Luego de tropezar con sus propias limitaciones y un muy buen rival como el Chile de Jorge Sampaoli en la final de la Copa América disputada en el país trasandino el año pasado, y de protagonizar un comienzo de las Eliminatorias hacia el Mundial de Rusia 2018 más bien complicado - con humillante derrota ante Ecuador en el Monumental como punto de partida-, la Argentina dirigida por Gerardo Martino ha logrado enderezar el rumbo por sobre todo en lo referido a los resultados.
¿Por qué remarcar la cuestión de los números por encima de, por ejemplo, el estilo de juego y su posterior ejecución? Porque el ex entrenador de Olimpia, Newell's Old Boys, la selección de Paraguay y el FC Barcelona eligió dejar de lado sus principales lineamientos - que lo acompañaron durante toda su carrera- para privilegiar, dentro de cierta lógica, el resultado inmediato. Las urgencias y las presiones tuvieron mucho que ver y una deslucida pero rocosa victoria por la mínima ante Colombia en Barranquilla, reeditando aquel 3-2 que relanzó la "Era Sabella", fue el paso necesario para escalar posiciones en la tabla y quedar en puestos de clasificación directa al máximo torneo a nivel global.
Si Martino llegó a la Selección Argentina pregonando la posesión mayoritaria, la presión alta constante, el juego posicional al estilo Johan Cryuff/Pep Guardiola, el uso de las bandas como herramienta y no como fin, la prohibición de los pelotazos frontales sin destino, el juego en corto y al ras del piso con el portero como un jugador de campo más y demás elementos del repertorio ya conocido por quienes seguimos su trayectoria en estos años, lo cierto es que muy pocas veces su equipo pudo poner en práctica algo siquiera cercano a ello. Algunos dirán que no hay tanto tiempo para trabajar, que es difícil con tantos jugadores de renombre y demás argumentos que se vienen escuchando en loop hace ya demasiado tiempo por nuestros pagos. Pero lo cierto es que en la pasada Copa América disputada en Chile hubieron dos encuentros - contra rivales muy diferentes- que mostraron la idea de Martino en su punto máximo de cocción. Dio la casualidad que se trató de los choques de Cuartos de Final y Semifinales, pasos previos a un duelo decisivo contra en anfitrión del cual ya hablaremos un poco más adelante.
Regresando a dichos partidos contra Colombia y Paraguay, hay que resaltar lo bien que jugó la Selección Argentina en ambos. Los resultados fueron positivos pero los caminos opuestos, pues en el caso del equipo de José Néstor Pekerman se debió llegar hasta los penales a pesar de haber dominado de una manera abrumadora y de haber desperdiciado más de diez ocasiones netas de gol. David Ospina atajó absolutamente todo excepto un penalti y los jugadores del cuadro argentino pudieron desatar la locura en la clásica carrera desde el mediocampo hasta el área. Mientras que el duelo ante un Paraguay dirigido en ese entonces por Ramón Díaz se resolvió con una notable facilidad y eficacia, finalizando el marcador en un contundente 6-1 en favor de los argentinos.
Para el primero de estos dos encuentros, Gerardo Martino utilizó el siguiente once: Romero; Zabaleta, Garay, Otamendi, Rojo; Biglia, Mascherano, Pastore; Messi, Agüero y Di María. Un 4-3-3 en los papeles pero que al iniciar el encuentro se convertía siempre en un híbrido entre un 4-2-1-3, con Pastore como enlace clásico y el doble pivote compuesto por Biglia y Mascherano, y un 4-2-3-1 con Messi y Di María comenzando unos metros más atrás y dejando a Sergio Agüero como una referencia más marcada dentro del área.
Lo que se vio en el partido fue a un equipo decidido y paciente, que combinó el juego de posesión y posiciones móviles con la velocidad de sus tres delanteros para avasallar a una Colombia que no hizo más que trabar el partido en el centro del campo y encomendarse a las manos de su sensacional portero. El recordado ingreso de Cardona en lugar de Teófilo Gutierrez a los pocos minutos de iniciado el encuentro fue la clara evidencia de la superioridad táctica y futbolística de los dirigidos por Gerardo Martino a los que solamente les faltó el gol.
