martes, 5 de julio de 2016

El triunfo de las convicciones



Luego de lo que fue otra noche llena de gloria para Chile y llena de frustraciones y fantasmas para la Argentina, pocos se detuvieron a analizar las razones por las que la selección dirigida por Juan Antonio Pizzi se consagró campeona de la Copa América Centenario 2016 disputada en tierras norteamericanas. No se realizó el análisis pertinente por una lógica razón: Lionel Messi se robó todos los focos ya que, luego de un partido que lo encontró en gran forma pero - como en todos estos años desde su debut en la mayor- sin nada de ayuda por parte de sus compañeros, en un momento de tristeza absoluta anunció que está pensando en dejar de jugar para la Argentina debido a que "cuatro finales perdidas son demasiado".

Lo que vaya o no a hacer el mejor jugador del mundo - en contienda hace tiempo por ser el mejor de la historia- respecto a su futuro en la Selección Argentina es un problema que lo compete a él más allá de las exagerados y ya molestos, bordeando la obsesión y la búsqueda de atención mediática, pedidos de que siga vistiendo la celeste y blanca. De lo que prometimos siempre hablar en este espacio fue de fútbol, de las razones por las cuales un equipo es mejor o peor que otro, porque en ello suelen encontrarse los argumentos para justificar las victorias, empates y derrotas que nos regala el fútbol.




Chile saltó al campo de juego con el mismo esquema que viene utilizando desde la llegada de Juan Antonio Pizzi. El 4-3-3 elegido por el ex entrenador de San Lorenzo, Rosario Central y el Valencia prescinde del enganche (Matías Fernández o Jorge Valdivia) que utilizaba Jorge Sampaoli en su clásico 3-4-1-2 o 4-3-1-2 según mandase la ocasión. Podemos decir que se parece bastante en lo estratégico a lo que planteaba Bielsa en su momento - la base de todo lo que hemos visto de La Roja en estos años- y también al famoso 3-5-2 que usaba el mismo Sampaoli cuando su escuadra disputaba partidos mano a mano - un ejemplo son los choques ante España y Holanda en Brasil 2014- contra grandes potencias como Alemania, Holanda, Inglaterra, Brasil y demás equipos de gran poderío que sufrieron mucho este módulo ofensivo y cerrado al mismo tiempo. 

Los once elegidos por Pizzi para la final fueron los mismos que iniciaron la remontada de su ciclo luego de un comienzo titubeante en las Eliminatorias y en la misma Copa América luego de  una dura caída ante la Argentina y una victoria polémica ante Bolivia en el minuto final: Claudio Bravo; Mauricio Isla, Gary Medel, Gonzalo Jara, Jean Beausejour; Arturo Vidal, Marcelo Diaz, Charles Aranguiz; José Pedro Fuenzalida (Edson Puch), Eduardo Vargas (Nicolás Castillo) y Alexis Sanchez (Francisco Silva).

Entre paréntesis se encuentran los tres sustitutos que ingresaron en el transcurso del partido, Puch sobre el minuto 80 y Silva y Castillo ya en el tiempo suplementario. Las intenciones del equipo eran las habituales desde la llegada del argentino al banquillo: 

1) Presión bien alta con las duplas Alexis-Vargas y Vidal-Aranguiz.

2) Control del círculo central con Díaz-Medel-Jara bien adelantados para impedir la circulación de balón en el rival.

3) Salida limpia con Díaz armando el triángulo junto a los dos centrales y los dos interiores mostrándose siempre como receptores, sin regalar ni una sola vez el esférico mediante un pelotazo frontal o un centro sin sentido ni destino.

4) Avanzar con una sucesión de toques en corto y en velocidad, buscando triangular siempre, hasta tres cuartos de campo para explotar las bandas con los tándems Sánchez-Beausejour e Isla-Fuenzalida (que también retrocederían para cubrir por completo las posibles subidas de los laterales y extremos argentinos).

5) Doble lateral por la derecha al estilo Unai Emery en el Sevilla, sabiendo que así gana profundidad y contención al mismo tiempo por las características de sus jugadores.

6) Postura ofensiva constante, verticalidad pura sin pausas de la mano de transiciones muy veloces al ataque partiendo siempre desde el centro del campo, lugar a donde llega tocando con mucha paciencia.

7) Libertad para que Eduardo Vargas y Alexis Sánchez se muevan por todo el frente de ataque, buscando desequilibrar con su potencia y velocidad y además con sus rotaciones posicionales constantes.

8) Aplicación absoluta por parte de todo el equipo para atacar y defender en bloque. Ninguno se mantiene estático sino que todos van hacia la pelota y buscan recuperarla con velocidad para salir de contragolpe. Superioridad de 4 a 1 como mínimo en cada situación de marcaje individual.




