Todos recordamos aquel sensacional comienzo del ciclo de Marcelo Gallardo al frente del Club Atlético River Plate. Tras un mal primer paso contra Gimnasia de La Plata, donde el equipo jugó igual de mal que con Ramón Díaz pero sufriendo un empate en el minuto final - y hasta casi perdiéndolo, de no haber sido por la mala puntería del rival-, el entrenador supo que debía cambiar el rumbo velozmente. Antes de seguir adelante, repasemos aquella primera formación: Barovero; Mercado, Maidana, Funes Mori, Vangioni; Sánchez, Ponzio, Ferreyra: Pisculichi; Driussi y Boyé. La idea en lo referido a lo táctico estaba allí pero las conclusiones que había dejado aquella experiencia inicial no fueron buenas: poco juego asociado, muchos pelotazos, vértigo excesivo, dependencia de lo que hiciesen Mora y Teo (cuando ingresaron) y un mediocampo flojo tanto en la generación de juego como en la contención (algo que desordenó a la defensa y la convirtió en un caos).
Así fue como Gallardo, sin más espalda que su condición de ídolo del club, tomó su primera decisión fuerte: dejar afuera a un muy lento e impreciso Leonardo Ponzio y darle el centro del mediocampo a Matías Kranevitter. A sus costados mantuvo a Carlos Sánchez y agregó a Ariel Rojas (que tras ese debut fallido en La Plata, donde fue suplente del nefasto negocio de Ramon Díaz llamado Osmar Ferreyra, nunca más salió del equipo), ambos esenciales tanto para el ataque como para el retroceso. Delante de esta línea de tres volantes mixtos, colocó a Leonardo Pisculichi como enganche para que con sus espaldas bien cubiertas pueda tener libertad para generar juego y conectarse con los delanteros. Sí, se arriesgó a utilizarlo en esa posición tan demonizada en nuestro país y en casi todo el mundo - salvo en pequeños reductos donde aún se aprecia el fútbol-, algo que sorprendió para bien pues tan solo Boca Juniors usaba un enlace en su equipo. El ataque fue el ante-último paso, uno compuesto inicialmente por los juveniles Driussi y Boyé - de los que Gallardo esperaba velocidad y goles para bancar su idea de que las inferiores eran la clave del futuro-, pero que velozmente pasó a ser ocupado por el recuperado Rodrigo Mora, que se acomodó muy bien tras haber sido inexplicablemente ninguneado y destruido psicológicamente por el anterior DT, y el tan talentoso como irregular Teófilo Gutierrez. Su trabajo culminó con la defensa, que era la mayor de las dudas más allá de poseer dos certezas como Mercado y Vangioni en los laterales y una dupla central compuesta por Jonathan Maidana y Ramiro Funes Mori que venía con cierto rodaje - aunque sin actuaciones rutilantes-. Este último ya no era más un resistido por la tribuna del Monumental, merced de una ganancia en el área de la confianza luego de aquel famoso gol contra Boca Juniors en la Bombonera que le dió una victoria agónica y decisiva a un equipo que terminaría siendo campeón por primera vez desde su regreso del Nacional B.
Pero volvamos un poco hacia atrás y aclaremos una cuestión al respecto de ese equipo de Ramón Díaz: ese campeonato no llegó porque el equipo jugase mejor que sus rivales. Es más, rondando la mitad del campeonato quedaba claro que estaba muy afuera de la pelea tras varias derrotas consecutivas que pusieron en duda la continuidad del riojano. Pero la irregularidad de todos los que peleaban el título - Boca, San Lorenzo y Lanus sobre todo-, que se sumieron en una seguidilla de empates y derrotas, le permitieron a los de Nuñez retomar el buen camino con triunfos tan ajustados como necesarios. El 2-1 contra el eterno rival en su casa marcó un antes y un después para un River que tras dos temporadas de humillaciones - primero en la segunda categoría y luego penando en la primera con Matías Almeyda como entrenador- pudo volver al triunfo en el plano local y empezar a dejar atrás los fantasmas. La performance en Copa Sudamericana no fue buena en ese año, pero se logró la tan añorada clasificación a la Copa Libertadores. Llegó el parate previo a la Copa Mundial de Brasil 2014 y el riojano - siempre en conflicto con la dirigencia- dió el portazo en el peor momento posible. O así lo creyó una gran mayoría de hinchas de River Plate, porque la realidad demostró que Díaz involuntariamente le hizo un enorme favor al club que él dice amar con todo su corazón.
Luego del tropezón contra Gimnasia, todo fue fiesta. O al menos así lo fue hasta el 4-1 contra Independiente en el Monumental donde Matías Kranevitter sufrió una lesión que lo marginó por más de 3 meses de las canchas. Pero hasta ese partido, el River de Gallardo mostró cosas que hace tiempo no se veían - todas juntas y bien combinadas- en el fútbol argentino: salida prolija por abajo desde el arquero; presión alta constante con los centrales adelantados; juego siempre por abajo y sin pelotazos; triangulaciones en todo el campo de juego; toque corto y preciso en velocidad que permitió transiciones rápidas al ataque; uso eficaz de las bandas con tándems entre el lateral y el volante exterior; armado paciente hasta el mediocampo y explosión por los costados de allí en adelante; rotaciones posicionales (más que nada en el medio) que le dieron mayor volumen en todos los sectores del campo de juego; inteligencia para, con el juego de posesión total, hacer salir a los centrales y generar huecos; ocupación eficiente de los espacios a la hora de defender (lo cual maquilló ciertos horrores de la línea de fondo). Detalles muy bien trabajados por Gallardo que hicieron al todo, uno que entusiasmó porque tenía dos principios que parecían inamovibles: la tenencia y buen trato de la pelota y la vocación ofensiva permanente.