Javier Pastore y luego Ever Banega demostraron las razones por las que son los mejores socios para Lionel Messi (Fernando Gago en plenitud es el otro, pues son un cuarteto que habla el mismo idioma con la pelota en los pies) y los elogios llegaron más allá de que se tuvo que esperar al intercambio de penales para definir el pase a las Semifinales. Luego de una primera fase más bien lastimosa en el juego (con el primer tiempo ante Paraguay como única perla) y con una espeluznante carencia de goles, los engranajes parecían estar de una vez por todas cada uno en su lugar y aceitados a la perfección. Un festival de toque, presión, rotaciones posicionales y voracidad ofensiva había disminuido a Colombia a un rival de segunda o tercera categoría y dejaba a la Argentina lista para dar el zarpazo ante los paraguayos.
Si la falta de eficacia era lo que más se le criticaba a la Argentina hasta la semifinal que la enfrentó contra Paraguay, esa deuda quedó saldada a pura potencia y velocidad. Poco importó que el cuadro guaraní llegase de eliminar a Brasil en un extraño partido de Cuartos de Final, pues antes de la primera media hora, Marcos Rojo y Javier Pastore habían adelantado al cuadro argentino que luego - tras un innecesario susto en los pies de Lucas Barrios para colocar el 1-2 parcial- con un doblete de Ángel Di María y dos goles a cargo de Gonzalo Higuaín y Sergio Agüero redondearía un 6-1 que lo depositó por segundo torneo consecutivo en el partido decisivo.
La formación que saltó al campo de juego esa noche fue la misma que en el choque previo y demostró que lo exhibido ante Colombia no había sido una casualidad. El 4-3-3 funcionó a pleno en sus dos desdoblamientos, tanto con Pastore como volante por derecha como con el creativo del PSG como enlace. Lo mismo aplica para la función de Messi, que alternó entre la banda derecha - como juega en el Barcelona desde la salida de Pep Guardiola- y una posición mucho más centralizada para crear juego junto a Pastore. Di María fue una flecha implacable e indetectable, imposible de detener, mientras que Agüero jugó un gran partido dentro y fuera del área para someter de manera incesante a un rival que parecía complicado pero que se vio completamente superado en todas las áreas del juego.
Para hablar de aquella final, de la segunda frustración en fila para una gran generación de futbolistas argentinos, hay que entender el contexto. Con Chile completamente revolucionado y enfervorizado gracias a un equipo que había cumplido con creces todas las expectativas generadas, la Argentina tenía el deber de plantar su bandera en un choque de estilos que tenían tantos puntos en común - posesión, armado paciente del juego, uso de los laterales como volantes, juego al ras del piso, la presencia del enlace, el ataque con más de 6 jugadores, etc.- como varias divergencias, entendiéndose estas como detalles (Chile más vertical, más directo, por ejemplo) que convertían a los dos equipos en algo que, en terminología de James Bond, podía ser batido pero no revuelto en un mismo vaso.
Sorpresivamente, la Argentina eligió un enfoque más bien conservador para salir a jugar este partido. Plantando un 4-2-3-1 bien marcado, nunca buscó hacerse dueño de la pelota, adoptando una postura que hubiese sido más normal ver en Chile que en el cuadro de Gerardo Martino. Los pupilos de Jorge Sampaoli, tal cual en cada partido del torneo, respetaron el estilo que les había hecho ganarse el respeto del mundo y presionaron de manera incesante a su rival en el centro del campo. Esto provocó que los volantes argentinos perdiesen la referencia y que no lograsen capturar la segunda pelota, ya que en cada cruce se encontraron en una inferioridad numérica escandalosa.
En lo referido a las ocasiones netas de gol, ambos lados tuvieron sus oportunidades apenas iniciado el partido. La Argentina con un disparo de Di María que se marchó apenas desviado y una gran jugada de Messi que Agüero nunca llegó a rematar, mientras que Chile hizo lo propio con un gran centro de Isla que fue rechazado a tiempo por Otamendi y una gran jugada individual de Alexis Sánchez que Aranguiz en lugar de aprovechar terminó desperdiciando con un innecesario pase cuando se encontraba en posición de remate.
Con Pastore muy bien - y mucho más que Messi, por ejemplo- marcado, el cuadro argentino comenzó a verse en apuros a la hora de generar juego. Una volea de Vidal estremeció al banco nacional pero Romero mostró sus credenciales con una buena tapada para sostener el cero en su valla. La réplica llegó de inmediato con un Messi infernal que envió un centro notable al primer palo para que Agüero convirtiese el primer gol de la tarde, pero Bravo desde una distancia imposible le ahogó el grito al delantero del Manchester City.