Durante la primera media hora del partido, de estas máximas Chile apenas si pudo aplicar la salida al ras del piso, una que no abandonó ni aún cuando era menester lanzar un pelotazo debido al buen trabajo de presión de los volantes y delanteros argentinos. El cuadro de Martino estuvo muy cerca de convertir a los pocos segundos de iniciado el encuentro con un robo y posterior disparo de Ever Banega que se marchó rozando el parante derecho del arco defendido por Claudio Bravo. El dominio de la albiceleste fue notable en esos minutos, con Mascherano como el abanderado de la presión continua en el círculo central y un trabajo colectivo idéntico al realizado contra los Estados Unidos en la semifinal: apenas se perdía un balón, cuatro o cinco jugadores buscaban recuperarlo al instante y descargar con el receptor - Banega, Messi o Higuaín- más cercano para comenzar un nuevo ataque.

Marcelo Díaz, ese tiempista que libera de la marca a Vidal, que sabe como controlar cualquier cosa que pase por el mediocampo, estaba totalmente desbordado. Amonestado en su primera infracción, quedó condicionado y Lionel Messi con mucha inteligencia - aprovechando al desastroso árbitro Heber López, del cual no hablaremos pues todo está dicho- forzó su expulsión antes de llegar a la primera media hora de juego. Con la evidencia en la mano, se esperaba que la Argentina abriese el marcador con facilidad ante el desorden y confusión de un Chile que solo lograba cortar el juego con eficacia a puro juego brusco.

Higuaín, de muy buen primer tramo del encuentro, había aprovechado una falla grosera de Gary Medel - algo que no suele suceder dos veces en un partido-, robándole el balón al central cerca del área para quedar mano a mano contra Bravo. El portero lo esperó con inteligencia, lo hizo pensar dos segundos más de lo necesario y el delantero del Napoli eligió tal vez la peor de las decisiones (ayudado por el portero que se lanzó hacia la izquierda sin dudarlo), picando el balón para que ingrese por el segundo palo y fracasando en la concreción de su objetivo tal cual en la final del pasado mundial ante Alemania. Luego de esa jugada fallida, el goleador histórico de la Serie A se apagó para nunca más regresar al partido, algo que también le sucedió a todos los jugadores argentinos salvo a Messi y a Mascherano.




Y desde la expulsión de Marcelo Díaz es desde el lugar en el que inicia la ponderación del trabajo realizado por Pizzi en esta final. Sabiendo que no había iniciado con el pie derecho y que se encontraba en inferioridad numérica ante un rival superior en todas las líneas, decidió hacer lo correcto: en lugar de apostar a lo que le pudiesen dar sus muy buenas individualidades, se jugó todas las fichas a conformar un bloque sólido para poder ejecutar de manera positiva su estilo de juego.

Arturo Vidal se corrió a la posición de mediocentro, Medel ganó metros para actuar como segundo volante de contención, Charles Aranguiz abandonó las pretensiones ofensivas y se convirtió en perro de presa de todo argentino que circulase por el mediocampo, Fuenzalida se retrasó para cubrir la banda y el dueto Alexis-Vargas quedó suelto en tres cuartos de campo para lastimar tras ganar la segunda pelota.

Esto viene de la mano de un dato importante: Chile desde la llegada de Marcelo Bielsa en adelante es un equipo con mayúsculas. Y uno verdaderamente bueno, que además de desarrollar con el ex entrenador de la Argentina, el Athletic Club y el Marsella y sus sucesores Claudio Borghi y Jorge Sampaoli y ahora Juan Antonio Pizzi un estilo de juego que rinde culto al balón y al juego de espectáculo y ofensivo, también es una máquina de competir sin importar en que condiciones se encuentre. Hay que recordar el grupo en el que le tocó estar en la pasada Copa Mundial (España, Holanda y Australia) y compararlo, por ejemplo, con la broma de mal gusto que le tocó a la Argentina (Irán, Nigeria y Bosnia). El famoso cántico que le quita relevancia a la cancha y al rival y que pone en el centro al equipo, pues rinde igual en todos lados, aplica a la perfección en este seleccionado hace ya ocho años. 

Porque guste o no, la realidad marca que Chile es un equipo y que la Argentina hace más de una década que es un conjunto de individualidades ¿Hubieron puntos altos en estos años plagados de decepciones? Claro que sí, nadie lo niega, podemos hablar de la primera etapa de Alfio Basile tras su paso exitoso por Boca Juniors y del tramo final de las Eliminatorias y del Mundial bajo la tutela de Sabella, pero lo cierto es que la Argentina hace mucho tiempo que no tiene la más remota idea de que es a lo que juega. Todo al diez, todo al mejor del mundo para que nos solucione el problema y de paso rezamos también para que los dos o tres jugadores de "elite" (los que se cuentan con los dedos, más allá de que pensemos que son todos superestrellas, que la Argentina es la envidia de todo el mundo) que están en la cancha se encuentren derechos y lo acompañen hasta la línea de llegada. 




