Luego de lo que fue otra noche llena de gloria para Chile y llena de frustraciones y fantasmas para la Argentina, pocos se detuvieron a analizar las razones por las que la selección dirigida por Juan Antonio Pizzi se consagró campeona de la Copa América Centenario 2016 disputada en tierras norteamericanas. No se realizó el análisis pertinente por una lógica razón: Lionel Messi se robó todos los focos ya que, luego de un partido que lo encontró en gran forma pero - como en todos estos años desde su debut en la mayor- sin nada de ayuda por parte de sus compañeros, en un momento de tristeza absoluta anunció que está pensando en dejar de jugar para la Argentina debido a que "cuatro finales perdidas son demasiado".
Lo que vaya o no a hacer el mejor jugador del mundo - en contienda hace tiempo por ser el mejor de la historia- respecto a su futuro en la Selección Argentina es un problema que lo compete a él más allá de las exagerados y ya molestos, bordeando la obsesión y la búsqueda de atención mediática, pedidos de que siga vistiendo la celeste y blanca. De lo que prometimos siempre hablar en este espacio fue de fútbol, de las razones por las cuales un equipo es mejor o peor que otro, porque en ello suelen encontrarse los argumentos para justificar las victorias, empates y derrotas que nos regala el fútbol.
Chile saltó al campo de juego con el mismo esquema que viene utilizando desde la llegada de Juan Antonio Pizzi. El 4-3-3 elegido por el ex entrenador de San Lorenzo, Rosario Central y el Valencia prescinde del enganche (Matías Fernández o Jorge Valdivia) que utilizaba Jorge Sampaoli en su clásico 3-4-1-2 o 4-3-1-2 según mandase la ocasión. Podemos decir que se parece bastante en lo estratégico a lo que planteaba Bielsa en su momento - la base de todo lo que hemos visto de La Roja en estos años- y también al famoso 3-5-2 que usaba el mismo Sampaoli cuando su escuadra disputaba partidos mano a mano - un ejemplo son los choques ante España y Holanda en Brasil 2014- contra grandes potencias como Alemania, Holanda, Inglaterra, Brasil y demás equipos de gran poderío que sufrieron mucho este módulo ofensivo y cerrado al mismo tiempo.
Los once elegidos por Pizzi para la final fueron los mismos que iniciaron la remontada de su ciclo luego de un comienzo titubeante en las Eliminatorias y en la misma Copa América luego de una dura caída ante la Argentina y una victoria polémica ante Bolivia en el minuto final: Claudio Bravo; Mauricio Isla, Gary Medel, Gonzalo Jara, Jean Beausejour; Arturo Vidal, Marcelo Diaz, Charles Aranguiz; José Pedro Fuenzalida (Edson Puch), Eduardo Vargas (Nicolás Castillo) y Alexis Sanchez (Francisco Silva).
Entre paréntesis se encuentran los tres sustitutos que ingresaron en el transcurso del partido, Puch sobre el minuto 80 y Silva y Castillo ya en el tiempo suplementario. Las intenciones del equipo eran las habituales desde la llegada del argentino al banquillo:
1) Presión bien alta con las duplas Alexis-Vargas y Vidal-Aranguiz.
2) Control del círculo central con Díaz-Medel-Jara bien adelantados para impedir la circulación de balón en el rival.
3) Salida limpia con Díaz armando el triángulo junto a los dos centrales y los dos interiores mostrándose siempre como receptores, sin regalar ni una sola vez el esférico mediante un pelotazo frontal o un centro sin sentido ni destino.
4) Avanzar con una sucesión de toques en corto y en velocidad, buscando triangular siempre, hasta tres cuartos de campo para explotar las bandas con los tándems Sánchez-Beausejour e Isla-Fuenzalida (que también retrocederían para cubrir por completo las posibles subidas de los laterales y extremos argentinos).
5) Doble lateral por la derecha al estilo Unai Emery en el Sevilla, sabiendo que así gana profundidad y contención al mismo tiempo por las características de sus jugadores.
6) Postura ofensiva constante, verticalidad pura sin pausas de la mano de transiciones muy veloces al ataque partiendo siempre desde el centro del campo, lugar a donde llega tocando con mucha paciencia.