La salida de Di María por lesión complicó los planes, pero Ezequiel Lavezzi demostró la razón por la cual se encuentra en cada convocatoria sin importar su actualidad a nivel de clubes. Con un perfil un poco más defensivo que el del hoy extremo del Paris Saint Germain, el Pocho se las ingenió para complicar al local en una gran combinación con Pastore que terminó en manos de un muy atento Bravo. Los de Sampaoli cerraron la primera parte con un claro dominio, forzando a la Argentina a jugar al contragolpe con Messi y Lavezzi, y con una oportunidad clara en los pies de Alexis Sánchez que fue controlada por Romero con dificultad.
El segundo tiempo encontró a la Argentina confundida y solo obteniendo aire en los momentos de descanso chileno. Vidal creció y logró romper a la defensa argentina a pura velocidad y talento, asociándose con un incansable Alexis Sánchez para sostener un ritmo digno de once jugadores con más de un par de pulmones. Los ingresos de Higuaín y Banega por Agüero y Pastore no ayudaron a cambiar el panorama general, teniendo el local en las botas de Sánchez una vez más el triunfo, pero la pelota se marchó apenas desviada rozando el parante derecho tras una excelente volea del delantero del Arsenal.
Tras una jugada dudosa en la que pareció que un jugador de Chile le cometía penal a Marcos Rojo en un lanzamiento de esquina, llegó la oportunidad del final. Y fue para la Argentina: Messi rompió líneas a pura velocidad, solo como él sabe hacerlo, abrió a la perfección para Lavezzi, este decidió cruzar la pelota en lugar de rematar a portería y por el otro lado Gonzalo Higuaín llegó apenas tarde para empujar el - MAL y a las apuradas- pase, quedando el balón en el lado externo de la red ante la mirada de todo un estadio completamente paralizado.
El primer tiempo adicional mostró a la Argentina con mayor posesión pero sin capacidad de lastimar al equipo de Sampaoli, que tuvo una gran oportunidad sobre el cierre con el ingreso de Sánchez en soledad por el centro del área. Zabaleta logró bloquear el envío a tiempo y los de Martino vivieron para jugar quince minutos más con chances de ganar el encuentro. Los 15' restantes no mostraron nada positivo, con los dos equipos agotados y apostando al error del contrario, algo que no sucedió.
Los penales comenzaron con dos remates impecables de Matías Fernández y Lionel Messi. Vidal cumplió con su labor con algunas dudas y luego Higuaín envió el esférico a la estratósfera con un pésimo remate. Aranguiz pateó a la perfección su penal y Banega le regaló el disparo a Claudio Bravo con un intento demasiado previsible. Alexis Sánchez fusiló a Romero en el cuarto disparo para Chile y decretó el 4-1 final que puso por segunda vez en menos de un año de rodillas a la Argentina en una gran final.
El presente encuentra a la Argentina en un lugar mucho más diferente y bastante más honesto que en aquella turbulenta noche chilena. Tras caer con Ecuador en el Monumental por 0-2 en una lastimosa performance e igualar 0-0 en Asunción con la débil Paraguay en una peor presentación, la recuperación comenzó con un buen primer tiempo ante Brasil jugando como local, en un partido que terminaría en un decepcionante empate en un gol. La ya mencionada victoria rocosa y eficiente ante una disminuida Colombia en Barranquilla y el 2-1 ante Chile (con el regreso de Lionel Messi tras una lesión) en el Estadio Nacional, en un partido donde no se jugó mejor que los campeones de América pero en el que se pudieron exorcizar algunos demonios, lograron rescatar al navío de un hundimiento que estaba a punto de consumarse.
El 2-0 ante Bolivia, el peor equipo del continente - y tal vez de los peores del mundo-, lejos del Monumental, fue el último partido por Eliminatorias que disputó la Argentina antes de comenzar su preparación de cara a la Copa América Centenario. Mucho cambió desde esa calurosa tarde en Barranquilla, siendo lo más relevante el viraje práctico - no discursivo, algo extraño pues las palabras deben acompañar a las acciones siempre- que dio el entrenador con respecto a los inicios de su ciclo como seleccionador del cuadro nacional.