Desde el momento en el que se quedó con diez hombres y su entrenador realizó los - ya mencionados- ajustes tácticos necesarios, Chile comenzó a parecerse a ese equipo prolijo, convencido y arrollador que se había visto en los tres partidos anteriores. A la Argentina, por el contrario, la consumieron los nervios y esa combinación entre presión y relajación que genera el hecho de tener la absoluta responsabilidad por contar con un hombre demás en el campo de juego. A pesar de estar en inferioridad numérica, los chilenos nunca lanzaron un pelotazo al vacío ni se amedrentaron a pesar del contínuo trabajo de presión alta que comenzaba con Mascherano en el círculo central y finalizaba con los tres delanteros buscando incomodar su salida.

Arturo Vidal y Charles Aranguiz se convirtieron en la imagen del despliegue y la distribución y anularon por completo al mediocampo argentino, además de ayudar a los dos delanteros en la zona de creación. El caso del volante interior del Bayern Munich es especial, porque luego de una temporada brillante - en la que demostró que en su puesto no hay otro como él-, también probó ser uno de los jugadores más inteligentes: tardó muy poco en hacer ingresar a Mascherano en el ida y vuelta para lograr que lo amonesten y con una impecable caída - ayudada por una entrada irresponsable, con los dos pies hacia adelante y toda la potencia en un momento delicado- logró que el desastroso Heber Lopes le mostrase la tarjeta roja a Marcos Rojo y dejase el partido emparejado en lo numérico.

Lo que hizo el entrenador de la Selección Argentina también ayudó a que Chile pudiese revertir el dominio que tenía su rival y convertirlo en oro puro. Martino ante la expulsión de un lateral izquierdo (a diferencia de Díaz, que es el eje central de la idea futbolística chilena), descuidó ese carril mandando a Ramiro Funes Mori a cubrirlo y retrasó a Javier Mascherano para que cumpla la función de segundo central en su lugar. Todos sabemos que el jugador del Barcelona se desempeña hace varias temporadas en esa posición, pero en ese momento exacto era el abanderado de la presión alta de la Argentina, una que desapareció con el retroceso del volante. Biglia, que no podía correr desde el minuto uno, quedó en soledad para ser salida en el círculo central y decimos esto porque Banega, quien lo acompañó en esa tarea, apenas si podía moverse un poco más debido a una fuerte contractura que arrastraba desde la noche anterior al partido.

Esto permitió que el circuito de juego de Chile volviese a aceitarse y a funcionar a pleno, lastimando el vigente campeón de América por el sector izquierdo con Beausejour y Alexis Sánchez y por la derecha con un incisivo y muy seguro Mauricio Isla. Messi e Higuaín quedaron completamente aislados y cubiertos de jugadores chilenos que los superaban en seis o siete hombres cada vez que tomaban el balón, en un trabajo de marca en lo táctico perfecto y en lo demás realmente emocionante y admirable. Mientras el cuadro de Martino, debido a las decisiones erróneas de este, daba pasos atrás y se refugiaba con la esperanza de encontrar la salvación en una corrida mágica de Messi, los chilenos no dejaron de crecer en confianza, físico y juego. Ni el tardío ingreso de Kranevitter en lugar de un inmóvil Ángel Di María (otro que estaba lesionado y que jamás debió haber ingresado al campo de juego, pues nunca corrió por miedo a recaer cuando lo mejor que hace es justamente jugar con el espacio vacío) pudo solucionar el problema de la posesión, una que pasó a ser mayoritariamente de La Roja. Banega jugó un poco más suelto y trató de ayudar a Messi e Higuaín pero el dominio del rival en lo físico era tal que su incidencia fue nula.

La segunda mitad fue sin dudas entretenida, con más ida y vuelta de lo esperado, con espacios para ambos lados que fueron mucho mejor aprovechados por Chile ¿Cuales son las razones para afirmar esto? El simple hecho de que sus dos laterales ingresaron mediante jugadas armadas con prolijidad, y sin saltear ningún sector del campo de juego, un sinfín de veces con el balón dominado al área y lograsen lanzar peligrosos centros atrás que no terminaron en gol por la pericia de un Otamendi notable - que se erigió como una muralla imposible de escalar, afirmándose como un indispensable en el equipo-, el que sus dos interiores hayan dominado todo el césped de la mitad de cancha en adelante - ayudados por el desconcertante retroceso de Mascherano a la defensa-, el que Alexis y Vargas hayan logrado abrir todos los espacios necesarios en los metros finales, son la prueba suficiente de que un circuito de juego funcionó, de que una idea se vio plasmada en el césped (no solo en la sala de prensa) y de que tácticamente la victoria le correspondió a Juan Antonio Pizzi.




La renuncia de Gerardo Martino se consumó hace pocas horas y, más allá de que adujo que los problemas en la Asociación del Fútbol Argentino y la negativa de los grandes clubes de Europa a ceder a varios jugadores clave para los Juegos Olímpicos que comienzan en un mes en Río de Janeiro, lo cierto es que las dos finales perdidas al hilo no han ayudado demasiado a su continuidad al frente del Seleccionado Argentino. 