El problema comenzó de allí en adelante, pues sin ese eje en el que se había convertido Kranevitter, Gallardo tuvo que recurrir a un Ponzio que además de no poseer ni la marca, ni la velocidad - mental y física-, ni el exquisito pie del jugador que ya es propiedad del Atlético de Madrid, necesita de mucha ayuda para que el mediocampo no se convierta en zona franca para cualquier rival. Hasta el final del torneo, el equipo sufrió una drástica transformación que solo conservó retazos de esa primera excelente y revolucionaria impresión. Buscó jugar siempre por abajo y atacar cada vez que era posible, pero el esquema mutó de uno dinámico a otro más rígido, con Sánchez y Rojas más preocupados por la marca que por el juego. Las bandas dejaron de ser solo un recurso y pasaron a ser el fin, entregándose River a un vértigo insoportable que lo hacía similar a equipos como Lanus que confunden jugar bien con correr con la cabeza agachada por los costados y tirar centros sin parar. Más allá de esto, los dirigidos por Gallardo sostuvieron sus chances en el campeonato por el buen nivel de sus delanteros, de Pisculichi y de sus dos volantes exteriores que en un gran sacrificio lograron que la ausencia de Kranevitter en el aspecto defensivo se sienta menos. Pero la seguidilla interminable de empates fue contundente, el equipo ya no jugaba bien pero conservaba eso que los medios y - sorpresivamente- el propio entrenador comenzaron a poner delante de todo lo demás: el carácter. Se multiplicaron los titulares y líneas de medios deportivos hablando de como River había puesto actitud para poder empatar o ganar tal o cual partido. Se dejó de hablar del juego y el torneo se terminó escapando en un partido en el que paradójicamente, River jugó mucho mejor que su rival - y luego campeón- Racing, pero por haber alineado una formación llena de suplentes y juveniles no pudo lastimarlo y llevarse tres puntos que lo habrían dejado en la punta del torneo a falta de dos fechas para su finalización. Lo demás lo conocemos todos: el equipo de Cocca aprovechó ese favor de su colega y con dos victorias en las fechas siguientes cerró un campeonato que había tenido en la cima al equipo de la banda roja durante casi todas sus fechas.
¿Por qué Marcelo Gallardo tomó semejante decisión? En esa respuesta está el otro eje de esta larga reflexión: tan solo cinco días más tarde, se enfrentaba a Boca Juniors en el Monumental por el partido de vuelta de la serie de Semifinales de la Copa Sudamericana. El primer partido había terminado en una igualdad sin goles, siendo el equipo de Arruabarrena el que contó con mayores chances de gol pero el de Gallardo el más sólido y lleno de presencia. También de jugo brusco, de violencia planificada que superó todo tipo de límite, no sancionada por un árbitro que debió expulsar a Ponzio como mínimo 3 veces pero apenas si lo amonestó. Y ese es solamente un caso de los varios que hubo, pero lo cierto es que a las patadas y con mucha intensidad, River pasó por encima a Boca en el mediocampo - eje de la batalla-. El Muñeco pensó el partido como una guerra, como un desafío que había que sortear para poder terminar con la maldición frente al Xeneize en el plano internacional y conseguir espaldas anchas de cara al futuro. Justamente en esos dos partidos fue donde el entrenador encontró un estilo de juego nuevo, casi inverso al que lo había hecho llevarse todos los elogios a comienzos de temporada, pero que le proveyó la misma - y mayor también- cantidad de éxitos en el plano deportivo. Un 4-4-2 luchador, con Pisculichi haciendo las veces de escudo para Ponzio en el retroceso y con Mora sumándose a la línea de contención siempre. Verticalidad pura, posesión parcial, juego eficaz por los costados, ráfagas de buen juego con triangulaciones en velocidad por los costados y un 1-0 global que los depositó en una Final que ganarían con autoridad - y vaivenes- ante un Nacional de Medellín vistoso, agresivo y dominante de a ratos en los dos partidos, pero demasiado tibio en los momentos decisivos.
La espina internacional estaba comenzando a ser extraída del pie, mérito de un entrenador que con un plantel muy corto y carente de figuras rutilantes logró lo imposible - ese inicio fenomenal- y luego supo dar el volantazo sobre la marcha. Alguien podría decir que traicionó ese discurso que al día de hoy sigue teniendo, pero lo cierto es que de una forma u otra este River modelo Gallardo número dos. compensó varias ausencias y el cansancio por la doble competencia con éxito e inteligencia durante ese primer tramo. Las críticas al director técnico se volvieron palabra prohibida entre los hinchas, así como varios medios acallaron varias voces que hacía tiempo alertaban acerca de lo nocivo que podía ser este inesperado cambio de prioridades en el estilo del equipo.