La idea de juego ya explicada en los primeros párrafos mutó en un híbrido extraño pero eficaz: el equipo se para siempre con un 4-2-3-1, buscando no dejar solo a Mascherano - o a quien sea el mediocentro- a la hora de la recuperación y el retroceso, colocando a un volante creativo a su lado. Messi juega en una posición mucho más centralizada y Di María (con Lavezzi y Lamela como variantes) y Nicolás Gaitán (con Augusto Fernández como recambio) juegan como exteriores un poco más retrasados, dejando lugar para un solo delantero punta dentro del equipo, lugar que hoy se ha ganado nuevamente Gonzalo Higuaín.
El uso de los laterales, que son Marcos Rojo y Gabriel Mercado hace ya varios partidos, se ha convertido en una de sus armas principales. La elaboración de juego y las posesiones largas aparecen a cuentagotas y se encuentran en un punto alto, aunque no por ello son usadas en cada momento del partido. La actitud de esperar con las líneas juntas en el centro del campo y de jugar al espacio vacío con la velocidad - lógica pura- de sus delanteros es lo que predomina, siendo los choques de esta Copa América Centenario contra Chile y Venezuela un claro ejemplo de esta nueva/vieja tendencia en el cuadro argentino.
Claro que esto ha traído problemas, ya que tanto el equipo de Juan Antonio Pizzi como el de Dudamel supieron complicar mucho a una defensa que sigue sin hacer pie cuando debe reorganizarse en velocidad. Los principales errores provienen de los intentos obstinados por salir jugando al ras del piso en las situaciones más insólitas, siendo la ocasión de Alexis Sánchez que salvó Romero en el primer partido del torneo una pieza de evidencia muy concreta.
Aún así, y sin hacer hincapié en que la mayoría de sus rivales no estuvieron ni estarán a la altura individual, histórica y colectiva suya, lo cierto es que la Argentina llega a su segunda final consecutiva contra Chile luego de haber realizado su mejor actuación en lo que va del torneo. Ante los Estados Unidos de Jürgen Klinsmann se vio a un equipo compacto a la hora de marcar, cuyos tres volantes centrales mantuvieron posición y presión contínua en el círculo central. El enlace desapareció formalmente, quedando la función creativa en Messi y Banega, que brillaron tanto en conjunto como por separado, con unos Lavezzi e Higuaín afilados y muy atentos para mantener el peligro latente durante todo el partido.
El 4-3-3 pudo ser ejecutado a la perfección por primera vez desde que llegó Martino y no se debió a la posesión del balón sino a esa máxima que entrenadores como Rinus Michels, Johan Cryuff y Pep Guardiola erigieron como columna vertebral de sus equipos: cada vez que se pierde la pelota, todos deben correr a recuperarla de inmediato para volver a lanzar un nuevo ataque. Si el interesante cuadro norteamericano no pudo llevar adelante su plan, se debió al excelente trabajo argentino en todas las zonas del campo de juego, a que por una vez fue un equipo insoportable para su contrincante con y sin la pelota.
Tal vez eso sea lo que le faltó a la Selección Argentina en la final del año pasado ante Chile para llevarse el trofeo, pero es imposible saberlo al día de hoy. En pocas horas, ambas selecciones - con prácticamente las mismas caras pero con muchos retoques tácticos y futbolísticos- se verán las caras de nuevo para definir al campeón de esta edición aniversario - por ende no válida, ergo Chile defenderá su título en el 2019 y jugará la Copa Confederaciones en el 2017- de la Copa América. Será un duelo muy interesante en el que el éxito no está asegurado de entrada para ninguno de los dos lados, pero donde una vez más la Argentina llega como favorita cuasi absoluta a pesar de que La Roja viene de hilvanar tres convincentes y sensacionales victorias ante Panamá, México - el gran cuco del torneo, el "Tricelona" según muchos que hablan antes de tiempo- y una peligrosa y talentosa Colombia.
Para finalizar, no hay que dejar afuera de la ecuación a un Lionel Messi que tal cual en Brasil 2014 y en Chile 2015 se encuentra en estado de gracia tanto físico como futbolístico y con muchas ganas de alzar su primer (y merecido) trofeo con la camiseta celeste y blanca. Su participación en el torneo, al que llegó con un golpe en la espalda, fue de menor a mayor en cuanto a minutos pero siempre rindió más que a pleno, demostrando por qué es el mejor jugador del mundo hace ya varios años y dejando todas sus credenciales para ser más que uno de los grandes de la historia.