El miedo a perder en los dos choques decisivos ante Chile generó un retroceso importante en cuanto a la idea de juego, a los conceptos que se habían asentado en ambos torneos hasta el momento de jugar las finales. Claro que la culpa no es enteramente del entrenador, que los jugadores pusieron también lo suyo, pero también es igual de cierto que en esta final hubieron dos errores que marcaron a fuego al Tata: el colocar en el campo de juego a Di María, Biglia y Banega cuando estaban lesionados y apenas si podían moverse y el no realizar ni a tiempo ni de manera correcta las variantes tácticas y físicas después de la expulsión de Marcos Rojo.

Algo similar sucedió en aquel choque en el Estadio Nacional, pero no tuvo tanto que ver con las variantes ni con el equipo que plantó en el campo de juego sino más bien en haberse colocado sin necesidad alguna en una posición de inferioridad total. Durante los 240 minutos que disputaron en este año y medio Chile y Argentina, el cuadro trasandino solo se sintió incómodo y al borde del abismo durante 25' y se le puede sumar ese minuto fatal en el que Lavezzi habilitó mal a Higuaín y el Pipita por estar lejos de la pelota no pudo definir bien bajo el arco cuando el partido se terminaba en Santiago.

Por un lado, el triunfo de unas convicciones que se vienen sosteniendo en lo teórico y en lo práctico desde 2008 y que han llevado a Chile a ser una de las mejores cinco selecciones del mundo. Por el otro, la derrota de un equipo que de la mano de Gerardo Martino jamás logró asentar ni en el campo de juego ni fuera de este el plan de juego que traía el entrenador bajo el brazo. Nadie duda de la honestidad ni de la capacidad del Tata, pero lo cierto es que en sus últimas dos aventuras muy poco ha sido lo que le salió según lo planificado de antemano. La improvisación y la contradicción fueron los sellos más palpables de sus pasos por el Barcelona y la Argentina. Uno puede dar uno o dos pasos hacia atrás, pero el traicionarse nunca debería estar dentro de las posibles opciones.
































domingo, 26 de junio de 2016

Chocar, admitir, corregir y ¿Triunfar?



Luego de tropezar con sus propias limitaciones y un muy buen rival como el Chile de Jorge Sampaoli en la final de la Copa América disputada en el país trasandino el año pasado, y de protagonizar un comienzo de las Eliminatorias hacia el Mundial de Rusia 2018 más bien complicado - con humillante derrota ante Ecuador en el Monumental como punto de partida-, la Argentina dirigida por Gerardo Martino ha logrado enderezar el rumbo por sobre todo en lo referido a los resultados

¿Por qué remarcar la cuestión de los números por encima de, por ejemplo, el estilo de juego y su posterior ejecución? Porque el ex entrenador de Olimpia, Newell's Old Boys, la selección de Paraguay y el FC Barcelona eligió dejar de lado sus principales lineamientos - que lo acompañaron durante toda su carrera- para privilegiar, dentro de cierta lógica, el resultado inmediato. Las urgencias y las presiones tuvieron mucho que ver y una deslucida pero rocosa victoria por la mínima ante Colombia en Barranquilla, reeditando aquel 3-2 que relanzó la "Era Sabella", fue el paso necesario para escalar posiciones en la tabla y quedar en puestos de clasificación directa al máximo torneo a nivel global.

Si Martino llegó a la Selección Argentina pregonando la posesión mayoritaria, la presión alta constante, el juego posicional al estilo Johan Cryuff/Pep Guardiola, el uso de las bandas como herramienta y no como fin, la prohibición de los pelotazos frontales sin destino, el juego en corto y al ras del piso con el portero como un jugador de campo más y demás elementos del repertorio ya conocido por quienes seguimos su trayectoria en estos años, lo cierto es que muy pocas veces su equipo pudo poner en práctica algo siquiera cercano a ello. Algunos dirán que no hay tanto tiempo para trabajar, que es difícil con tantos jugadores de renombre y demás argumentos que se vienen escuchando en loop hace ya demasiado tiempo por nuestros pagos. Pero lo cierto es que en la pasada Copa América disputada en Chile hubieron dos encuentros - contra rivales muy diferentes- que mostraron la idea de Martino en su punto máximo de cocción. Dio la casualidad que se trató de los choques de Cuartos de Final y Semifinales, pasos previos a un duelo decisivo contra en anfitrión del cual ya hablaremos un poco más adelante.




Regresando a dichos partidos contra Colombia y Paraguay, hay que resaltar lo bien que jugó la Selección Argentina en ambos. Los resultados fueron positivos pero los caminos opuestos, pues en el caso del equipo de José Néstor Pekerman se debió llegar hasta los penales a pesar de haber dominado de una manera abrumadora y de haber desperdiciado más de diez ocasiones netas de gol. David Ospina atajó absolutamente todo excepto un penalti y los jugadores del cuadro argentino pudieron desatar la locura en la clásica carrera desde el mediocampo hasta el área. Mientras que el duelo ante un Paraguay dirigido en ese entonces por Ramón Díaz se resolvió con una notable facilidad y eficacia, finalizando el marcador en un contundente 6-1 en favor de los argentinos.