7) Libertad para que Eduardo Vargas y Alexis Sánchez se muevan por todo el frente de ataque, buscando desequilibrar con su potencia y velocidad y además con sus rotaciones posicionales constantes.
8) Aplicación absoluta por parte de todo el equipo para atacar y defender en bloque. Ninguno se mantiene estático sino que todos van hacia la pelota y buscan recuperarla con velocidad para salir de contragolpe. Superioridad de 4 a 1 como mínimo en cada situación de marcaje individual.
Durante la primera media hora del partido, de estas máximas Chile apenas si pudo aplicar la salida al ras del piso, una que no abandonó ni aún cuando era menester lanzar un pelotazo debido al buen trabajo de presión de los volantes y delanteros argentinos. El cuadro de Martino estuvo muy cerca de convertir a los pocos segundos de iniciado el encuentro con un robo y posterior disparo de Ever Banega que se marchó rozando el parante derecho del arco defendido por Claudio Bravo. El dominio de la albiceleste fue notable en esos minutos, con Mascherano como el abanderado de la presión continua en el círculo central y un trabajo colectivo idéntico al realizado contra los Estados Unidos en la semifinal: apenas se perdía un balón, cuatro o cinco jugadores buscaban recuperarlo al instante y descargar con el receptor - Banega, Messi o Higuaín- más cercano para comenzar un nuevo ataque.
Marcelo Díaz, ese tiempista que libera de la marca a Vidal, que sabe como controlar cualquier cosa que pase por el mediocampo, estaba totalmente desbordado. Amonestado en su primera infracción, quedó condicionado y Lionel Messi con mucha inteligencia - aprovechando al desastroso árbitro Heber López, del cual no hablaremos pues todo está dicho- forzó su expulsión antes de llegar a la primera media hora de juego. Con la evidencia en la mano, se esperaba que la Argentina abriese el marcador con facilidad ante el desorden y confusión de un Chile que solo lograba cortar el juego con eficacia a puro juego brusco.
Higuaín, de muy buen primer tramo del encuentro, había aprovechado una falla grosera de Gary Medel - algo que no suele suceder dos veces en un partido-, robándole el balón al central cerca del área para quedar mano a mano contra Bravo. El portero lo esperó con inteligencia, lo hizo pensar dos segundos más de lo necesario y el delantero del Napoli eligió tal vez la peor de las decisiones (ayudado por el portero que se lanzó hacia la izquierda sin dudarlo), picando el balón para que ingrese por el segundo palo y fracasando en la concreción de su objetivo tal cual en la final del pasado mundial ante Alemania. Luego de esa jugada fallida, el goleador histórico de la Serie A se apagó para nunca más regresar al partido, algo que también le sucedió a todos los jugadores argentinos salvo a Messi y a Mascherano.
Y desde la expulsión de Marcelo Díaz es desde el lugar en el que inicia la ponderación del trabajo realizado por Pizzi en esta final. Sabiendo que no había iniciado con el pie derecho y que se encontraba en inferioridad numérica ante un rival superior en todas las líneas, decidió hacer lo correcto: en lugar de apostar a lo que le pudiesen dar sus muy buenas individualidades, se jugó todas las fichas a conformar un bloque sólido para poder ejecutar de manera positiva su estilo de juego.
Arturo Vidal se corrió a la posición de mediocentro, Medel ganó metros para actuar como segundo volante de contención, Charles Aranguiz abandonó las pretensiones ofensivas y se convirtió en perro de presa de todo argentino que circulase por el mediocampo, Fuenzalida se retrasó para cubrir la banda y el dueto Alexis-Vargas quedó suelto en tres cuartos de campo para lastimar tras ganar la segunda pelota.
Esto viene de la mano de un dato importante: Chile desde la llegada de Marcelo Bielsa en adelante es un equipo con mayúsculas. Y uno verdaderamente bueno, que además de desarrollar con el ex entrenador de la Argentina, el Athletic Club y el Marsella y sus sucesores Claudio Borghi y Jorge Sampaoli y ahora Juan Antonio Pizzi un estilo de juego que rinde culto al balón y al juego de espectáculo y ofensivo, también es una máquina de competir sin importar en que condiciones se encuentre. Hay que recordar el grupo en el que le tocó estar en la pasada Copa Mundial (España, Holanda y Australia) y compararlo, por ejemplo, con la broma de mal gusto que le tocó a la Argentina (Irán, Nigeria y Bosnia). El famoso cántico que le quita relevancia a la cancha y al rival y que pone en el centro al equipo, pues rinde igual en todos lados, aplica a la perfección en este seleccionado hace ya ocho años.