Contra Chile no tuvo minutos pero miró desde afuera con mucha satisfacción una buena victoria por 2-1. Ante Panamá le alcanzó media hora - en realidad 18 minutos- para romper un partido aburrido y con destino de 1-0 de la mano de un Hat-Trick fenomenal y una asistencia mágica para redondear un 5-0 que ilusionó a todos. Bolivia fue apenas un trámite y Lio ingresó otros 30 minutos para afianzar el físico, recibiendo una gran cantidad de golpes que no le borraron la sonrisa a pesar de no haber podido convertir un gol.
Los Cuartos de Final enfrentaron a la Argentina con Venezuela y allí Messi salió como titular, brillando a su manera: sin involucrarse en todas las jugadas, pero siempre deambulando en tres cuartos de campo tal como lo hacía en el Barcelona de Guardiola, a la espera de esa jugada para quebrar todos los parámetros. Una asistencia impresionante para Higuaín ayudó a calmar los nervios del inicio y una sutil definición por debajo de las piernas del arquero le permitió alcanzar los 53 goles de Batistuta con la casaca nacional. Se puso el overol cuando las papas quemaron y luego se sumó a la fiesta que terminaría con un 4-1 en favor de la Argentina, ya lejos de las tapadas milagrosas de Romero y de los palos que evitaron los goles de Rondón.
Y ante los Estados Unidos, Messi no hizo más que seguir jugando a un nivel espeluznante. Un golazo de tiro libre, de esos que nos regala seguido a cada fin de semana y que solo Diego Maradona podía lanzar, pintó una sonrisa en todos los argentinos que amamos al fútbol. Antes había dado otro pase mágico para que Lavezzi abriese el marcador y en la cuarta anotación le entregó a Higuaín el doblete luego de una jugada con su sello por la izquierda.
Con las cartas echadas sobre la mesa, no resta más que esperar a la llegada del encuentro. Allí se verá si los cambios introducidos por Gerardo Martino y los mismos jugadores son fructíferos y si pueden darle un título a la Argentina. Uno que es esquivo desde aquella lejana Copa América 1993 disputada en Ecuador, trofeo que inició una mala racha de 23 años que se espera pueda ser hecha trizas en la cálida noche de Nueva Jersey.
*Rodrigo López Vázquez (@RodrigoLVazquez)
Si la falta de eficacia era lo que más se le criticaba a la Argentina hasta la semifinal que la enfrentó contra Paraguay, esa deuda quedó saldada a pura potencia y velocidad. Poco importó que el cuadro guaraní llegase de eliminar a Brasil en un extraño partido de Cuartos de Final, pues antes de la primera media hora, Marcos Rojo y Javier Pastore habían adelantado al cuadro argentino que luego - tras un innecesario susto en los pies de Lucas Barrios para colocar el 1-2 parcial- con un doblete de Ángel Di María y dos goles a cargo de Gonzalo Higuaín y Sergio Agüero redondearía un 6-1 que lo depositó por segundo torneo consecutivo en el partido decisivo.
La formación que saltó al campo de juego esa noche fue la misma que en el choque previo y demostró que lo exhibido ante Colombia no había sido una casualidad. El 4-3-3 funcionó a pleno en sus dos desdoblamientos, tanto con Pastore como volante por derecha como con el creativo del PSG como enlace. Lo mismo aplica para la función de Messi, que alternó entre la banda derecha - como juega en el Barcelona desde la salida de Pep Guardiola- y una posición mucho más centralizada para crear juego junto a Pastore. Di María fue una flecha implacable e indetectable, imposible de detener, mientras que Agüero jugó un gran partido dentro y fuera del área para someter de manera incesante a un rival que parecía complicado pero que se vio completamente superado en todas las áreas del juego.
Para hablar de aquella final, de la segunda frustración en fila para una gran generación de futbolistas argentinos, hay que entender el contexto. Con Chile completamente revolucionado y enfervorizado gracias a un equipo que había cumplido con creces todas las expectativas generadas, la Argentina tenía el deber de plantar su bandera en un choque de estilos que tenían tantos puntos en común - posesión, armado paciente del juego, uso de los laterales como volantes, juego al ras del piso, la presencia del enlace, el ataque con más de 6 jugadores, etc.- como varias divergencias, entendiéndose estas como detalles (Chile más vertical, más directo, por ejemplo) que convertían a los dos equipos en algo que, en terminología de James Bond, podía ser batido pero no revuelto en un mismo vaso.