Para el primero de estos dos encuentros, Gerardo Martino utilizó el siguiente once: Romero; Zabaleta, Garay, Otamendi, Rojo; Biglia, Mascherano, Pastore; Messi, Agüero y Di María. Un 4-3-3 en los papeles pero que al iniciar el encuentro se convertía siempre en un híbrido entre un 4-2-1-3, con Pastore como enlace clásico y el doble pivote compuesto por Biglia y Mascherano, y un 4-2-3-1 con Messi y Di María comenzando unos metros más atrás y dejando a Sergio Agüero como una referencia más marcada dentro del área. 

Lo que se vio en el partido fue a un equipo decidido y paciente, que combinó el juego de posesión y posiciones móviles con la velocidad de sus tres delanteros para avasallar a una Colombia que no hizo más que trabar el partido en el centro del campo y encomendarse a las manos de su sensacional portero. El recordado ingreso de Cardona en lugar de Teófilo Gutierrez a los pocos minutos de iniciado el encuentro fue la clara evidencia de la superioridad táctica y futbolística de los dirigidos por Gerardo Martino a los que solamente les faltó el gol. 

Javier Pastore y luego Ever Banega demostraron las razones por las que son los mejores socios para Lionel Messi (Fernando Gago en plenitud es el otro, pues son un cuarteto que habla el mismo idioma con la pelota en los pies) y los elogios llegaron más allá de que se tuvo que esperar al intercambio de penales para definir el pase a las Semifinales. Luego de una primera fase más bien lastimosa en el juego (con el primer tiempo ante Paraguay como única perla) y con una espeluznante carencia de goles, los engranajes parecían estar de una vez por todas cada uno en su lugar y aceitados a la perfección. Un festival de toque, presión, rotaciones posicionales y voracidad ofensiva había disminuido a Colombia a un rival de segunda o tercera categoría y dejaba a la Argentina lista para dar el zarpazo ante los paraguayos.




Si la falta de eficacia era lo que más se le criticaba a la Argentina hasta la semifinal que la enfrentó contra Paraguay, esa deuda quedó saldada a pura potencia y velocidad. Poco importó que el cuadro guaraní llegase de eliminar a Brasil en un extraño partido de Cuartos de Final, pues antes de la primera media hora, Marcos Rojo y Javier Pastore habían adelantado al cuadro argentino que luego - tras un innecesario susto en los pies de Lucas Barrios para colocar el 1-2 parcial- con un doblete de Ángel Di María y dos goles a cargo de Gonzalo Higuaín y Sergio Agüero redondearía un 6-1 que lo depositó por segundo torneo consecutivo en el partido decisivo.

La formación que saltó al campo de juego esa noche fue la misma que en el choque previo y demostró que lo exhibido ante Colombia no había sido una casualidad. El 4-3-3 funcionó a pleno en sus dos desdoblamientos, tanto con Pastore como volante por derecha como con el creativo del PSG como enlace. Lo mismo aplica para la función de Messi, que alternó entre la banda derecha - como juega en el Barcelona desde la salida de Pep Guardiola- y una posición mucho más centralizada para crear juego junto a Pastore. Di María fue una flecha implacable e indetectable, imposible de detener, mientras que Agüero jugó un gran partido dentro y fuera del área para someter de manera incesante a un rival que parecía complicado pero que se vio completamente superado en todas las áreas del juego.




Para hablar de aquella final, de la segunda frustración en fila para una gran generación de futbolistas argentinos, hay que entender el contexto. Con Chile completamente revolucionado y enfervorizado gracias a un equipo que había cumplido con creces todas las expectativas generadas, la Argentina tenía el deber de plantar su bandera en un choque de estilos que tenían tantos puntos en común - posesión, armado paciente del juego, uso de los laterales como volantes, juego al ras del piso, la presencia del enlace, el ataque con más de 6 jugadores, etc.- como varias divergencias, entendiéndose estas como detalles (Chile más vertical, más directo, por ejemplo) que convertían a los dos equipos en algo que, en terminología de James Bond, podía ser batido pero no revuelto en un mismo vaso.

Sorpresivamente, la Argentina eligió un enfoque más bien conservador para salir a jugar este partido. Plantando un 4-2-3-1 bien marcado, nunca buscó hacerse dueño de la pelota, adoptando una postura que hubiese sido más normal ver en Chile que en el cuadro de Gerardo Martino. Los pupilos de Jorge Sampaoli, tal cual en cada partido del torneo, respetaron el estilo que les había hecho ganarse el respeto del mundo y presionaron de manera incesante a su rival en el centro del campo. Esto provocó que los volantes argentinos perdiesen la referencia y que no lograsen capturar la segunda pelota, ya que en cada cruce se encontraron en una inferioridad numérica escandalosa.

