, otros que no se sabe bien si continuarán - la línea defensiva, sobre todo Mercado, Vangioni y Maidana todos con ofertas importantes- y varios que deben ir dando un paso al costado - Saviola, Ponzio- será tarea de Marcelo Gallardo el pedir los refuerzos correctos (ya hay varios nombres interesantes en carpeta y con negociaciones avanzadas) y sumarlos a lo que quede del plantel para poder reinventarse. Este modelo, este estilo de juego, tuvo su techo hace largo rato y viene agonizando hace meses, con la suerte de que el tener el Mundial de Clubes como meta hizo que todo fuese un poco menos doloroso. Los hinchas de River tendrán que agradecerle a Gallardo y a estos jugadores lo hecho en estos dos inolvidables años y entender que repetirlo va a ser muy complicados. Pero que se empieza con pasos pequeños y mucho trabajo, dos cosas que el entrenador parece tener bastante en claro.