Lo que siguió fue la conquista de la Recopa Sudamericana ante un tibio y defensivo San Lorenzo, que cuando lo atacó en ambos partidos le generó mucho peligro, pero sin suerte ni puntería. Gallardo sumó así su segundo título internacional en pocos meses y terminó de tallar su nombre en la historia de River Plate. El estilo de juego no varió en absoluto, se mantuvo el doble cinco aún con el regreso de Matías Kranevitter, no tanto por el nivel de Ponzio - que siguió siendo malo, pero maquillado con su habitual "entrega"- sino por una cuestión más relacionada con la mística generada en la Copa Sudamericana. Llegó así un nuevo torneo local y la aventura de la Copa Libertadores, dos caminos que comenzaron muy mal pero que de a poco se fueron corrigiendo a base de buenos rendimientos individuales, la jerarquía obtenida en el ciclo y mucha solidaridad a nivel colectivo que sostuvieron a River en la triple competencia hasta el freno por la Copa América. Los errores siguieron presentes, pero todos tenían en claro- hasta los mismos jugadores y el cuerpo técnico- que el muy buen fútbol de esos tan lejanos comienzos ya no existía. El cuerpo técnico y los jugadores habían cambiado la mentalidad y se habían ajustado a la táctica y el estilo que mejor les quedaba. Pisculichi fue desapareciendo tras varias actuaciones olvidables y el doble comando se consolidó, sobre todo por el muy buen nivel de Ariel Rojas, Carlos Sánchez y Rodrigo Mora, indispensables para evitar que el equipo en cada retroceso se quebrase en mil pedazos y claves a la hora de atacar con velocidad y voracidad.
La primera fase de la Copa Libertadores dibujó una parábola inversa para River Plate y para Boca Juniors, que renovado con la llegada de Daniel Osvaldo a préstamo por 6 meses, hizo una campaña histórica ganando sus seis partidos de forma aplastante quedando como el mejor primero de cara a Octavos de Final. Los dirigidos por Gallardo, en cambio, clasificaron milagrosamente - en un grupo simple pero que vió una de sus peores caras en lo que refiere al juego- luego de que entre Teo Gutierrez, Mora y la defensa del Tigres de México le regalasen un empate a 5 minutos del final en Monterrey luego de ir ganando 2-0 durante casi todo el partido. El choque entre el Juan Aurich y el equipo mexicano definió la suerte del Millonario que vió como un Tigres combinado (por estar clasificado) pudo vencer con dificultades al conjunto peruano en la altura. Más allá de las diferencias en los recorridos, el resultado final fue el mismo que unos meses atrás en el segundo torneo más importante de Sudamérica: mejor primero y peor clasificado, choque directo en Octavos de Final y la historia que se repitió: con un esquema ultra agresivo (en el mejor y el peor de los sentidos), basado en convertir el mediocampo en una zona de guerra, River Plate se dió el gusto de eliminar a su eterno rival del torneo continental más importante. Gallardo volvió a vencer a Arruabarrena en la guerra táctica, pensando en ganar el partido antes que en la filosofía de juego, más allá del juego violento que los dos árbitros permitieron en los 135' que se jugaron en total. El Panadero, el gas pimienta, los intereses de la CONMEBOL, el rol de los barras en los clubes, los dos planteles y entrenadores tratando de sacar ventaja a como de lugar, el show de D'Onófrio, la vergüenza de los plateístas de Boca que no dejaban salir al plantel de River tirándole todo lo que tuviesen a mano, el nefasto saludo del plantel de Boca a La 12 con Orión a la cabeza y demás escenas nefastas de aquel partido trunco en la Bombonera determinaron que el conjunto de Nuñez clasificase directamente a Cuartos de Final quedando Boca descalificado por los incidentes y agresiones a los jugadores. Lo cierto era que en el tiempo que se había jugado, River había superado con claridad - nuevamente, la batalla del mediocampo había sido entendida por Gallardo y no por Arruabarrena- a un Boca tibio que apenas si encontró garra y juego en un Osvaldo muy aislado. Un título que se hubiese amoldado a la perfección a ambos partidos hubiese sido: "River se llevó puesto a Boca a pura actitud y jerarquía".
Repitamos los conceptos clave de este River pos victoria con Independiente antes de continuar: Dos líneas de cuatro bien apretadas en el mediocampo; Transiciones rápidas al ataque, sin perder tiempo a la hora de elaborar, evitando los traslados largos; Presión alta constante de los volantes y delanteros; Volumen total en el círculo central, sumando a los laterales a la marca; Dos volantes centrales: uno de marca y otro mixto para enlazar volantes y delanteros; Dos delanteros: un punta estacionado arriba y otro jugando como mediapunta suelto delante del área; Los volantes exteriores bien abiertos con obligaciones claras en el retroceso; Salida limpia desde abajo cuando era posible, si no jugar en largo; Búsqueda de circulación del balón y dinámica posicional cuando los espacios no surgían.
Claramente, era un nuevo River, uno que no se parecía en nada al de los orígenes de este proyecto ganador y renovador para el club, pero que en base a éxitos y a haber aprendido como jugar los mano a mano en las copas, maquillaba los errores y lograba imponerse a todos los que se le pusiesen adelante como una locomotora a máxima velocidad sin frenos pero con el rumbo definido. La gran victoria por Cuartos de Final como visitante ante el Cruzeiro, luego de una apática actuación en el Monumental en la ida - primer partido luego de los incidentes con Boca y los mil cruces mediáticos posteriores-, fue un bálsamo para Gallardo: un partido jugado como en los primeros pasos del ciclo, con vocación ofensiva, gran manejo de la pelota, mucha dinámica posicional, rendimientos individuales sobresalientes (el mejor partido de Teo Gutierrez en toda su estadía en el club de Nuñez) y la prueba de que se puede salir a atacar y jugar con convencimiento en Brasil. Sánchez, Maidana, Funes Mori y Rojas confirmaron que no podían faltar en el equipo y Gallardo acertó con el planteo táctico, que consistió en ser bien compactos para defender y muy flexibles a la hora de atacar. La solidez del mediocampo y de la defensa y la eficacia en cada uno de sus muchos ataques, hicieron el resto y River volvió a las Semifinales de la Copa Libertadores después de más de una década de vivir a la sombra de Boca Juniors. También era un cuco menos para River, que en los 90' había sufrido mucho contra este equipo que, hay que remarcarlo, hace mucho tiempo no es ese que supo ser. Se disminuyó al máximo a un rival mediocre, emblema del estado actual del fútbol brasileño donde prima lo físico por sobre el juego, no mucho más. Pero sin dudas que era un paso adelante para regresar a lo que había colocado la vara tan alta en lo que refiere a la exigencia.