En lo referido a las ocasiones netas de gol, ambos lados tuvieron sus oportunidades apenas iniciado el partido. La Argentina con un disparo de Di María que se marchó apenas desviado y una gran jugada de Messi que Agüero nunca llegó a rematar, mientras que Chile hizo lo propio con un gran centro de Isla que fue rechazado a tiempo por Otamendi y una gran jugada individual de Alexis Sánchez que Aranguiz en lugar de aprovechar terminó desperdiciando con un innecesario pase cuando se encontraba en posición de remate.

Con Pastore muy bien - y mucho más que Messi, por ejemplo- marcado, el cuadro argentino comenzó a verse en apuros a la hora de generar juego. Una volea de Vidal estremeció al banco nacional pero Romero mostró sus credenciales con una buena tapada para sostener el cero en su valla. La réplica llegó de inmediato con un Messi infernal que envió un centro notable al primer palo para que Agüero convirtiese el primer gol de la tarde, pero Bravo desde una distancia imposible le ahogó el grito al delantero del Manchester City.

La salida de Di María por lesión complicó los planes, pero Ezequiel Lavezzi demostró la razón por la cual se encuentra en cada convocatoria sin importar su actualidad a nivel de clubes. Con un perfil un poco más defensivo que el del hoy extremo del Paris Saint Germain, el Pocho se las ingenió para complicar al local en una gran combinación con Pastore que terminó en manos de un muy atento Bravo. Los de Sampaoli cerraron la primera parte con un claro dominio, forzando a la Argentina a jugar al contragolpe con Messi y Lavezzi, y con una oportunidad clara en los pies de Alexis Sánchez que fue controlada por Romero con dificultad.

El segundo tiempo encontró a la Argentina confundida y solo obteniendo aire en los momentos de descanso chileno. Vidal creció y logró romper a la defensa argentina a pura velocidad y talento, asociándose con un incansable Alexis Sánchez para sostener un ritmo digno de once jugadores con más de un par de pulmones. Los ingresos de Higuaín y Banega por Agüero y Pastore no ayudaron a cambiar el panorama general, teniendo el local en las botas de Sánchez una vez más el triunfo, pero la pelota se marchó apenas desviada rozando el parante derecho tras una excelente volea del delantero del Arsenal.

Tras una jugada dudosa en la que pareció que un jugador de Chile le cometía penal a Marcos Rojo en un lanzamiento de esquina, llegó la oportunidad del final. Y fue para la Argentina: Messi rompió líneas a pura velocidad, solo como él sabe hacerlo, abrió a la perfección para Lavezzi, este decidió cruzar la pelota en lugar de rematar a portería y por el otro lado Gonzalo Higuaín llegó apenas tarde para empujar el - MAL y a las apuradas- pase, quedando el balón en el lado externo de la red ante la mirada de todo un estadio completamente paralizado.

El primer tiempo adicional mostró a la Argentina con mayor posesión pero sin capacidad de lastimar al equipo de Sampaoli, que tuvo una gran oportunidad sobre el cierre con el ingreso de Sánchez en soledad por el centro del área. Zabaleta logró bloquear el envío a tiempo y los de Martino vivieron para jugar quince minutos más con chances de ganar el encuentro. Los 15' restantes no mostraron nada positivo, con los dos equipos agotados y apostando al error del contrario, algo que no sucedió.

Los penales comenzaron con dos remates impecables de Matías Fernández y Lionel Messi. Vidal cumplió con su labor con algunas dudas y luego Higuaín envió el esférico a la estratósfera con un pésimo remate. Aranguiz pateó a la perfección su penal y Banega le regaló el disparo a Claudio Bravo con un intento demasiado previsible. Alexis Sánchez fusiló a Romero en el cuarto disparo para Chile y decretó el 4-1 final que puso por segunda vez en menos de un año de rodillas a la Argentina en una gran final.




El presente encuentra a la Argentina en un lugar mucho más diferente y bastante más honesto que en aquella turbulenta noche chilena. Tras caer con Ecuador en el Monumental por 0-2 en una lastimosa performance e igualar 0-0 en Asunción con la débil Paraguay en una peor presentación, la recuperación comenzó con un buen primer tiempo ante Brasil jugando como local, en un partido que terminaría en un decepcionante empate en un gol. La ya mencionada victoria rocosa y eficiente ante una disminuida Colombia en Barranquilla y el 2-1 ante Chile (con el regreso de Lionel Messi tras una lesión) en el Estadio Nacional, en un partido donde no se jugó mejor que los campeones de América pero en el que se pudieron exorcizar algunos demonios, lograron rescatar al navío de un hundimiento que estaba a punto de consumarse.

El 2-0 ante Bolivia, el peor equipo del continente - y tal vez de los peores del mundo-, lejos del Monumental, fue el último partido por Eliminatorias que disputó la Argentina antes de comenzar su preparación de cara a la Copa América Centenario. Mucho cambió desde esa calurosa tarde en Barranquilla, siendo lo más relevante el viraje práctico - no discursivo, algo extraño pues las palabras deben acompañar a las acciones siempre- que dio el entrenador con respecto a los inicios de su ciclo como seleccionador del cuadro nacional.