Sorpresivamente, la Argentina eligió un enfoque más bien conservador para salir a jugar este partido. Plantando un 4-2-3-1 bien marcado, nunca buscó hacerse dueño de la pelota, adoptando una postura que hubiese sido más normal ver en Chile que en el cuadro de Gerardo Martino. Los pupilos de Jorge Sampaoli, tal cual en cada partido del torneo, respetaron el estilo que les había hecho ganarse el respeto del mundo y presionaron de manera incesante a su rival en el centro del campo. Esto provocó que los volantes argentinos perdiesen la referencia y que no lograsen capturar la segunda pelota, ya que en cada cruce se encontraron en una inferioridad numérica escandalosa.
En lo referido a las ocasiones netas de gol, ambos lados tuvieron sus oportunidades apenas iniciado el partido. La Argentina con un disparo de Di María que se marchó apenas desviado y una gran jugada de Messi que Agüero nunca llegó a rematar, mientras que Chile hizo lo propio con un gran centro de Isla que fue rechazado a tiempo por Otamendi y una gran jugada individual de Alexis Sánchez que Aranguiz en lugar de aprovechar terminó desperdiciando con un innecesario pase cuando se encontraba en posición de remate.
Con Pastore muy bien - y mucho más que Messi, por ejemplo- marcado, el cuadro argentino comenzó a verse en apuros a la hora de generar juego. Una volea de Vidal estremeció al banco nacional pero Romero mostró sus credenciales con una buena tapada para sostener el cero en su valla. La réplica llegó de inmediato con un Messi infernal que envió un centro notable al primer palo para que Agüero convirtiese el primer gol de la tarde, pero Bravo desde una distancia imposible le ahogó el grito al delantero del Manchester City.
La salida de Di María por lesión complicó los planes, pero Ezequiel Lavezzi demostró la razón por la cual se encuentra en cada convocatoria sin importar su actualidad a nivel de clubes. Con un perfil un poco más defensivo que el del hoy extremo del Paris Saint Germain, el Pocho se las ingenió para complicar al local en una gran combinación con Pastore que terminó en manos de un muy atento Bravo. Los de Sampaoli cerraron la primera parte con un claro dominio, forzando a la Argentina a jugar al contragolpe con Messi y Lavezzi, y con una oportunidad clara en los pies de Alexis Sánchez que fue controlada por Romero con dificultad.
El segundo tiempo encontró a la Argentina confundida y solo obteniendo aire en los momentos de descanso chileno. Vidal creció y logró romper a la defensa argentina a pura velocidad y talento, asociándose con un incansable Alexis Sánchez para sostener un ritmo digno de once jugadores con más de un par de pulmones. Los ingresos de Higuaín y Banega por Agüero y Pastore no ayudaron a cambiar el panorama general, teniendo el local en las botas de Sánchez una vez más el triunfo, pero la pelota se marchó apenas desviada rozando el parante derecho tras una excelente volea del delantero del Arsenal.
Tras una jugada dudosa en la que pareció que un jugador de Chile le cometía penal a Marcos Rojo en un lanzamiento de esquina, llegó la oportunidad del final. Y fue para la Argentina: Messi rompió líneas a pura velocidad, solo como él sabe hacerlo, abrió a la perfección para Lavezzi, este decidió cruzar la pelota en lugar de rematar a portería y por el otro lado Gonzalo Higuaín llegó apenas tarde para empujar el - MAL y a las apuradas- pase, quedando el balón en el lado externo de la red ante la mirada de todo un estadio completamente paralizado.
El primer tiempo adicional mostró a la Argentina con mayor posesión pero sin capacidad de lastimar al equipo de Sampaoli, que tuvo una gran oportunidad sobre el cierre con el ingreso de Sánchez en soledad por el centro del área. Zabaleta logró bloquear el envío a tiempo y los de Martino vivieron para jugar quince minutos más con chances de ganar el encuentro. Los 15' restantes no mostraron nada positivo, con los dos equipos agotados y apostando al error del contrario, algo que no sucedió.