De inmediato, llegó la Copa América en una secuencia idéntica a la del año anterior. En el medio, River presentó a sus refuerzos: Pablo Aimar - que jugaría un par de partidos y se retiraría por temas físicos-, Javier Saviola - que volvió cuando vió el calendario y la chance de la copa, pero en un nivel muy bajo hacia ya demasiado tiempo-, Tabaré Viudez - el mejor de los refuerzos, velocidad y categoría, una obsesión de Gallardo-, Luis González - otro que regresaba para llenarse de gloria en el corto plazo, con la incógnita de lo físico-, Nicolás Bertolo - otra fija mental para Gallardo, con un rendimiento parejo en Banfield jugando por las bandas- y Lucas Alario - el mejor proyecto de nueve punta del país-. El objetivo estaba claro y Gallardo, con un plantel corto y varias salidas y lesiones, había logrado tapar las carencias en el juego para dejar al club de sus amores a las puertas de una celebración eterna.
Lo que siguió fue positivo en lo que refiere a los resultados pero muy flojo en el aspecto futbolístico. Gallardo vio como su equipo jugaba mal la serie de Semifinales ante Guaraní de Paraguay, pero hizo valer el músculo y la eficacia que presentó en el Monumental y con un global de 3-1 (2-0 y 1-1) pasó a una Final histórica. Tigres de México, con el gran Gignac como refuerzo estrella, jugó mejor los dos duros partidos pero los centrales de River y Barovero se encargaron de tapar los caminos en la ida en tierras aztecas y bajo una lluvia torrencial que cayó sobre Buenos Aires la noche del 5 de Agosto, el Millonario logró alzarse con la Copa Libertadores basándose en sus pilares ya característicos: la garra, el atacar siempre a pesar de hacerlo sin claridad ni ideas y la eficacia absoluta. Tras la salida de Teo Gutierrez, Alario tardó muy poco en ganarse a los hinchas de River con dos partidos jugados con una presencia y jerarquía digna de un soldado de mil batallas, pero teniendo apenas 23 años. El gol que rompió el hielo en el Monumental fue suficiente para que River se terminase de sacar los nervios de encima y completase una goleada ante un Tigres que atacó y jugó más pero que pecó de conservador pues no acompañó bien a Gignac en ninguno de los dos partidos. La gloria había llegado en forma de un entrenador llamado Marcelo Gallardo, que en apenas un año y monedas había sellado a fuego su nombre en el club - y dos veces, porque como jugador también ganó todo- con la obtención de la Copa Sudamericana, la Copa Libertadores y la Recopa Sudamericana.
Las palabras del Muñeco no pudieron ser más acertadas: "Estos jugadores tuvieron la grandeza como para no relajarse y seguir, incluso cuando las cosas no salían. El equipo siguió trabajando y no resignó la idea. Los jugadores se merecen el lugar que alcanzaron porque siempre levantaron la vara con su nivel de competitividad". Este River y este Gallardo, que comenzaron con el sueño de asimilarse a esa bestia intocable y perfecta que fue el Barcelona de Pep Guardiola, logró todo esto en base a la estrategia de Diego Pablo Simeone, que es la de competir en primer lugar, traccionar cada metro de la cancha, cubrir todo y no dejar respirar al rival, usar la pelota poco y con eficacia. Toda una paradoja teniendo en cuenta el discurso del entrenador, que de a poco se fue amoldando a su realidad y bajando las pretensiones de una manera muy saludable. Superávit total en logros deportivos y déficit creciente en lo que respecta al juego.