La idea de juego ya explicada en los primeros párrafos mutó en un híbrido extraño pero eficaz: el equipo se para siempre con un 4-2-3-1, buscando no dejar solo a Mascherano - o a quien sea el mediocentro- a la hora de la recuperación y el retroceso, colocando a un volante creativo a su lado. Messi juega en una posición mucho más centralizada y Di María (con Lavezzi y Lamela como variantes) y Nicolás Gaitán (con Augusto Fernández como recambio) juegan como exteriores un poco más retrasados, dejando lugar para un solo delantero punta dentro del equipo, lugar que hoy se ha ganado nuevamente Gonzalo Higuaín.

El uso de los laterales, que son Marcos Rojo y Gabriel Mercado hace ya varios partidos, se ha convertido en una de sus armas principales. La elaboración de juego y las posesiones largas aparecen a cuentagotas y se encuentran en un punto alto, aunque no por ello son usadas en cada momento del partido. La actitud de esperar con las líneas juntas en el centro del campo y de jugar al espacio vacío con la velocidad - lógica pura- de sus delanteros es lo que predomina, siendo los choques de esta Copa América Centenario contra Chile y Venezuela un claro ejemplo de esta nueva/vieja tendencia en el cuadro argentino.

Claro que esto ha traído problemas, ya que tanto el equipo de Juan Antonio Pizzi como el de Dudamel supieron complicar mucho a una defensa que sigue sin hacer pie cuando debe reorganizarse en velocidad. Los principales errores provienen de los intentos obstinados por salir jugando al ras del piso en las situaciones más insólitas, siendo la ocasión de Alexis Sánchez que salvó Romero en el primer partido del torneo una pieza de evidencia muy concreta.

Aún así, y sin hacer hincapié en que la mayoría de sus rivales no estuvieron ni estarán a la altura individual, histórica y colectiva suya, lo cierto es que la Argentina llega a su segunda final consecutiva contra Chile luego de haber realizado su mejor actuación en lo que va del torneo. Ante los Estados Unidos de Jürgen Klinsmann se vio a un equipo compacto a la hora de marcar, cuyos tres volantes centrales mantuvieron posición y presión contínua en el círculo central. El enlace desapareció formalmente, quedando la función creativa en Messi y Banega, que brillaron tanto en conjunto como por separado, con unos Lavezzi e Higuaín afilados y muy atentos para mantener el peligro latente durante todo el partido.

El 4-3-3 pudo ser ejecutado a la perfección por primera vez desde que llegó Martino y no se debió a la posesión del balón sino a esa máxima que entrenadores como Rinus Michels, Johan Cryuff y Pep Guardiola erigieron como columna vertebral de sus equipos: cada vez que se pierde la pelota, todos deben correr a recuperarla de inmediato para volver a lanzar un nuevo ataque. Si el interesante cuadro norteamericano no pudo llevar adelante su plan, se debió al excelente trabajo argentino en todas las zonas del campo de juego, a que por una vez fue un equipo insoportable para su contrincante con y sin la pelota.

Tal vez eso sea lo que le faltó a la Selección Argentina en la final del año pasado ante Chile para llevarse el trofeo, pero es imposible saberlo al día de hoy. En pocas horas, ambas selecciones - con prácticamente las mismas caras pero con muchos retoques tácticos y futbolísticos- se verán las caras de nuevo para definir al campeón de esta edición aniversario - por ende no válida, ergo Chile defenderá su título en el 2019 y jugará la Copa Confederaciones en el 2017- de la Copa América. Será un duelo muy interesante en el que el éxito no está asegurado de entrada para ninguno de los dos lados, pero donde una vez más la Argentina llega como favorita cuasi absoluta a pesar de que La Roja viene de hilvanar tres convincentes y sensacionales victorias ante Panamá, México - el gran cuco del torneo, el "Tricelona" según muchos que hablan antes de tiempo- y una peligrosa y talentosa Colombia.




Para finalizar, no hay que dejar afuera de la ecuación a un Lionel Messi que tal cual en Brasil 2014 y en Chile 2015 se encuentra en estado de gracia tanto físico como futbolístico y con muchas ganas de alzar su primer (y merecido) trofeo con la camiseta celeste y blanca. Su participación en el torneo, al que llegó con un golpe en la espalda, fue de menor a mayor en cuanto a minutos pero siempre rindió más que a pleno, demostrando por qué es el mejor jugador del mundo hace ya varios años y dejando todas sus credenciales para ser más que uno de los grandes de la historia.