Los penales comenzaron con dos remates impecables de Matías Fernández y Lionel Messi. Vidal cumplió con su labor con algunas dudas y luego Higuaín envió el esférico a la estratósfera con un pésimo remate. Aranguiz pateó a la perfección su penal y Banega le regaló el disparo a Claudio Bravo con un intento demasiado previsible. Alexis Sánchez fusiló a Romero en el cuarto disparo para Chile y decretó el 4-1 final que puso por segunda vez en menos de un año de rodillas a la Argentina en una gran final.
El presente encuentra a la Argentina en un lugar mucho más diferente y bastante más honesto que en aquella turbulenta noche chilena. Tras caer con Ecuador en el Monumental por 0-2 en una lastimosa performance e igualar 0-0 en Asunción con la débil Paraguay en una peor presentación, la recuperación comenzó con un buen primer tiempo ante Brasil jugando como local, en un partido que terminaría en un decepcionante empate en un gol. La ya mencionada victoria rocosa y eficiente ante una disminuida Colombia en Barranquilla y el 2-1 ante Chile (con el regreso de Lionel Messi tras una lesión) en el Estadio Nacional, en un partido donde no se jugó mejor que los campeones de América pero en el que se pudieron exorcizar algunos demonios, lograron rescatar al navío de un hundimiento que estaba a punto de consumarse.
El 2-0 ante Bolivia, el peor equipo del continente - y tal vez de los peores del mundo-, lejos del Monumental, fue el último partido por Eliminatorias que disputó la Argentina antes de comenzar su preparación de cara a la Copa América Centenario. Mucho cambió desde esa calurosa tarde en Barranquilla, siendo lo más relevante el viraje práctico - no discursivo, algo extraño pues las palabras deben acompañar a las acciones siempre- que dio el entrenador con respecto a los inicios de su ciclo como seleccionador del cuadro nacional.
La idea de juego ya explicada en los primeros párrafos mutó en un híbrido extraño pero eficaz: el equipo se para siempre con un 4-2-3-1, buscando no dejar solo a Mascherano - o a quien sea el mediocentro- a la hora de la recuperación y el retroceso, colocando a un volante creativo a su lado. Messi juega en una posición mucho más centralizada y Di María (con Lavezzi y Lamela como variantes) y Nicolás Gaitán (con Augusto Fernández como recambio) juegan como exteriores un poco más retrasados, dejando lugar para un solo delantero punta dentro del equipo, lugar que hoy se ha ganado nuevamente Gonzalo Higuaín.
El uso de los laterales, que son Marcos Rojo y Gabriel Mercado hace ya varios partidos, se ha convertido en una de sus armas principales. La elaboración de juego y las posesiones largas aparecen a cuentagotas y se encuentran en un punto alto, aunque no por ello son usadas en cada momento del partido. La actitud de esperar con las líneas juntas en el centro del campo y de jugar al espacio vacío con la velocidad - lógica pura- de sus delanteros es lo que predomina, siendo los choques de esta Copa América Centenario contra Chile y Venezuela un claro ejemplo de esta nueva/vieja tendencia en el cuadro argentino.
Claro que esto ha traído problemas, ya que tanto el equipo de Juan Antonio Pizzi como el de Dudamel supieron complicar mucho a una defensa que sigue sin hacer pie cuando debe reorganizarse en velocidad. Los principales errores provienen de los intentos obstinados por salir jugando al ras del piso en las situaciones más insólitas, siendo la ocasión de Alexis Sánchez que salvó Romero en el primer partido del torneo una pieza de evidencia muy concreta.
Aún así, y sin hacer hincapié en que la mayoría de sus rivales no estuvieron ni estarán a la altura individual, histórica y colectiva suya, lo cierto es que la Argentina llega a su segunda final consecutiva contra Chile luego de haber realizado su mejor actuación en lo que va del torneo. Ante los Estados Unidos de Jürgen Klinsmann se vio a un equipo compacto a la hora de marcar, cuyos tres volantes centrales mantuvieron posición y presión contínua en el círculo central. El enlace desapareció formalmente, quedando la función creativa en Messi y Banega, que brillaron tanto en conjunto como por separado, con unos Lavezzi e Higuaín afilados y muy atentos para mantener el peligro latente durante todo el partido.