El problema llegó luego del viaje a Japón para jugar esa copa comercial llamada Suruga Bank, que levantaron sin problemas - aunque no sin sufrimiento, pues Barovero fue clave por el bajo nivel de la defensa- ante el muy limitado campeón del país anfitrión. El 3-0 sirvió para que un irregular Gonzalo Martínez tome confianza con un verdadero golazo que encaminó el partido y para que el resto de los jugadores festeje su cuarto logro internacional. Hasta ese momento, River gozaba de un 64% de eficacia en el año, con solo dos derrotas - ante Boca por el torneo local y ante el Cruzeiro por la Libertadores- que bruscamente se convirtió en un 33% merced de un rendimiento individual muy flojo y de uno colectivo que no llegó a estar siquiera dentro de los niveles más bajos imaginados por Gallardo. Los primeros partidos fueron dejados de lado, se hablaba de una falta de concentración por el largo viaje y porque el Mundial de Clubes estaba en el horizonte, pero lo cierto fue que el entrenador ya no encontró manera de tapar los errores ¿Las malas? Los recién llegados Bertolo y Saviola jamás rindieron de manera razonable, Lucho González de a poco se fue encontrando pero tardó mucho en la parte física, el Pity Martínez nunca terminó de asentarse y jamás fue reemplazo para Ariel Rojas, Bertolo no ha jugado un solo partido de forma razonable siquiera y la banda izquierda sigue sin dueño, la defensa perdió a Funes Mori - salió al Everton- y a Pezzella - primer recambio- quedando un Maidana que bajó su nivel y un Balanta que nunca lo tuvo, las lesiones obligaron a experimentos extraños - sobre todo la de Vangioni-, Casco no logró ser todo eso que prometía cuando llegó unos días antes del Superclásico, jugadores como Viudez y Mayada se sumieron en una irregularidad preocupante, Barovero dejó de exhibir esa seguridad que hace poco tiempo lo ponía como número puesto para la Argentina, el mediocampo perdió todo tipo de solidez con la exposición definitiva y necesaria de que Ponzio no tiene nivel para jugar en primera división - siempre tarde y mal, con actitud pero sin físico ni cabeza- y una enorme cantidad de esquemas tácticos que no hicieron más que confundir al jugador, pues varios pasaron por dos o tres posiciones en un solo partido, siendo este el caso más extremo.
También están las - pocas- buenas: Alario y Mora siguieron mostrando un nivel superlativo y rescatando al equipo de todos los banches que pudieron, Sánchez se consolidó como referente del equipo tanto en la fase ofensiva como en las coberturas, Kranevitter retomó el nivel que lo llevó a ser jugador del Atlético de Madrid y se adaptó al estilo más gasolero de su equipo, Mercado se reecontró con la solidez y el gol de inicios de ciclo - pero sigue demasiado solo atrás-, el regreso a medias de Pisculichi que de a poco se reencuentra con su mejor versión y empieza a ser decisivo en los partidos no solo por su pegada y sus pases, sino también por la ayuda que presta en el mediocampo, y por última, una clara intención de los jugadores y el entrenador de configurar de nuevo un equipo voraz en ataque, con el problema de que para ello se requiere solidez en todas las líneas.
El enojo y la paciencia de Gallardo estallaron cuando dejó en claro que el Mundial de Clubes estaba muy lejos y que el equipo no jugaba nada bien. Su "no todo es Japón, Japón, Japón" dicho ante la prensa fue un mensaje claro para los jugadores. Ni que hablar cuando tiró que no se vive de regalías" y exigió que muchos recuperasen nivel y concentración. Usó los partidos recientes contra Defensa y Justicia, Crucero del Norte y Aldosivi para tratar de darles rodaje a varios titulares pero la respuesta fue nula. Una victoria agónica contra Crucero como visitante, una derrota contra Defensa en Varela y un empate que debió haber sido caída como local ante el limitado Aldosivi. La válvula de escape por ahora la encuentra en la Copa Sudamericana, donde pasó Octavos de Final con claridad y con susto ante la Liga Universitaria de Quito, con varios palos y un penal errado que significaron eludir los penales ante un conjunto que lo respetó demasiado y que cuando se le animó ya era muy tarde. El primer partido de Cuartos de Final fue otra bocanada de aire, aunque no tan fresco: venció como local al muy débil Chapecoense, apenas un grupo de entusiastas, que con desfachatez y aprovechando las mil y una lagunas de River, logró empatar el partido gracias a un horror de Maidana y Barovero para terminar cayendo 3-1 sobre todo por dos arrestos individuales, uno de Sánchez y otro de Driussi. La línea de fondo jamás mostró garantías y fue superada por un rival que en Brasil es de tercera o cuarta categoría, que ingresó por la ventana a esta Sudamericana merced de un sistema de clasificación lamentable. En cuanto River ajustó alguna que otra tuerca y se adelantó en la cancha, definió virtualmente el partido, pero las dudas persisten y la solidez es la nueva obsesión de un Gallardo que necesita a su equipo nuevamente listo para su desafío más grande. Sin rivales de fuste en la Sudamericana salvo Independiente e Independiente del Valle (Colombia) - que se eliminarán entre sí- River parece tener allanado el camino para repetir la conquista del año pasado. Pero ya ha visto que rivales menores lo pueden complicar con poco y nada, quedando como botón de prueba de lo que se viene el esquema táctico que usará Gallardo en la revancha de hoy contra el Chapecoense en Brasil: un 4-4-1-1 con Pisculichi y Driussi alternando la posición de volante por la izquierda. Mora será el delantero en soledad, acoplándose menos a la fase defensiva que lo habitual. Se sabe que Gallardo es un profesional absoluto y que posee sus ideas bien claras. Ha mostrado un saludable pragmatismo cuando las cosas no salieron del todo bien, sacando de a ratos agua de las piedras con su incesante trabajo en el campo de entrenamiento y delante de la pizarra. Tal vez sea hora de elegir nuevamente un rumbo y de que River deje de ser un "a ver que sale hoy y que por favor Mora y Sánchez sigan jugando bien". Solo así logrará dar los primeros pasos en un largo camino que termina en Diciembre con el partido de Semifinales del Mundial de Clubes 2015, porque de ahí en adelante todo es una gran incógnita. El mayor desafío de Marcelo Gallardo ha llegado.