Porque guste o no, la realidad marca que Chile es un equipo y que la Argentina hace más de una década que es un conjunto de individualidades ¿Hubieron puntos altos en estos años plagados de decepciones? Claro que sí, nadie lo niega, podemos hablar de la primera etapa de Alfio Basile tras su paso exitoso por Boca Juniors y del tramo final de las Eliminatorias y del Mundial bajo la tutela de Sabella, pero lo cierto es que la Argentina hace mucho tiempo que no tiene la más remota idea de que es a lo que juega. Todo al diez, todo al mejor del mundo para que nos solucione el problema y de paso rezamos también para que los dos o tres jugadores de "elite" (los que se cuentan con los dedos, más allá de que pensemos que son todos superestrellas, que la Argentina es la envidia de todo el mundo) que están en la cancha se encuentren derechos y lo acompañen hasta la línea de llegada.
Desde el momento en el que se quedó con diez hombres y su entrenador realizó los - ya mencionados- ajustes tácticos necesarios, Chile comenzó a parecerse a ese equipo prolijo, convencido y arrollador que se había visto en los tres partidos anteriores. A la Argentina, por el contrario, la consumieron los nervios y esa combinación entre presión y relajación que genera el hecho de tener la absoluta responsabilidad por contar con un hombre demás en el campo de juego. A pesar de estar en inferioridad numérica, los chilenos nunca lanzaron un pelotazo al vacío ni se amedrentaron a pesar del contínuo trabajo de presión alta que comenzaba con Mascherano en el círculo central y finalizaba con los tres delanteros buscando incomodar su salida.
Arturo Vidal y Charles Aranguiz se convirtieron en la imagen del despliegue y la distribución y anularon por completo al mediocampo argentino, además de ayudar a los dos delanteros en la zona de creación. El caso del volante interior del Bayern Munich es especial, porque luego de una temporada brillante - en la que demostró que en su puesto no hay otro como él-, también probó ser uno de los jugadores más inteligentes: tardó muy poco en hacer ingresar a Mascherano en el ida y vuelta para lograr que lo amonesten y con una impecable caída - ayudada por una entrada irresponsable, con los dos pies hacia adelante y toda la potencia en un momento delicado- logró que el desastroso Heber Lopes le mostrase la tarjeta roja a Marcos Rojo y dejase el partido emparejado en lo numérico.
Lo que hizo el entrenador de la Selección Argentina también ayudó a que Chile pudiese revertir el dominio que tenía su rival y convertirlo en oro puro. Martino ante la expulsión de un lateral izquierdo (a diferencia de Díaz, que es el eje central de la idea futbolística chilena), descuidó ese carril mandando a Ramiro Funes Mori a cubrirlo y retrasó a Javier Mascherano para que cumpla la función de segundo central en su lugar. Todos sabemos que el jugador del Barcelona se desempeña hace varias temporadas en esa posición, pero en ese momento exacto era el abanderado de la presión alta de la Argentina, una que desapareció con el retroceso del volante. Biglia, que no podía correr desde el minuto uno, quedó en soledad para ser salida en el círculo central y decimos esto porque Banega, quien lo acompañó en esa tarea, apenas si podía moverse un poco más debido a una fuerte contractura que arrastraba desde la noche anterior al partido.