Contra Chile no tuvo minutos pero miró desde afuera con mucha satisfacción una buena victoria por 2-1. Ante Panamá le alcanzó media hora - en realidad 18 minutos- para romper un partido aburrido y con destino de 1-0 de la mano de un Hat-Trick fenomenal y una asistencia mágica para redondear un 5-0 que ilusionó a todos. Bolivia fue apenas un trámite y Lio ingresó otros 30 minutos para afianzar el físico, recibiendo una gran cantidad de golpes que no le borraron la sonrisa a pesar de no haber podido convertir un gol.

Los Cuartos de Final enfrentaron a la Argentina con Venezuela y allí Messi salió como titular, brillando a su manera: sin involucrarse en todas las jugadas, pero siempre deambulando en tres cuartos de campo tal como lo hacía en el Barcelona de Guardiola, a la espera de esa jugada para quebrar todos los parámetros. Una asistencia impresionante para Higuaín ayudó a calmar los nervios del inicio y una sutil definición por debajo de las piernas del arquero le permitió alcanzar los 53 goles de Batistuta con la casaca nacional. Se puso el overol cuando las papas quemaron y luego se sumó a la fiesta que terminaría con un 4-1 en favor de la Argentina, ya lejos de las tapadas milagrosas de Romero y de los palos que evitaron los goles de Rondón.

Y ante los Estados Unidos, Messi no hizo más que seguir jugando a un nivel espeluznante. Un golazo de tiro libre, de esos que nos regala seguido a cada fin de semana y que solo Diego Maradona podía lanzar, pintó una sonrisa en todos los argentinos que amamos al fútbol. Antes había dado otro pase mágico para que Lavezzi abriese el marcador y en la cuarta anotación le entregó a Higuaín el doblete luego de una jugada con su sello por la izquierda.




Con las cartas echadas sobre la mesa, no resta más que esperar a la llegada del encuentro. Allí se verá si los cambios introducidos por Gerardo Martino y los mismos jugadores son fructíferos y si pueden darle un título a la Argentina. Uno que es esquivo desde aquella lejana Copa América 1993 disputada en Ecuador, trofeo que inició una mala racha de 23 años que se espera pueda ser hecha trizas en la cálida noche de Nueva Jersey.





*Rodrigo López Vázquez (@RodrigoLVazquez)

















martes, 10 de mayo de 2016

In Pep We Trust



Luego de la ajustada e inmerecida eliminación de su Bayern Munich ante el Atlético de Madrid en las semifinales de la UEFA Champions League, los críticos de siempre - esos que viven escondidos bajo las piedras esperando la derrota para escupir su veneno- decidieron salir a la luz y comenzar el habitual intento de demolición del ex entrenador del FC Barcelona. Todos ellos, que pregonan la filosofía de "ganar como sea" y que consideran que lo que plantea Josep Guardiola es incorrecto al cien por cien, suelen olvidar todo lo que este entrenador - el mejor de las últimas dos décadas junto a Johan Cryuff- ha ganado en apenas ocho años detrás de la línea de cal. Por ello, siempre es bueno dar un repaso a lo que han sido sus dos revoluciones, los frutos que estas entregaron y una mirada hacia su futuro en la Barclays Premier League como entrenador del Manchester City.

miércoles, 4 de mayo de 2016

Choque de Clanes



Y un día iba a suceder: la segunda semifinal de la Champions League 2015/16 enfrentó al Bayern Munich de Pep Guardiola con el Atlético de Madrid de Diego Pablo Simeone. Un doble duelo de estilos contrapuestos, con poco en común, pero liderados por dos entrenadores notables, que a puro trabajo y capacidad de convencimiento han logrado ser los mejores en lo suyo. Dejando de lado las preferencias personales, era imposible no estar magnetizado por estos dos encuentros que se disputaron en unos Vicente Calderón y Allianz Arena repletos. En el marcador global, resultado fue favorable al cuadro local, pero lo cierto es que fue el gol de visitante el que llevó al Atlético de Madrid a su segunda final en tres temporadas. Dos partidos sensacionales, llenos de emoción y de angustia, una victoria por lado pero con un solo ganador.

miércoles, 23 de marzo de 2016

Pellegrini, Caballero y la palabra



Creo que son pocas personas las que pueden dudar de la idoneidad y jerarquía del chileno Manuel Pellegrini como entrenador. Su carrera es exitosa como pocas, no solo en lo referido a los títulos sino también en lo enfocado en el estilo de juego y el desarrollo de jóvenes promesas en cada uno de los clubes en los que trabajó. Su importante palmares como director técnico, Pellegrini habla por sí solo: 1 Copa de Chile (Universidad Católica), 1 Serie A de Ecuador (LDU), 2 torneos clausura en Argentina (River Plate y San Lorenzo de Almagro) y con el Manchester City ha ganado 2 copas de la liga y una Premier League en el plano nacional y 1 Copa Interamericana (Universidad Católica), 1 Copa Mercosur (San Lorenzo de Almagro) y 1 Copa Intertoto de la UEFA (Villarreal CF). Pero hay algo que está por encima del bronce y que es mucho más relevante a la hora de comprender la importancia que tiene Pellegrini dentro del fútbol.