Lo que siguió fue la conquista de la Recopa Sudamericana ante un tibio y defensivo San Lorenzo, que cuando lo atacó en ambos partidos le generó mucho peligro, pero sin suerte ni puntería. Gallardo sumó así su segundo título internacional en pocos meses y terminó de tallar su nombre en la historia de River Plate. El estilo de juego no varió en absoluto, se mantuvo el doble cinco aún con el regreso de Matías Kranevitter, no tanto por el nivel de Ponzio - que siguió siendo malo, pero maquillado con su habitual "entrega"- sino por una cuestión más relacionada con la mística generada en la Copa Sudamericana. Llegó así un nuevo torneo local y la aventura de la Copa Libertadores, dos caminos que comenzaron muy mal pero que de a poco se fueron corrigiendo a base de buenos rendimientos individuales, la jerarquía obtenida en el ciclo y mucha solidaridad a nivel colectivo que sostuvieron a River en la triple competencia hasta el freno por la Copa América. Los errores siguieron presentes, pero todos tenían en claro- hasta los mismos jugadores y el cuerpo técnico- que el muy buen fútbol de esos tan lejanos comienzos ya no existía. El cuerpo técnico y los jugadores habían cambiado la mentalidad y se habían ajustado a la táctica y el estilo que mejor les quedaba. Pisculichi fue desapareciendo tras varias actuaciones olvidables y el doble comando se consolidó, sobre todo por el muy buen nivel de Ariel Rojas, Carlos Sánchez y Rodrigo Mora, indispensables para evitar que el equipo en cada retroceso se quebrase en mil pedazos y claves a la hora de atacar con velocidad y voracidad.
La primera fase de la Copa Libertadores dibujó una parábola inversa para River Plate y para Boca Juniors, que renovado con la llegada de Daniel Osvaldo a préstamo por 6 meses, hizo una campaña histórica ganando sus seis partidos de forma aplastante quedando como el mejor primero de cara a Octavos de Final. Los dirigidos por Gallardo, en cambio, clasificaron milagrosamente - en un grupo simple pero que vió una de sus peores caras en lo que refiere al juego- luego de que entre Teo Gutierrez, Mora y la defensa del Tigres de México le regalasen un empate a 5 minutos del final en Monterrey luego de ir ganando 2-0 durante casi todo el partido. El choque entre el Juan Aurich y el equipo mexicano definió la suerte del Millonario que vió como un Tigres combinado (por estar clasificado) pudo vencer con dificultades al conjunto peruano en la altura. Más allá de las diferencias en los recorridos, el resultado final fue el mismo que unos meses atrás en el segundo torneo más importante de Sudamérica: mejor primero y peor clasificado, choque directo en Octavos de Final y la historia que se repitió: con un esquema ultra agresivo (en el mejor y el peor de los sentidos), basado en convertir el mediocampo en una zona de guerra, River Plate se dió el gusto de eliminar a su eterno rival del torneo continental más importante. Gallardo volvió a vencer a Arruabarrena en la guerra táctica, pensando en ganar el partido antes que en la filosofía de juego, más allá del juego violento que los dos árbitros permitieron en los 135' que se jugaron en total. El Panadero, el gas pimienta, los intereses de la CONMEBOL, el rol de los barras en los clubes, los dos planteles y entrenadores tratando de sacar ventaja a como de lugar, el show de D'Onófrio, la vergüenza de los plateístas de Boca que no dejaban salir al plantel de River tirándole todo lo que tuviesen a mano, el nefasto saludo del plantel de Boca a La 12 con Orión a la cabeza y demás escenas nefastas de aquel partido trunco en la Bombonera determinaron que el conjunto de Nuñez clasificase directamente a Cuartos de Final quedando Boca descalificado por los incidentes y agresiones a los jugadores. Lo cierto era que en el tiempo que se había jugado, River había superado con claridad - nuevamente, la batalla del mediocampo había sido entendida por Gallardo y no por Arruabarrena- a un Boca tibio que apenas si encontró garra y juego en un Osvaldo muy aislado. Un título que se hubiese amoldado a la perfección a ambos partidos hubiese sido: "River se llevó puesto a Boca a pura actitud y jerarquía".
Repitamos los conceptos clave de este River pos victoria con Independiente antes de continuar: Dos líneas de cuatro bien apretadas en el mediocampo; Transiciones rápidas al ataque, sin perder tiempo a la hora de elaborar, evitando los traslados largos; Presión alta constante de los volantes y delanteros; Volumen total en el círculo central, sumando a los laterales a la marca; Dos volantes centrales: uno de marca y otro mixto para enlazar volantes y delanteros; Dos delanteros: un punta estacionado arriba y otro jugando como mediapunta suelto delante del área; Los volantes exteriores bien abiertos con obligaciones claras en el retroceso; Salida limpia desde abajo cuando era posible, si no jugar en largo; Búsqueda de circulación del balón y dinámica posicional cuando los espacios no surgían.