El 4-3-3 pudo ser ejecutado a la perfección por primera vez desde que llegó Martino y no se debió a la posesión del balón sino a esa máxima que entrenadores como Rinus Michels, Johan Cryuff y Pep Guardiola erigieron como columna vertebral de sus equipos: cada vez que se pierde la pelota, todos deben correr a recuperarla de inmediato para volver a lanzar un nuevo ataque. Si el interesante cuadro norteamericano no pudo llevar adelante su plan, se debió al excelente trabajo argentino en todas las zonas del campo de juego, a que por una vez fue un equipo insoportable para su contrincante con y sin la pelota.
Tal vez eso sea lo que le faltó a la Selección Argentina en la final del año pasado ante Chile para llevarse el trofeo, pero es imposible saberlo al día de hoy. En pocas horas, ambas selecciones - con prácticamente las mismas caras pero con muchos retoques tácticos y futbolísticos- se verán las caras de nuevo para definir al campeón de esta edición aniversario - por ende no válida, ergo Chile defenderá su título en el 2019 y jugará la Copa Confederaciones en el 2017- de la Copa América. Será un duelo muy interesante en el que el éxito no está asegurado de entrada para ninguno de los dos lados, pero donde una vez más la Argentina llega como favorita cuasi absoluta a pesar de que La Roja viene de hilvanar tres convincentes y sensacionales victorias ante Panamá, México - el gran cuco del torneo, el "Tricelona" según muchos que hablan antes de tiempo- y una peligrosa y talentosa Colombia.
Para finalizar, no hay que dejar afuera de la ecuación a un Lionel Messi que tal cual en Brasil 2014 y en Chile 2015 se encuentra en estado de gracia tanto físico como futbolístico y con muchas ganas de alzar su primer (y merecido) trofeo con la camiseta celeste y blanca. Su participación en el torneo, al que llegó con un golpe en la espalda, fue de menor a mayor en cuanto a minutos pero siempre rindió más que a pleno, demostrando por qué es el mejor jugador del mundo hace ya varios años y dejando todas sus credenciales para ser más que uno de los grandes de la historia.
Contra Chile no tuvo minutos pero miró desde afuera con mucha satisfacción una buena victoria por 2-1. Ante Panamá le alcanzó media hora - en realidad 18 minutos- para romper un partido aburrido y con destino de 1-0 de la mano de un Hat-Trick fenomenal y una asistencia mágica para redondear un 5-0 que ilusionó a todos. Bolivia fue apenas un trámite y Lio ingresó otros 30 minutos para afianzar el físico, recibiendo una gran cantidad de golpes que no le borraron la sonrisa a pesar de no haber podido convertir un gol.
Los Cuartos de Final enfrentaron a la Argentina con Venezuela y allí Messi salió como titular, brillando a su manera: sin involucrarse en todas las jugadas, pero siempre deambulando en tres cuartos de campo tal como lo hacía en el Barcelona de Guardiola, a la espera de esa jugada para quebrar todos los parámetros. Una asistencia impresionante para Higuaín ayudó a calmar los nervios del inicio y una sutil definición por debajo de las piernas del arquero le permitió alcanzar los 53 goles de Batistuta con la casaca nacional. Se puso el overol cuando las papas quemaron y luego se sumó a la fiesta que terminaría con un 4-1 en favor de la Argentina, ya lejos de las tapadas milagrosas de Romero y de los palos que evitaron los goles de Rondón.
Y ante los Estados Unidos, Messi no hizo más que seguir jugando a un nivel espeluznante. Un golazo de tiro libre, de esos que nos regala seguido a cada fin de semana y que solo Diego Maradona podía lanzar, pintó una sonrisa en todos los argentinos que amamos al fútbol. Antes había dado otro pase mágico para que Lavezzi abriese el marcador y en la cuarta anotación le entregó a Higuaín el doblete luego de una jugada con su sello por la izquierda.
Con las cartas echadas sobre la mesa, no resta más que esperar a la llegada del encuentro. Allí se verá si los cambios introducidos por Gerardo Martino y los mismos jugadores son fructíferos y si pueden darle un título a la Argentina. Uno que es esquivo desde aquella lejana Copa América 1993 disputada en Ecuador, trofeo que inició una mala racha de 23 años que se espera pueda ser hecha trizas en la cálida noche de Nueva Jersey.
*Rodrigo López Vázquez (@RodrigoLVazquez)