Esto permitió que el circuito de juego de Chile volviese a aceitarse y a funcionar a pleno, lastimando el vigente campeón de América por el sector izquierdo con Beausejour y Alexis Sánchez y por la derecha con un incisivo y muy seguro Mauricio Isla. Messi e Higuaín quedaron completamente aislados y cubiertos de jugadores chilenos que los superaban en seis o siete hombres cada vez que tomaban el balón, en un trabajo de marca en lo táctico perfecto y en lo demás realmente emocionante y admirable. Mientras el cuadro de Martino, debido a las decisiones erróneas de este, daba pasos atrás y se refugiaba con la esperanza de encontrar la salvación en una corrida mágica de Messi, los chilenos no dejaron de crecer en confianza, físico y juego. Ni el tardío ingreso de Kranevitter en lugar de un inmóvil Ángel Di María (otro que estaba lesionado y que jamás debió haber ingresado al campo de juego, pues nunca corrió por miedo a recaer cuando lo mejor que hace es justamente jugar con el espacio vacío) pudo solucionar el problema de la posesión, una que pasó a ser mayoritariamente de La Roja. Banega jugó un poco más suelto y trató de ayudar a Messi e Higuaín pero el dominio del rival en lo físico era tal que su incidencia fue nula.
La segunda mitad fue sin dudas entretenida, con más ida y vuelta de lo esperado, con espacios para ambos lados que fueron mucho mejor aprovechados por Chile ¿Cuales son las razones para afirmar esto? El simple hecho de que sus dos laterales ingresaron mediante jugadas armadas con prolijidad, y sin saltear ningún sector del campo de juego, un sinfín de veces con el balón dominado al área y lograsen lanzar peligrosos centros atrás que no terminaron en gol por la pericia de un Otamendi notable - que se erigió como una muralla imposible de escalar, afirmándose como un indispensable en el equipo-, el que sus dos interiores hayan dominado todo el césped de la mitad de cancha en adelante - ayudados por el desconcertante retroceso de Mascherano a la defensa-, el que Alexis y Vargas hayan logrado abrir todos los espacios necesarios en los metros finales, son la prueba suficiente de que un circuito de juego funcionó, de que una idea se vio plasmada en el césped (no solo en la sala de prensa) y de que tácticamente la victoria le correspondió a Juan Antonio Pizzi.
La renuncia de Gerardo Martino se consumó hace pocas horas y, más allá de que adujo que los problemas en la Asociación del Fútbol Argentino y la negativa de los grandes clubes de Europa a ceder a varios jugadores clave para los Juegos Olímpicos que comienzan en un mes en Río de Janeiro, lo cierto es que las dos finales perdidas al hilo no han ayudado demasiado a su continuidad al frente del Seleccionado Argentino.
El miedo a perder en los dos choques decisivos ante Chile generó un retroceso importante en cuanto a la idea de juego, a los conceptos que se habían asentado en ambos torneos hasta el momento de jugar las finales. Claro que la culpa no es enteramente del entrenador, que los jugadores pusieron también lo suyo, pero también es igual de cierto que en esta final hubieron dos errores que marcaron a fuego al Tata: el colocar en el campo de juego a Di María, Biglia y Banega cuando estaban lesionados y apenas si podían moverse y el no realizar ni a tiempo ni de manera correcta las variantes tácticas y físicas después de la expulsión de Marcos Rojo.
Algo similar sucedió en aquel choque en el Estadio Nacional, pero no tuvo tanto que ver con las variantes ni con el equipo que plantó en el campo de juego sino más bien en haberse colocado sin necesidad alguna en una posición de inferioridad total. Durante los 240 minutos que disputaron en este año y medio Chile y Argentina, el cuadro trasandino solo se sintió incómodo y al borde del abismo durante 25' y se le puede sumar ese minuto fatal en el que Lavezzi habilitó mal a Higuaín y el Pipita por estar lejos de la pelota no pudo definir bien bajo el arco cuando el partido se terminaba en Santiago.
Por un lado, el triunfo de unas convicciones que se vienen sosteniendo en lo teórico y en lo práctico desde 2008 y que han llevado a Chile a ser una de las mejores cinco selecciones del mundo. Por el otro, la derrota de un equipo que de la mano de Gerardo Martino jamás logró asentar ni en el campo de juego ni fuera de este el plan de juego que traía el entrenador bajo el brazo. Nadie duda de la honestidad ni de la capacidad del Tata, pero lo cierto es que en sus últimas dos aventuras muy poco ha sido lo que le salió según lo planificado de antemano. La improvisación y la contradicción fueron los sellos más palpables de sus pasos por el Barcelona y la Argentina. Uno puede dar uno o dos pasos hacia atrás, pero el traicionarse nunca debería estar dentro de las posibles opciones.






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