Claramente, era un nuevo River, uno que no se parecía en nada al de los orígenes de este proyecto ganador y renovador para el club, pero que en base a éxitos y a haber aprendido como jugar los mano a mano en las copas, maquillaba los errores y lograba imponerse a todos los que se le pusiesen adelante como una locomotora a máxima velocidad sin frenos pero con el rumbo definido. La gran victoria por Cuartos de Final como visitante ante el Cruzeiro, luego de una apática actuación en el Monumental en la ida - primer partido luego de los incidentes con Boca y los mil cruces mediáticos posteriores-, fue un bálsamo para Gallardo: un partido jugado como en los primeros pasos del ciclo, con vocación ofensiva, gran manejo de la pelota, mucha dinámica posicional, rendimientos individuales sobresalientes (el mejor partido de Teo Gutierrez en toda su estadía en el club de Nuñez) y la prueba de que se puede salir a atacar y jugar con convencimiento en Brasil. Sánchez, Maidana, Funes Mori y Rojas confirmaron que no podían faltar en el equipo y Gallardo acertó con el planteo táctico, que consistió en ser bien compactos para defender y muy flexibles a la hora de atacar. La solidez del mediocampo y de la defensa y la eficacia en cada uno de sus muchos ataques, hicieron el resto y River volvió a las Semifinales de la Copa Libertadores después de más de una década de vivir a la sombra de Boca Juniors. También era un cuco menos para River, que en los 90' había sufrido mucho contra este equipo que, hay que remarcarlo, hace mucho tiempo no es ese que supo ser. Se disminuyó al máximo a un rival mediocre, emblema del estado actual del fútbol brasileño donde prima lo físico por sobre el juego, no mucho más. Pero sin dudas que era un paso adelante para regresar a lo que había colocado la vara tan alta en lo que refiere a la exigencia.
De inmediato, llegó la Copa América en una secuencia idéntica a la del año anterior. En el medio, River presentó a sus refuerzos: Pablo Aimar - que jugaría un par de partidos y se retiraría por temas físicos-, Javier Saviola - que volvió cuando vió el calendario y la chance de la copa, pero en un nivel muy bajo hacia ya demasiado tiempo-, Tabaré Viudez - el mejor de los refuerzos, velocidad y categoría, una obsesión de Gallardo-, Luis González - otro que regresaba para llenarse de gloria en el corto plazo, con la incógnita de lo físico-, Nicolás Bertolo - otra fija mental para Gallardo, con un rendimiento parejo en Banfield jugando por las bandas- y Lucas Alario - el mejor proyecto de nueve punta del país-. El objetivo estaba claro y Gallardo, con un plantel corto y varias salidas y lesiones, había logrado tapar las carencias en el juego para dejar al club de sus amores a las puertas de una celebración eterna.
Lo que siguió fue positivo en lo que refiere a los resultados pero muy flojo en el aspecto futbolístico. Gallardo vio como su equipo jugaba mal la serie de Semifinales ante Guaraní de Paraguay, pero hizo valer el músculo y la eficacia que presentó en el Monumental y con un global de 3-1 (2-0 y 1-1) pasó a una Final histórica. Tigres de México, con el gran Gignac como refuerzo estrella, jugó mejor los dos duros partidos pero los centrales de River y Barovero se encargaron de tapar los caminos en la ida en tierras aztecas y bajo una lluvia torrencial que cayó sobre Buenos Aires la noche del 5 de Agosto, el Millonario logró alzarse con la Copa Libertadores basándose en sus pilares ya característicos: la garra, el atacar siempre a pesar de hacerlo sin claridad ni ideas y la eficacia absoluta. Tras la salida de Teo Gutierrez, Alario tardó muy poco en ganarse a los hinchas de River con dos partidos jugados con una presencia y jerarquía digna de un soldado de mil batallas, pero teniendo apenas 23 años. El gol que rompió el hielo en el Monumental fue suficiente para que River se terminase de sacar los nervios de encima y completase una goleada ante un Tigres que atacó y jugó más pero que pecó de conservador pues no acompañó bien a Gignac en ninguno de los dos partidos. La gloria había llegado en forma de un entrenador llamado Marcelo Gallardo, que en apenas un año y monedas había sellado a fuego su nombre en el club - y dos veces, porque como jugador también ganó todo- con la obtención de la Copa Sudamericana, la Copa Libertadores y la Recopa Sudamericana.
Las palabras del Muñeco no pudieron ser más acertadas: "Estos jugadores tuvieron la grandeza como para no relajarse y seguir, incluso cuando las cosas no salían. El equipo siguió trabajando y no resignó la idea. Los jugadores se merecen el lugar que alcanzaron porque siempre levantaron la vara con su nivel de competitividad". Este River y este Gallardo, que comenzaron con el sueño de asimilarse a esa bestia intocable y perfecta que fue el Barcelona de Pep Guardiola, logró todo esto en base a la estrategia de Diego Pablo Simeone, que es la de competir en primer lugar, traccionar cada metro de la cancha, cubrir todo y no dejar respirar al rival, usar la pelota poco y con eficacia. Toda una paradoja teniendo en cuenta el discurso del entrenador, que de a poco se fue amoldando a su realidad y bajando las pretensiones de una manera muy saludable. Superávit total en logros deportivos y déficit creciente en lo que respecta al juego.
El problema llegó luego del viaje a Japón para jugar esa copa comercial llamada Suruga Bank, que levantaron sin problemas - aunque no sin sufrimiento, pues Barovero fue clave por el bajo nivel de la defensa- ante el muy limitado campeón del país anfitrión. El 3-0 sirvió para que un irregular Gonzalo Martínez tome confianza con un verdadero golazo que encaminó el partido y para que el resto de los jugadores festeje su cuarto logro internacional. Hasta ese momento, River gozaba de un 64% de eficacia en el año, con solo dos derrotas - ante Boca por el torneo local y ante el Cruzeiro por la Libertadores- que bruscamente se convirtió en un 33% merced de un rendimiento individual muy flojo y de uno colectivo que no llegó a estar siquiera dentro de los niveles más bajos imaginados por Gallardo. Los primeros partidos fueron dejados de lado, se hablaba de una falta de concentración por el largo viaje y porque el Mundial de Clubes estaba en el horizonte, pero lo cierto fue que el entrenador ya no encontró manera de tapar los errores ¿Las malas? Los recién llegados Bertolo y Saviola jamás rindieron de manera razonable, Lucho González de a poco se fue encontrando pero tardó mucho en la parte física, el Pity Martínez nunca terminó de asentarse y jamás fue reemplazo para Ariel Rojas, Bertolo no ha jugado un solo partido de forma razonable siquiera y la banda izquierda sigue sin dueño, la defensa perdió a Funes Mori - salió al Everton- y a Pezzella - primer recambio- quedando un Maidana que bajó su nivel y un Balanta que nunca lo tuvo, las lesiones obligaron a experimentos extraños - sobre todo la de Vangioni-, Casco no logró ser todo eso que prometía cuando llegó unos días antes del Superclásico, jugadores como Viudez y Mayada se sumieron en una irregularidad preocupante, Barovero dejó de exhibir esa seguridad que hace poco tiempo lo ponía como número puesto para la Argentina, el mediocampo perdió todo tipo de solidez con la exposición definitiva y necesaria de que Ponzio no tiene nivel para jugar en primera división - siempre tarde y mal, con actitud pero sin físico ni cabeza- y una enorme cantidad de esquemas tácticos que no hicieron más que confundir al jugador, pues varios pasaron por dos o tres posiciones en un solo partido, siendo este el caso más extremo.
También están las - pocas- buenas: Alario y Mora siguieron mostrando un nivel superlativo y rescatando al equipo de todos los banches que pudieron, Sánchez se consolidó como referente del equipo tanto en la fase ofensiva como en las coberturas, Kranevitter retomó el nivel que lo llevó a ser jugador del Atlético de Madrid y se adaptó al estilo más gasolero de su equipo, Mercado se reecontró con la solidez y el gol de inicios de ciclo - pero sigue demasiado solo atrás-, el regreso a medias de Pisculichi que de a poco se reencuentra con su mejor versión y empieza a ser decisivo en los partidos no solo por su pegada y sus pases, sino también por la ayuda que presta en el mediocampo, y por última, una clara intención de los jugadores y el entrenador de configurar de nuevo un equipo voraz en ataque, con el problema de que para ello se requiere solidez en todas las líneas.
El enojo y la paciencia de Gallardo estallaron cuando dejó en claro que el Mundial de Clubes estaba muy lejos y que el equipo no jugaba nada bien. Su "no todo es Japón, Japón, Japón" dicho ante la prensa fue un mensaje claro para los jugadores. Ni que hablar cuando tiró que no se vive de regalías" y exigió que muchos recuperasen nivel y concentración. Usó los partidos recientes contra Defensa y Justicia, Crucero del Norte y Aldosivi para tratar de darles rodaje a varios titulares pero la respuesta fue nula. Una victoria agónica contra Crucero como visitante, una derrota contra Defensa en Varela y un empate que debió haber sido caída como local ante el limitado Aldosivi. La válvula de escape por ahora la encuentra en la Copa Sudamericana, donde pasó Octavos de Final con claridad y con susto ante la Liga Universitaria de Quito, con varios palos y un penal errado que significaron eludir los penales ante un conjunto que lo respetó demasiado y que cuando se le animó ya era muy tarde. El primer partido de Cuartos de Final fue otra bocanada de aire, aunque no tan fresco: venció como local al muy débil Chapecoense, apenas un grupo de entusiastas, que con desfachatez y aprovechando las mil y una lagunas de River, logró empatar el partido gracias a un horror de Maidana y Barovero para terminar cayendo 3-1 sobre todo por dos arrestos individuales, uno de Sánchez y otro de Driussi. La línea de fondo jamás mostró garantías y fue superada por un rival que en Brasil es de tercera o cuarta categoría, que ingresó por la ventana a esta Sudamericana merced de un sistema de clasificación lamentable. En cuanto River ajustó alguna que otra tuerca y se adelantó en la cancha, definió virtualmente el partido, pero las dudas persisten y la solidez es la nueva obsesión de un Gallardo que necesita a su equipo nuevamente listo para su desafío más grande. Sin rivales de fuste en la Sudamericana salvo Independiente e Independiente del Valle (Colombia) - que se eliminarán entre sí- River parece tener allanado el camino para repetir la conquista del año pasado. Pero ya ha visto que rivales menores lo pueden complicar con poco y nada, quedando como botón de prueba de lo que se viene el esquema táctico que usará Gallardo en la revancha de hoy contra el Chapecoense en Brasil: un 4-4-1-1 con Pisculichi y Driussi alternando la posición de volante por la izquierda. Mora será el delantero en soledad, acoplándose menos a la fase defensiva que lo habitual. Se sabe que Gallardo es un profesional absoluto y que posee sus ideas bien claras. Ha mostrado un saludable pragmatismo cuando las cosas no salieron del todo bien, sacando de a ratos agua de las piedras con su incesante trabajo en el campo de entrenamiento y delante de la pizarra. Tal vez sea hora de elegir nuevamente un rumbo y de que River deje de ser un "a ver que sale hoy y que por favor Mora y Sánchez sigan jugando bien". Solo así logrará dar los primeros pasos en un largo camino que termina en Diciembre con el partido de Semifinales del Mundial de Clubes 2015, porque de ahí en adelante todo es una gran incógnita. El mayor desafío de Marcelo Gallardo ha llegado.

























